experimentos de asimilación de los inuit

Dinamarca pide perdón por un experimento en la época colonial que separó a 22 niños de sus familias

La asimilación forzosa de los inuitGetty

Helene Thiesen tenía siete años cuando fue separada de su familia. Era 1951, y vivía con su madre y sus hermanos en una Groenlandia bajo dominio colonial de Dinamarca. Sin saberlo, pasó a formar parte de un experimento social ideado por las autoridades danesas para “modernizar” esta enorme isla, habitada por los inuit, el pueblo indígena de esta zona del Ártico. El plan, ideado junto con la fundación Save the Children, pasaba por enviar a un grupo de niños groenlandeses a Dinamarca para que aprendieran danés y se empaparan de la cultura de la metrópoli, con el objetivo de que, al regresar, pudieran servir de ejemplo y de puente y acabaran liderando el avance de la sociedad groenlandesa.

 

Las autoridades danesas pidieron a directores de escuelas y sacerdotes que identificaran a los niños más inteligentes de entre seis y diez años. “Un día, dos hombres aparecieron en casa y le preguntaron a mi madre si estaría dispuesta a enviarme a Dinamarca, para aprender danés y recibir una buena educación; le dijeron que era una gran oportunidad para mí”, relató Helene Thiesen en una entrevista en la BBC emitida en el 2015.

Los niños fueron separados con la ayuda de Save the Children y la Cruz Roja, que han pedido perdón

Un total de 22 familias accedieron, y en mayo de 1951 un barco partió desde Nuuk, la capital groenlandesa, hacia Copenhague, a más de 3.000 kilómetros de distancia. Al llegar, los 22 niños fueron repartidos en diferentes familias de acogida que Save the Children había seleccionado. Un año y medio después, solo 16 regresaron. Seis se quedaron en Dinamarca porque sus familias de acogida solicitaron su adopción. Según un informe encargado por los gobiernos danés y groenlandés publicado esta semana, los padres biológicos no eran conscientes de que la adopción significaba una renuncia definitiva a sus hijos y no una “expansión de la red familiar”, como era la norma entre los inuit que, si tenían dificultades para cuidar a sus hijos, los enviaban a vivir con otros familiares. Los otros 16 regresaron a Groenlandia, pero vivieron hasta la adolescencia en un orfanato de la Cruz Roja, pese a que la gran mayoría tenía a su familia biológica en la isla, a quienes algunos no volvieron a ver.

“Cuando llegamos al puerto, corrí a los brazos de mi madre, y le hablé de todo lo que había visto. Ella no respondió; la miré confundida. Al cabo de un rato me dijo algo, pero no entendí ni una palabra, y pensé ‘esto es terrible, ya no puedo hablar con mi madre’. Hablábamos dos idiomas distintos”, narra Thiesen. “No me había recuperado del shock cuando la directora del orfanato me tocó el hombro y dijo: ‘vamos, sube al autobús, nos vamos al orfanato’. Yo creía que volvía a casa con mi madre. Nadie nos explicó por qué nos enviaban a un orfanato”, añade.

En el orfanato siguió el proceso de asimilación. El idioma era el danés –en la metrópoli olvidaron su lengua materna– y la cultura danesa marcaba su vida cotidiana. Se restringieron al mínimo los contactos con otros groenlandeses. “Prácticamente todos vivieron sin ningún vínculo o con muy poco contacto con sus familias biológicas”, constata el informe oficial.

“Perdieron su idioma. Perdieron a su familia. Y perdieron el vínculo con su país y su gente”, concluye el documento, que deja claro que el experimento fue un fracaso: los niños no funcionaron como constructores de puentes entre daneses y groenlandeses; su educación y empleo no se correspondieron con las altas expectativas; muchos lucharon con “importantes problemas sociales y humanos” como el desempleo, los abusos y las enfermedades mentales; la mitad murieron jóvenes. Se los alienó de sus raíces y acabaron marginados en su propia sociedad. No eran ni daneses ni groenlandeses. “Sinceramente, no sé quién soy”, dijo una de las víctimas en un documental.

El caso era prácticamente desconocido hasta que en 1998 la escritora Tine Bryld publicó un libro basándose en documentos y entrevistas personales. Fue entonces cuando Helene Thiesen, con más de 50 años, descubrió que había formado parte de un experimento social. Empezaron a llegar algunas disculpas. La primera, la de la Cruz Roja. En el 2010, tras la película
Eksperimenten , fue Save the Children quien pidió perdón. Y, ahora, la disculpa oficial de Dinamarca, de manos de la primera ministra, Mette Frederiksen. “No podemos cambiar lo que sucedió, pero podemos asumir la responsabilidad y disculparnos”, dijo Frederiksen, que esta semana ha enviado una carta personal “con una disculpa sin reservas” a los seis que siguen vivos.