el pulso USA-China por el control de los mares

Para los think tanks de seguridad nacional en Washington, Barack Obama es el “first pacific presidente” (primer presidente pacífico). Pero habría que aclarar. Por pacífico no se refieren a la paz sino al océano. Desde el contundente compromiso en el discurso que Obama pronunció en Canberra (Australia), en noviembre, para “defender el Pacífico” y desplegar 2.500 marinas al puerto australiano de Darwin, ha dejado bastante claro que se toma muy seriamente el que los halcones del Pentágono califican desde hace años de “amenaza china”. Obama está gestionando un llamado “cambio capital” en estrategia de seguridad y hegemonía de los EE.UU., explica en una entrevista Michael Klare, especialista en la geopolítica de recursos energéticos de la Universidad de Amherst, en Massachusetts. Pasa desde el “determinismo ideológico” de mantener costosas guerras terrestres y cambiar regímenes en la Oriente Medio al “realismo económico” de controlar la China. Y la manera de explotar el punto débil de la nueva potencia asiática, además de principal acreedor de los EE.UU. es consolidar el control de lo OS Navy sobre las rutas marítimas de comercio y abastecimiento de la China, tanto de los recursos menguantes de petróleo, minerales y alimentos necesarios para la revolución industrial china como de exportaciones de bienes manufacturados. “En esencia, la estrategia de Obama ya es controlar el mar”, dice Klare. Si esto parece más el siglo XIX que el siglo XXI no es casualidad. Según Klare, el manual más leído a las academias navales, tanto en Washington como Pekín, en estos momentos es el de Alfred Thayer Mahan, el asesor del beligerante presidente Theodor Roosevelt, que promovió el dominio marítimo y la guerra contra España para controlar las Filipinas, un país que vuelve a ser clave. El primer punto caliente de esta nueva estrategia vieja de controlar los océanos es el mar Meridional de la China, el cuello del Pacífico occidental y el océano Índico, por donde pasa el 90% del comercio mundial y olas calcula que pueden existir importantes
depósitos de petróleo y gas.

Al mar de la China, advierten Patrick Cromin y Robert Kaplan en un nuevo informe del influyente Centro por una Nueva Seguridad Americana (CNAS), “los intereses norteamericanos están en peligro” debido al “auge económico imilitar de la China (...), que amenaza las líneas libres de comercio”, advierte. La creación de zonas chinas de exclusión al mar y la reivindicación de soberanía sobre varios conjuntos de islotes al mar de la China violan el libre movimiento marítimo. “Hay comercio de contenedores, de petróleo y materias primeras; es crítico para nosotros”, dijo Zachary Hosford, analista del CNAS, en Washington.

Pero Klare advierte que el país para quien estas rutas marítimas son verdaderamente críticas es la China. Cada vez más dependiente de la importación de recursos estratégicos, tanto minerales como de energéticos, desde el África, Iberoamérica y el Oriente Medio, la China no puede sobrevivir sin el transporte marítimo, sobre todo el mar Meridional, por el cual se enlazan las cadenas de suministro de sus plataformas manufactureres. En cambio, los EE.UU. son cada vez más independientes en energía gracias a los depósitos de petróleo no convencional en el Canadá y de gas natural en el interior de los Estados Unidos.

Teniendo en cuenta todo esto, podría ser más lógico que la China patrullara los océanos para proteger el libre comercio. Pero el CNAS instó el mes pasado que el Congreso facilite un presupuesto para “elevar la presencia naval hasta una flota de 346 barcos al Pacífico, en lugar de los 260 previstos ahora después de los recortes presupuestarios”, y “fomentar una nueva red de socios de seguridad de los EE.UU. en Asia”. En realidad, la nueva estrategia pacífica ya empezó el 2009 con el castigo de un viejo socio. Los EE.UU. desestabilizaron el Gobierno proxinès del primer ministro japonés Yukio Hatoyama cuando este planteó el 2009 cerrar las bases de los Estados Unidos a Okinawa y vaticinó un “inevitable acuerdo de seguridad con la China debido a la integración de las dos economías”. Hatoyama duró seis
meses.

Las presiones continuaron en Hawai, a la cumbre Asia-Pacífico del año pasado, donde Hillary Clinton impulsó la Alianza Transpacífic, un bloque comercial que excluye la China. Recientemente se han firmado los últimos acuerdos para establecer una minibase de marinas a Darwin, desplegar cuatro barcos de combate en Singapur y estrechar relaciones con la India, Indonesia y el Vietnam. Un acuerdo simbólico del pacífico presidente es el emplazamiento de tropas en las Filipinas veinte años después del cierre de las bases nordamericanes.

El terreno está adobado para los EE.UU., puesto que la agresividad china en un mar que ha considerado su área de influencia ha generado conflictos con los vecinos en torno a la pesca (el 20% de la nutrición de Asia) y la explotación de yacimientos de petróleo y gas.

Por el momento, la apuesta de EE. UU. por proteger los mares es más simbólica que real. Son tiempos de recortes de presupuestos, incluso militares, y "no hay una gran ampliación de nuestra presencia militar en el Pacífico", dice Hosford. Pero todo indica que los chinos entienden el mensaje que la vieja superpotencia quiere transmitir a la nueva. Xi Jinping, el viceprimer ministro chino, lo resumió la víspera de su viaje a EE. UU. esta semana: "Dar prioridad a una agenda militar de seguridad, elevar despliegues militares y reforzar alianzas militares no es lo que la mayoría de los países en la región quieren ver", se lamentó. Según Klare, Pekín se encuentra en un "estado próximo al pánico".

En una precampaña electoral presidencial que incluye anuncios abiertamente sinófobos, la nueva estrategia de Obama puede parecer moderada en comparación. Pero hasta el ex halcón de la guerra fría Richard Betts, del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), advierte que la insistencia de EE. UU. en ser el único garante de la seguridad en Asia no es compatible con el vertiginoso auge económico de China. "Obama por lo menos no habla de guerra fría pero, a medio plazo, no quedará más remedio que ceder a China un mayor papel en la gestión de la seguridad en la región", dijo a La Vanguardia tras una conferencia en Nueva York la semana pasada.

19-II-12, A. Robinson, lavanguardia