Luis Racionero, o la pérdida del hilo del 68

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  • Muere a los 80 años el escritor Luis Racionero, que en el año 2011 ganó el premio Gaziel con sus memorias
, Barcelona

09/03/2020 - lavanguardia

Ensayista, novelista, urbanista, “liberal psicodélico”, Luis Racionero ha sido una de las figuras más heterodoxas y originales de la cultura catalana y española reciente. Murió ayer a los 80 años.

Nacido en La Seu d’Urgell en 1940, hijo de militar, su madre pertenecía a una familia de propietarios rurales. Estudió Ingeniería y Económicas en Barcelona, pero su momento de revelación intelectual lo tuvo en la Universidad de Berkeley, California, donde acudió con su primera esposa, María José Ragué Arias, y donde asistió a las revueltas estudiantiles previas y posteriores al mayo del 68. Allí estudió urbanismo, disciplina que en España aún no contaba con grado universitario. Se empapó de las obras de Aldoux Huxley, Allan Watts y Arthur Koestler, y trató a Marcuse, Ginsberg y Angela Davis. Se familiarizó con el hippismo y el uso lúdico del LSD, con cuya ingestión dijo haber sentido “la unidad
del todo tras la diversidad de las cosas”.

De vuelta a Barcelona, participó en la primera etapa de la revista Ajoblanco y se convirtió en líder intelectual de los nuevos movimientos alternativos con su ensayo de 1977 Filosofías del underground , donde analizaba tres escuelas de pensamiento: las individualistas, de carácter romántico o anarquista; las orientales “que han propuesto una visión alternativa del mundo”, y las psicodélicas vinculadas a la droga. En más de una ocasión manifestó que en su opinión “la única revolución cultural del siglo XX ha sido la hippy”.

En 1983 gana el premio Anagrama de Ensayo con Del paro al ocio , donde propugna que la prosperidad material de las sociedades desarrolladas debe compensarse con un mayor disfrute de la cotidianidad. “Los nórdicos sirven para inventar y producir, son expertos en medios pero infantiles en los fines; son los mediterráneos, expertos en fines, quienes deben organizar la vida para disfrutar la abundancia”. Una filosofía que ampliaría en su trabajo posterior El Mediterráneo y los bárbaros del Norte . Con ellos Racionero afirmaba situarse en una vía tan aparte del capitalismo y su explotación como del marxismo y su mirada economicista.

En su trabajo como urbanista igualmente abogaba por un diseño mediterráneo. “Copiar a los nórdicos es absurdo”, opinaba. “Las estructuras de metal y acero pueden ser muy útiles en un país sin sol, pero traer esto aquí es absurdo porque se van a encontrar con graves inconvenientes funcionales”.

FORMACIÓN AMERICANA

En Berkeley asistió a las revueltas del 68 y estudió urbanismo

En el que tal vez sea su ensayo más ambicioso, Oriente y Occidente (1993), Racionero describe la coexistencia de tres grandes culturas mundiales: la cristiano-musulmana; la hindú de la India y la confuciano-budista de Extremo Oriente. Agotado Occidente su ciclo heroico, Oriente toma el relevo. Japón es el país industrial más dinámico del mundo, y China, que tiene la bomba atómica, comienza su desarrollo. Quedarán entonces en el mundo, señalaba, tres áreas de poder económico: la CE, EE.UU. y el ‘Pacific rim’ (cuenca del Pacífico). Pero, advierte el escritor, “si Oriente se desarrolla al estilo japonés, todo Occidente puede caer bajo su dependencia en lo económico. Si en vez de eso, Occidente articula un modelo no competitivo y un método de desarrollo blando para Oriente, entonces podría darse una fusión cultural y cooperativa en vez de competitiva”.

Ambición intelectual

En ‘Oriente y Occidente’ describe las tres grandes culturas en convivencia

En 2009 publicó su libro de memorias Sobrevivir a un gran amor, seis veces , que definió como “terapia irónica”, y donde desgranaba su concurrida vida sentimental retratando a varias de sus ex parejas, entre ellas la mediática doctora Elena Ochoa, posteriormente lady Foster. “ Racionero se sincera cuando dice que su búsqueda de la felicidad no ha sido en vano, pues ha gozado de momentos sublimes seguidos de amarguras desoladoras, aunque es consciente de que lo mejor son los principios y lo difícil es preservar el amor”, escribió sobre este libro Màrius Carol. En el 2011 ganó el premio Gaziel con Memorias de un liberal psicodélico .

Políticamente, tras su etapa más radicalmente ácrata de índole californiana, protagonizó una aproximación al nacionalismo (llegó a figurar en las listas de ERC por Girona en 1982) y se acercó después al Partido Popular. El gobierno de José Maria Aznar le nombró director del Colegio de España en París y posteriormente de la Biblioteca Nacional.

