"La fatuidad imperante", Glòria Serra

En Novosibirsk, en el centro de Siberia, un nombre con resonancias de Miguel Strogoff, hay un espectacular lago de aguas cristalinas de color turquesa que se ha convertido en un reclamo para influencers y amantes del exhibicionismo de Instagram. Desde que alguien hizo la primera foto, el lugar es un hervidero. Pero la realidad es que se trata de un vertedero tóxico de una central térmica cercana formado por óxidos metálicos y ceniza de carbón. Los visitantes aseguran que el agua huele bien, como a detergente, cosa que no es más que la emanación química del basurero. Ha sido inútil que la empresa que explota la central haya advertido del peligro y colocado carteles con advertencias; cada vez va más gente. Como medida radical, han decidido cortar la carretera de acceso antes de que alguien se intoxique o quede atrapado en el fondo pantanoso del estanque.

Cuando aún no me había repuesto de la lectura de esta noticia, me llega una réplica de la historia en España. En plena Costa da Morte gallega, hay un lugar que lleva décadas siendo la pesadilla de ecologistas y vecinos. El monte Neme, uno de los puntos más bellos de Galicia, acoge una antigua mina de wolframio, el enigmático metal que tanto codiciaban los nazis de Es­paña y que estuvo presente en la histórica entrevista entre Franco y Hitler. La mina fue explotada hasta hace poco sin medidas de protección del medio ambiente, regeneración del entorno ni sutilezas parecidas. En estos momentos, como pasa en Siberia, se ha convertido en un estanque de aguas de color turquesa que esconde un vertedero de metales pesados. Ni que decir tiene que el lugar se ha convertido en centro de peregrinaje. Influencers, instagramers o exhibicionistas que cuelgan fotos artísticas en las redes bañándose, antes de ir corriendo a los ambulatorios con ­problemas en la piel o irritaciones en los ojos. Y así seguirá hasta que la Administración limpie la zona, para lo que se prometió un presupuesto de más de setecientos mil euros que nunca llega. Es escalofriante ­leer algunos de los comentarios de los instagramers: “Tuvimos problemas de salud durante más de una semana, pero valió la pena, ¡la foto es una pasada!”. No el lugar, la foto.

Es el signo de los tiempos. La gente quiere que las cosas sean como quieren y no como son. Todo se simplifica: la reflexión, la complejidad, la misma realidad. Las violaciones son culpa de las mujeres. El paro, de los inmigrantes. Espejismos como la unidad del independentismo, que nunca existió más allá de una fotografía para la galería y una encarnizada lucha por el poder en su interior. Como la unidad de las izquierdas en Madrid. El aumento de los populismos se explica también por este narcisismo embustero de Instagram. Es más fácil acusar de todos los problemas que tengo a los inmigrantes, al feminismo, al comunismo, al independentismo o al unionismo, que asumir las propias responsabilidades, descubrir las del otro y tratar de llegar a acuerdos y cesiones. Se piensa que el individualismo es lo que define a este siglo. Pero he hallado otra palabra que encaja mejor: la fatuidad. La de los ciudadanos llenos de presunción y vanidad infundada y ridícula. Lo dice el diccionario.