"El Gran Cierre: ¿mereció la pena?", Daniel Gros

Detener la pandemia no es solo cuestión de evitar muertes. También es evitar que los recursos vayan al cuidado sanitario, que tendría que doblarse a corto plazo para lidiar con los graves síntomas causados por el Covid-19.
DANIEL GROS
 |  14 de mayo de 2020, politicaexterior

La economía mundial está en caída libre. El Fondo Monetario Internacional vaticina una recesión global, con una caída del PIB europeo del 7%. Este es el resultado del Gran Cierre. Gobiernos del mundo entero han sido incapaces de encontrar otra manera de frenar la expansión del Covid-19, salvo detener la mayoría de la actividad económica mediante el cierre de colegios, oficinas y otras empresas consideradas no esenciales.

Una pregunta clave recurrente es si la cura podría ser peor que la enfermedad. La respuesta exige un marco que permita comparar los costes del cierre con los costes sanitarios de la enfermedad, así como asignar un valor a las vidas salvadas. A continuación, presentamos un estudio detallado, de abajo hacia arriba, de los costes médicos que surgirían si dejásemos que la enfermedad campase a sus anchas entre la población en su conjunto. Distinguimos entre los costes directos debidos a la pérdida de horas de trabajo, hospitalizaciones, unidades de cuidados intensivos, etcétera. Al agregar estos costes después de un análisis detallado de las características médicas del Covid-19, obtenemos el resultado de un coste único equivalente al 14% del PIB comunitario, o un billón y medio de euros.

De primeras, la cifra parece considerable comparada con los gastos totales de sanidad, del orden del 10-12% del PIB a lo largo de la Unión Europea, así como al compararla con los presupuestos que manejan los Estados para un mayor gasto sanitario. En Alemania, por ejemplo, el ministerio de Sanidad ha previsto un incremento de su presupuesto en unos 10.000 millones, lo que supone solo un 0,25% del PIB alemán. Pero hay que comparar esta cifra con el número total de casos en el país, unos 200.000. El gasto por caso sería así de unos 50.000 euros, esto es, el 100% del PIB (anual) per cápita para cada infectado. Los datos de España muestran magnitudes similares. El presupuesto del gobierno central prevé para 2020 unos gastos adicionales de alrededor de 44.000 millones, unos 20.000 euros por caso, lo que supone dos tercios del PIB per cápita para cada infectado.

Si aplicamos esta tendencia a otros países, el total de gastos sanitarios que podemos esperar, incluso bajo la hipótesis de que la expansión del virus sea pronto contenida, estaría entre los 250.000 y los 300.000 millones de euros. Una magnitud similar a la del Fondo de Solidaridad europeo negociado en estos momentos.

Mientras que un 2,5% del PIB parece manejable, esta cifra se basa en la asunción de que solo una parte pequeña de la población contraerá el virus –al menos, esto es lo conseguido hasta ahora–. Los pocos estudios de testeo masivo llevados a cabo sugieren que mucho menos del 5% de la población (más allá de algunos focos limitados) ha sido infectado de momento. Si el virus alcanzase al resto de la población, habría que multiplicar los costes directos por 20 o incluso más, lo que alcanzaría un impracticable 50% del PIB alemán. Es probable que los costes de aumentar la capacidad de los hospitales para lidiar con las modestas tasas de infección que la epidemia ha alcanzado, antes de ser contenida en la mayoría de los países, subirían por la necesidad de actuar con rapidez. Pero estos cálculos muestran que las finanzas públicas se habrían visto rápidamente sobrepasadas, únicamente por los costes médicos, si hubiésemos dejado al Covid-19 expandirse sin cortapisas.

Por supuesto, los costes de hospitalización no son el único coste de una pandemia. Si hablamos de reacciones políticas, la pérdida de vidas es mucho más importante. Sin embargo, hemos descubierto que, en estrictos términos económicos, el valor de las vidas perdidas representa solo la mitad del coste total de una pandemia.