Tentó a menudo la novela histórica. Su primera incursión en este campo fue con Cercamón , escrita en catalán. El protagonista es un trovador del siglo XII inmerso en la cultura del Rosellón anterior a la batalla de Muret. Cercamón constituyó un importante referente en los años 80, y fue elogiada públicamente por el entonces presidente de la Generalitat Jordi Pujol, a quien se ganó con su recreación del “país medieval que no pudo ser” y que no era ni español ni francés. Ha sido abundantemente reeditada.

Posteriormente Racionero dedicó otras novelas históricas a creadores como Leonardo da Vinci, Ramon Llull o Antoni Gaudí. Con su hijo Alexis firmó el ensayo El arte de vagar , en torno a la vocación viajera.

Muy vinculado a La Vanguardia , colaboraba quincenalmente en la sección de opinión, y mensualmente en el suplemento Cultura/s . Dos de sus últimos libros los publicó en la editorial Libros de Vanguardia . Uno dedicado a la vida espiritual, otro al hedonismo, recapitulando así los dos grandes polos que marcaron su trayectoria. En Una espiritualidad para el siglo XXI , de 2016, abogaba por una visión y una práctica que beba de las aportaciones del pasado, pero reclame sin complejos su lugar en un mundo marcado por lo material. En Manual de la buena vida , del 2018, se ocupaba de aquello que en su opinión hace que la existencia merezca ser vivida: los viajes, la gastronomía, el arte, las casas bellas, la voluptuosidad... Ambos libros completan el testamento de un intelectual complejo que no temió nadar contra corriente, ni creyó que espiritualidad y buena vida fueran incompatibles, sino que siempre los consideró complementarios.

 

A mi buen amigo

09/03/2020 - lavanguardia, Pepe Ribas

caba de partir un amigo, un maestro, un sabio, un colega. Recuerdo aquel primer día de 1974, en su despacho de urbanismo. Yo llevaba un número cero de la revista Ajoblanco en la mano. Él apareció vestido con una americana de terciopelo azul con estrellitas doradas. Desprendía un halo de revolución cultural californiana. Observó la revista y sin pérdida de tiempo me habló de los valores de la solidaridad frente a los de la competencia, de la espiritualidad frente al materialismo dialéctico masivo que transforma la vida en datos económicos y estadísticas. Defendía la ecología y la cultura social de foro como proyecto básico para el futuro de la humanidad. Y guardaba gran fidelidad por la civilización del Mediterráneo que había hecho florecer la sabiduría en las polis griegas.

La España del posfranquismo y de la corrupción le daba náuseas, él quería la de Madariaga, Ortega, Pla

Había leído su primer libro, editado por su buen amigo Salvador Pániker, Ensayos del Apocalipsis . Más calmado y sin ningún atisbo de soberbia, me contó que había estudiado Ingeniería Industrial y Económicas en Barcelona. Y Urbanismo en Berkeley de la mano de Cristopher Alexander. En San Francisco había conocido a Alan Watts, quien le había introducido en la cultura del ácido y en la sabiduría del hinduismo y del budismo. En un atardecer en Sausalito, Allen Ginsberg le había impregnado de la filosofía hippie, del viaje sin rumbo ni fecha de retorno y de la poesía beat . Me narró socarrón sus tardes de tertulia en la librería City Lights de Lawrence Ferlinghetti y su entrañable amistad con el hispanista exiliado José Fernández Montesinos, al que siempre le estaría en deuda porque le había pasado las claves de la escritura.

El olfato me había dado la pista para encontrar al primer intelectual español que hablaba del buen vivir del hedonista, del vive como piensas del anarquista y de mantener la curiosidad ilimitada de Leonardo y de Pico della Mirandola frente a la especialización del que acepta la jerarquía de los políticos. Luis Racionero ahondaba siempre en el Humanismo.

Días después, acudí a su paisaje, Sant Marti d’Empúries, donde tenía alquilada una casita. Paseando por primera vez por las ruinas griegas y romanas me dijo durante una puesta de sol: “La libertad consiste en la capacidad de escoger, pero para escoger hay que tener alternativa”. A lo que yo le repuse: “Pues la creamos ya colectivamente en la revista Ajoblanco ”. Años después me confesó: “Había vuelto de California y me sentía como un zombi, aislado. De pronto me encontré con una gente muy joven con la que tenía amistad y feeling . Me cayó como una bomba y me tiré a la piscina”.

Una de sus cualidades fue cultivar con elegancia el arte de la conversación culta y refinada. En algunas ocasiones la disputa acababa en bronca, gritaba, daba un portazo histérico y desaparecía. Pasadas unas horas, te buscaba e iluminaba la poesía de Baudelaire, “el mejor poeta”, recitándola o te desgranaba las claves de los simbolistas o te daba una lección de economía. Lo construía con una cordialidad exquisita, como si nunca hubiese roto un plato. Quebró varios en su vida. Otra cualidad maravillosa de Luis, sabía invitarte a lo que más le placía. En ocasiones un guiso en un restaurante querido, una excursión al país de los Cátaros o una botella de vino de Borgoña que guardaba en su bodega como un tesoro durante años y lo compartía con los amigos aunque él solo diera un sorbo. Algunas situaciones las rociaba con una risita perversa que trasformaba en enigma.

