"El triunfo de la imbecilidad", Màrius Carol

EL profesor Aaron James distingue entre los estúpidos y los imbéciles. El estúpido se muestra como un desconsiderado por sistema, pero no tiene inconveniente en disculparse cuando se da cuenta de que ha metido la pata. El imbécil actúa impulsado por la firme convicción de ser especial y no estar sujeto a las normas de conducta comúnmente aceptadas, así que no se puede esperar de él que pida perdón o que acepte recriminaciones.

Por todo ello, el imbécil es infinitamente más peligroso para la sociedad, porque se considera con grandeza moral para decir o hacer lo que le venga en gana. Se siente cómodo incumpliendo las normas y convenciones aceptadas por todos y su imbecilidad acaba siendo un modo de vida. El imbécil ni se esconde ante los demás, ni se inmuta cuando le afean sus opiniones o su conducta. Le traen sin cuidado las protestas o la indignación ajena. Es inmune a las opiniones de los medios de comunicación y no se siente en la obligación de responder a las preguntas acerca de lo que es aceptable, correcto o justo. Escribe James: “De hecho, no es raro que el imbécil muestre indignación cuando se cuestiona su comportamiento, pues lo entiende como una señal de que no se le está otorgando el respeto que merece”.

Siempre ha habido imbéciles que han cambiado lahistoria, incluso a costa de provocar desgracias o catástrofes. Pero su profusión actual hace temer que estemos desarrollando un sistema capitalista imbécil. Leer las cosas que proclaman sin pudor Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Matteo Salvini o Rodrigo Duterte ha dejado de escandalizarnos. Y cualquier día dejarán de indignarnos sus imbecilidades. Ellos han despreciado un sistema que es injusto, si bien lo que nos ofrecen es un nuevo orden donde los imbéciles alfa imponen las normas. El drama es que quien confía en imbéciles termina com­portándose como un imbécil (Paul Auster).

, 31/07/2019 - lavanguardia