Hay una larga tradición en la literatura económica sobre qué valor asignar a una vida perdida. Es más difícil encontrar una base objetiva a partir de la cual asignar una cifra al valor económico de una muerte causada por esta pandemia. Pero la realidad es que este es un problema que los hospitales afrontan cada día, al decidir qué protocolos aplicar y qué maquinaria comprar. Nuestros cálculos sugieren que incluso usando supuestos conservadores, esta consideración añadiría otro 16% del PIB al coste de no hacer nada.

Así, el coste total de dejar campar a sus anchas al Covid-19 por la población podría llegar al 30% del PIB, o lo que es lo mismo, unos 300.000 millones de coste extra para la UE. Teniendo en cuenta este cálculo, el coste económico del Gran Cierre (7-8% del PIB) parece mucho menor que el coste de dejar que el virus se expanda sin freno. Se podría argumentar, por supuesto, que medidas alternativas al cierre de los países, menos dañinas para la economía, podrían haber logrado una reducción similar de los contagios. Pero la pregunta que nos concierne en el mundo real es si al elegir el cierre, la cura (imperfecta) ha sido peor que la enfermedad. Nuestra respuesta es, de acuerdo con los resultados del estudio, un rotundo no.

 

Detalles de la estimación de costes

El coste total para la sociedad del Covid-19 puede dividirse en tres elementos: las horas de trabajo perdidas debido a una infección, los costes médicos directos necesarios para tratar una infección y el valor de la pérdida de vidas. Los costes relacionados con los cierres u otras medidas de distanciamiento social tienen que compararse con los costes que se evitan a través de estas medidas. Nuestro enfoque nos permite escalar los costes médicos en términos del PIB per cápita, lo que convierte el análisis en aplicable no solo a países específicos, sino a la UE como un todo y a la mayoría de los países de la OCDE.

 

Costes sanitarios, pérdida de horas de trabajo

El primer impacto directo de la ola de infecciones es que una fracción de la población no puede trabajar (mientras esté enferma). Esta fracción puede basarse en los datos del crucero Diamond Princess, donde la población entera fue testada. Asumimos así que solo la mitad de los infectados presentarán síntomas que requerirían mantenerlos en casa durante un periodo de dos semanas, seguido de un periodo adicional de “aislamiento doméstico” hasta que ya no sean contagiosos. Después asumimos que alrededor del 20% de la población total (o el 40% de aquellos que presentan síntomas) desarrollarán síntomas severos que requerirán un periodo adicional de baja laboral.

Siendo conservadores, asumimos que no habrá casos graves ni muertes entre la población en edad de trabajar. Esto resulta en una reducción de la fuerza de trabajo al año (52 semanas) de (0,5-0,2)*2 + 0,2*3/ (2/52)= 2,4/52 = 5. Esto implica que por cada 1% de la población infectada alrededor del 0,05% del las horas anuales de trabajo se pierde. Si el virus infectase al total de la población, alrededor del 5% de las horas de trabajo se perdería, lo que equivaldría a una pérdida del 5% del PIB.

 

Costes de hospitalización

Un segundo elemento del coste de la epidemia que no ha sido muy estudiado es la hospitalización y otros costes médicos al tratar a los infectados. No hay estudios rigurosos todavía sobre el coste medio de tratar a los infectados (y con síntomas), pero se estima que alrededor del 20% de los individuos infectados requiere algún tipo de hospitalización, de los cuales un cuarto (el 5% del total de infectados) requerirá cuidado intensivo. En comparación, una temporada típica de gripe en Estados Unidos hospitaliza al 0,12% de la población, de los cuales un cuarto requiere de cuidados intensivos y uno de cada veinte (el 0,13% de todos los infectados) muere.