Creía en la magia de los curanderos antiguos que conocían el secreto de las pócimas. Y no le seducían las medicinas, los hospitales ni los médicos. Le gustaba Wagner: durante años escuchamos juntos las retransmisiones del
festival de Bayreuth en mi casita de Menorca o allá donde nos pillara, incluso en aeropuertos mediante un pequeño transistor. Le gustaban Tolstoi y los grandes novelones. Le posibilitaban enumerar los desastres de las guerras en un tono que daba miedo. “Para mí, la escritura tiene que ver con una forma de vida, ha de beber de la realidad y de la naturaleza”, y se ponía a hablar de la Alejandría que descubría el Cuarteto de Lawrence Durrell, del amor, de la perversidad y de los mundos aniquilados por las guerras.

En una ocasión, cuando Ajoblanco ya no existía, fui a su casa de Cinc Claus donde se había retirado a escribir, a leer en silencio y a debatir durante horas con Josep Pla, Salvador Dalí y Esteve Albert. Dos ampurdaneses y un trotamundos del Pirineo. Yo le iba a hacer una entrevista para un gran medio, pasamos un par de días recordando los dos ácidos que habíamos compartido con otros colegas. Para él un buen viaje era la comprobación práctica de la teoría de la relatividad. A continuación te citaba a Shakespeare: “Hay muchas cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que has soñado y de las que puede soñar tu filosofía”. La tercera noche me encerré en su biblioteca y sin darme cuenta, en aquel ambiente de iglesia románica, empecé a escribir la novela que llevaba años intentando. Me quedé nueve meses y la acabé.

En bastantes ocasiones recordábamos los productivos exilios del equipo en la isla de Menorca, cuando tuvimos que huir de la policía y las playas estaban aun sin gente mientras los paisajes y las taulas permanecían asilvestradas sin cercos para turistas. El magnetismo ancestral le inspiraba. También compartimos un tema recurrente, las paradojas de las falsas democracias y de la única posibilidad que nos quedaba: cambiar el sistema desde dentro mediante una gran revolución cultural.

Creo que en su casa de Cinc Claus vivió los años más robustos de su vida. Luis era hospitalario y un buen maestro en el arte de la convivencia. Los fines de semana recibía a sus amigos del colegio, que ha conservado hasta la fecha. Con ellos debatía durante horas sobre libros y política. Paseaba por los acantilados y descubría rincones inauditos que te mostraba con la ingenuidad del niño que llevaba dentro. En algunas ocasiones, en la casa del Empordà y mas tarde en la del Pirineo, podías encontrarte a Theodore Roszak, George Steiner o Joan Ponç o a un ganadero de la zona. Siempre hablando de temas nuevos, imprevisible, y dando ejemplo de su gran curiosidad intelectual que abarcaba todos los campos del conocimiento.

La transformación urbanística de Barcelona en la pre Olimpiada la llevó mal. Quería participar, era urbanista, era amigo de Richard Meier y Luis había escrito un libro fundamental sobre urbanismo: Sistemas de ciudades y ordenación del territorio . Estaba en contra de las plazas duras. Siempre defendió los espacios verdes y los grandes parques que te permiten recuperar la paz del espíritu cuando vives en la gran urbe. Maragall no le encargó nada, pero se sintió reconocido cuando aplicaron una idea que él trajo de Berkeley: el Urban Design. “Diseñar la ciudad como una obra de arte por medio de plazas de dimensión humana y de esponjar las densidad, quitando casas en mal estado y abriendo pequeños espacios liberados para uso público”. Al poco de conocer a una de sus siete mujeres, se trasladó con ella un año a Oxford, donde usó una de las mejores bibliotecas del mundo, estudió Las máscaras de Dios , del antropólogo Joseph Campbell, y trató a varios premios Nobel.

La España del posfranquismo y de la corrupción le daba náuseas, la España que él quería era la de Madariaga, Ortega, Marañón, Américo Castro, Pla. En algún momento de su vida creyó vislumbrarla, luego se desvaneció por completo el sueño y se hizo catalanista. Incluso llegó a militar en Esquerra Republicana durante un tiempo. Vivió unos años en París, como director del Colegio de España, y en Madrid como director de la Biblioteca Nacional.

Su amor al Barça, el retorno a Barcelona, sus viajes a Brasil, Singapur, Italia, Grecia y Cuba, sus amigos más íntimos, su hijo, la escritura y la pasión por las mujeres le mantuvieron en tensión vital satisfactoria durante estos últimos años en los que renunció al anhelo platónico.

Para contrarrestar este enorme disgusto, aconsejo leer su último libro: Manual de la buena vida . Como amigo y como colega siempre irá conmigo allá donde yo esté.