"La vida, ¿es chula?", Glòria Serra

"Destapa la felicidad” es uno de los mejores eslóganes publicitarios, directo a la caja de los sentimientos. Este era de una marca de bebidas carbónicas, pero los hay a porrillo. “¡Me encanta!”, “Como en casa, en ningún sitio”, “Despierta a la vida”, “Agita tu mundo” o “Con el cariño de siempre” son algunas propuestas para que compremos algo, no con la cabeza, sino con el corazón. Como si fuéramos familia.

La publicidad emocional no es nueva, pero ahora afecta a casi todas las marcas y es prácticamente la única con los más jóvenes. Les manda los mensajes por redes sociales, YouTube, TikTok y lo que haya. Todo es una experiencia: deben reír o llorar, enfadarse o vibrar de ilusión… si no, las marcas ya saben que fracasarán. Comemos para ser felices y divertirnos. Vamos en coche no para viajar, sino porque nos gusta conducir y el coche responde a si queremos ser seductores, joviales o agresivos. Compramos un móvil si nos hace modernos, interesantes o guais. Incluso una cafetera debe emocionarnos.

La emotividad es el primer estadio de la vida, la que hace que los bebés sean unos sobreactuados. Si la ropa les molesta, chillan como si les despellejaran. Si tienen hambre, parecen estar al borde de la inanición. Si algo les hace gracia, ríen hasta la lágrima y exigen mil repeticiones. Con el tiempo, aprendemos a dosificar la emoción y a mezclarla con la racionalidad que nos hace comprender que, si estamos hambrientos, en un par de horas almorzaremos y no hace falta picar compulsivamente. Durante la adolescencia, con el temporal de hormonas y las dudas existenciales, volvemos a ser todo sentimientos dramáticos y extremos. Creo recordar que era agotador.

Pero esta emotividad a flor de piel ha terminado por invadirnos en todo momento. Si ya no somos compradores, sino fans de las marcas, tampoco somos votantes, sino hooligans de los partidos. ¿Qué digo partidos? Son demasiado aburridos para la política actual. Somos partidarios a muerte de líderes, más o menos mesiánicos, que nos bombardean con propuestas absurdas o extremas constantemente, para no perder nuestra atención. No pasa nada, se olvidan en cuanto se lanza la siguiente. Eso nos convierte además en enemigos declarados del resto de los productos políticos.

La reflexión, el debate, oponer argumentos, datos o antecedentes históricos es casi imposible. Esta emotividad, muy bien envuelta con banderas, sean de países o de causas, es uno de los motivos que explican el aumento de la antipolítica , que se apoya en el fanatismo para difundir mentiras y medias verdades. Se ha profesionalizado, como demuestra el taller norteamericano, bien engrasado con donativos, que ha llevado a Trump a la presidencia o asesora movimientos similares en Europa. Antivacunas, negacionistas de la Covid-19 o incluso la extraña pelea actual entre feministas tienen detrás el mismo simple y cruel mecanismo con el que, a la hora del patio, escogíamos pandilla para jugar o martirizábamos al más débil. Nos hemos convertido en bebés malcriados, que no consienten que les contradigan. Así no aprenderemos nunca a caminar.

17-VIII-20, Glòria Serra, lavanguardia