Los cuidados intensivos con ventilación son los tratamientos para salvar vidas más caros de los hospitales. En EEUU, el coste de dos semanas en una unidad de cuidados intensivos es el equivalente a un año (100%) del PIB. En Alemania, que puede representar al resto de Europa, el coste de dos semanas en la UCI parece ser un poco más bajo, alrededor de 20.000 euros o el 60% del PIB. Usamos el parámetro alemán para una estimación conservadora de los costes médicos.

Asumimos como coste de una hospitalización general 12.000 euros, el equivalente a un 30% del PIB. Estimamos que el periodo medio desde la infección hasta la recuperación para los casos no graves es de aproximadamente dos semanas y de entre tres y seis semanas para los pacientes con cuadros graves o críticos de la enfermedad. Usamos una estimación conservadora de dos semanas de cuidados intensivos y dos semanas de hospitalización general para los casos graves. Esto resulta en un coste médico de 0,05*(0,6+0,3) + 0,15 *0,3 = 0,09*PIB.

Este simple cálculo sugiere que si el virus afectase a toda la población, los costes de hospitalización alcanzarían el 9% del PIB, esto es, un billón a nivel comunitario. En comparación, el coste medio anual de la gripe en el sistema sanitario y en la sociedad en su conjunto es de 11.200 millones de dólares (con un rango entre los 6.300 millones y los 25.300 millones). Y los costes sanitarios directos de tratar a los pacientes de la gripe se estiman en 3.200 millones (rango: 1.500-11.700 millones) y los costes indirectos en 8.000 millones (4.800-13.000 millones).

 

El valor de las vidas perdidas

El tercer elemento que ha destacado desde muy pronto en los debates políticos es la pérdida de vidas. Aquí tratamos el asunto solo desde el punto de vista económico. El coste de una muerte prematura a causa de la enfermedad representa el aspecto más difícil de evaluar en términos financieros, pero es también el que más atención despierta. Las principales contribuciones están basadas en una evaluación económica de las vidas perdidas. Nosotros proponemos un marco ligeramente diferente, más conservador.

Hay dos maneras de asignar un valor monetario a una vida salvada o perdida.

La primera se basa en el concepto del Valor Estadístico de la Vida (VEV), usado en general para medir el impacto de las políticas públicas en busca de reducir las probabilidades de muertes prematuras evitables. El VEV se suele aplicar cuando la probabilidad de morir es muy baja (accidentes de tráfico, por ejemplo) pero puede bajar aún más (usando cinturones de seguridad). Otro uso común del VEV lo encontramos en el área de la legislación medioambiental, donde el VEV utilizado es muy alto, hasta millones de euros o dólares. Los altos valores son apropiados en estos campos (seguridad vial y estándares medioambientales) porque quienes pueden perder sus vidas suelen ser por lo general jóvenes o al menos personas de edad media. En esos casos, podríamos considerar el valor monetario de lo que dejar de producirse debido a una muerte prematura.

Las cifras para los VEV utilizados para las regulaciones alimentarias o medioambientales rondan las 100 veces el PIB anual. Parece claro que este enfoque se traduce en costes muy elevados, incluso con una tasa de mortalidad muy baja. Un VEV de 100 veces el PIB, si lo combinamos con una tasa de mortalidad del 0,5%, por ejemplo (menor que la mayoría de las estimaciones) implicaría un coste total del 50% del PIB.

Pero el Covid-19 es una epidemia muy letal y la mortalidad se concentra en la población anciana. Por estas dos razones preferimos un enfoque basado en la práctica habitual de la profesión médica.

Ponerle un valor monetario a las vidas salvadas en una práctica médica inevitable. Los médicos se enfrentan al problema de elegir qué procedimientos usar para alargar una vida, una situación que aplica a muchos de los pacientes infectados con coronavirus que acaban en las unidades de cuidados intensivos. En la literatura estadounidense acerca del coste de los procedimientos médicos, suele usarse un límite inferior de 50.000 dólares al año por vida perdida, con un rango central de entre 100.000 y 300.000 dólares. El límite inferior equivaldría a un año de PIB per cápita y el rango central, a entre año y medio y cuatro años de PIB. David M. Cutler y Elizabeth Richardson defienden un rango central equivalente a tres veces el PIB.

Nosotros usamos el rango inferior (alrededor del 1% del PIB per cápita al año por vidas perdidas) en la mayoría de nuestras simulaciones, para ofrecer así una estimación conservadora del valor de las vidas salvadas. Esto implica que el valor económico de las muertes prematuras debe ser igual al número de años que el paciente podría haber vivido.

Lo que queda por determinar es el número de años perdidos cuando muere un enfermo de Covid-19. Esto depende por supuesto de la edad del paciente. Cumplidos los 80 años, la esperanza de vida estándar para la Unión Europea es de unos ocho años, que se incrementan hasta 12 a los 75 años de edad y hasta 20 a los 60 años. Usamos estas tablas combinadas con las tasas de letalidad por edad disponibles en algunos países.

La tabla ofrece algún detalle de los cálculos por grupo de edad. Para cada uno de estos (columna 6) ofrecemos la tasa de letalidad (columna 5) y el porcentaje de población que representa (columna 4). El resultado de las dos últimas columnas es calculado en la columna 3, que ofrece la contribución a las muertes que se puede esperar de cada uno de los grupos de edad (por cada infectado). Esto ha de multiplicarse por los años de esperanza de vida restantes (columna 2) para averiguar la contribución de cada grupo de edad al total de años perdidos por infección (columna 1).

 

 

La tabla muestra que no son solo los muy ancianos quienes contribuyen al total de años perdidos de vida. La tasa de letalidad es el doble de alta para pacientes mayores de 80 años (16%) que para aquellos en los setenta (8%), pero estos pacientes más jóvenes también tienen una mayor esperanza de vida. La contribución de este grupo menos anciano al total de vidas perdidas es, por tanto, ligeramente mayor. Al sumar las contribuciones de todos los grupos de edad, obtenemos un valor de 0,27 vidas perdidas por cada infectado.

Se suele argumentar que los años restantes de esperanza de vida de aquellos que mueren de Covid-19 deberían ser menos que los de su grupo de edad, porque por lo general tienen lo que se llama factores de “comorbilidad”. Incluso asumiendo que la esperanza de vida media de aquellos que mueren por el coronavirus fuese la mitad de su grupo de edad, esto resultaría en una pérdida de vida prevista entre todos los grupos de edad de 0,135. Esto implicaría que el valor monetario de las vidas perdidas a causa de una epidemia sin contramedidas (sin medidas de distanciamiento social, por ejemplo) supondría aún así el 13% del PIB, cifra similar a la de este estudio del Clausen Center de la Universidad de California. Otro estudio señala, además, que la diferencia entre la esperanza de vida estadística y la de aquellos que sufren factores de comorbilidad es en realidad bastante limitada.

 

Conclusiones: costes ignorados

Un coste por lo general ignorado de la pandemia de coronavirus es el cuidado de aquellos infectados. La mayoría de las evaluaciones de los costes de la crisis se centran solo en el numero de muertes probables o potenciales que el Covid-19 puede causar. Esto es un error porque solo los costes de hospitalización ya serían muy elevados. Nuestros cálculos muestran que el coste económico del Gran Cierre, aunque muy elevado, es aún así menor que los costes sanitarios que causaría una pandemia sin medidas para contrarrestarla.

Detener la pandemia no es solo cuestión de evitar muertes. También es evitar que los recursos vayan al cuidado sanitario, que tendría que doblarse a corto plazo para lidiar con los graves síntomas causados por el Covid-19. Nuestros cálculos integran el hecho de que en la mayoría de los casos, los infectados de Covid-19 sufren síntomas similares a los de una gripe común. Pero los restantes casos, los graves, son aun así tan numerosos que suponen un inmenso coste para la sociedad.

Puede leer este informe en su fuente original en inglés aquí.