Una introducción (a "Un partido atípico. El caso del Partido Radical", de Matteo Angioli)

"Un partit atípic, el cas del Partit Radical", Matteo Angioli
"Un partido atípico, el caso del Partido Radical", Matteo Angioli
"Un parti atypique, le cas du Parti Radical", Matteo Angioli
"Four funerals and one party", Radaelli & Rossi

Una introducción


Tengo el confuso recuerdo de estar encontrándome, desde siempre, con noticias de un
grupo político italiano muy peculiar. Noticias referidas a bloqueos de leyes liberticidas a
base de batir records Guinnes de intervención parlamentaria ininterrumpida; a listas
electorales donde confluian todo tipo de grupos, partidos y asociaciones ecologistas,
autonomistas, de defensa de los derechos civiles... y Partidos del Amor liderados por
actrices porno. Pero también a referendums para legalizar el divorcio o el aborto (¡en
Italia!) o el consumo de los derivados del cáñamo. Un grupo, además, de no-violentos
que critican a los pacifistas, de demócratas parlamentarios en permanente denuncia de
lo que definen como partitocracia, de promotores de redes participativas e informativas
populares, un grupo de europeistas mundialistas, de provocadores respetuosos, de
críticos institucionalistas,...


Y a todo esto, con la caída del telón de acero, resulta que este partido italiano ya no era
italiano sino “transnacional”, y que religaba fuerzas democráticas en los países
excomunistas intentando conducir los problemas de la transición por el camino del
parlamentarismo, las libertades, la no-violencia y el respeto de los derechos humanos. Y
que, sin dejar de denunciar el etnocidio que la República Popular china practica en el
Tíbet o reclamar a la ONU una política supranacional de concepción global, advertía ya
en los 80 de las consecuencias que podia tener el appartheid que el régimen de Belgrado
practicaba en Kosovo. Un partido cuyos líderes pasaban la Noche Buena, desarmados,
en las trincheras de la ciudad croata de Osijek asediada por los ‘limpiadores étnicos’
chetniks.


Inscrito sin saber demasiado a qué, me presenté en el Congreso que el Partido Radical
celebraba en Roma sin imaginarme lo que realmente encontraría allí: por una parte, en
plena crisis de Tangentópolis, las máximas autoridades de casi todos los partidos
italianos, ministros e, incluso, el jefe del gobierno, presentándose en el Congreso para
salir en los diarios y la TV proclamando su benevolencia hacia el único partido “limpio”
del momento, y que había denunciado desde siempre las causas que finalmente habían
llevado a la crisis del sistema político democrático italiano. Por otra parte, la reunión de
centenares de representantes de asociaciones cívicas, partidos políticos y Parlamentos
de todos los viejos y nuevos Estados del centro-este europeo. Rusos y letones, gitanos
de Serbia y musulmanes de Macedonia, armenios de Nagorno Karabakh y azeríes,
griegos de Rumanía y turcos de Bulgaria, kosovares y uzbecos, ucranianos y croatas,...
y el alcalde de Sarajevo sin poder asistir por culpa del asedio chetnik. Todos ellos
esperando ayuda, especialmente política, ideológica; buscando el respeto a los derechos
humanos y el mundo de libertades que representa Occidente.


El carisma de los líderes radicales históricos (y per encima de todos ellos, el de Marco
Pannella) atraia a todos ellos. Un carisma que simboliza una manera de hacer, un estilo
político, una radicalidad democrática fundamentada en unos valores no tanto
enunciados como demostrados en campañas, iniciativas y acciones. Una manera de
hacer, un estilo, que siempre responde con un ‘cómo’ a los ‘qués’ planteados. Que abre
un Congreso con la información exhaustiva del estado financiero para priorizar los
objetivos según éste. Que plantea el compromiso de inscripción como una asociación
personal y puntual a reafirmar anualmente. Que no organiza las iniciativas, campañas y
acciones como una actividad exclusivista, partidista, sino abierta, integradora.
Una manera de hacer, pues, que invierte nuestra habitual relación partido/acción
política: aquella que beneficia al Partido, entendido como Verdad incompatible con las
otras. Partido que acaba siendo una maquinaria de autoperpetuación parasitaria de la
administración del Estado, olvidando totalmente el espíritu de servicio a los intereses de
la sociedad, y confundiendo funcionario y político. Pero esto, que tendemos a
considerar normal, es, en realidad, una (per)versión de la dinámica democrática. Un
estilo cuyos resultados tienden más a la limitación de los derechos y libertades
personales que a su afirmación y extensión.


Y es en este campo donde se situa la importancia de la experiencia radical. No hace
falta leer a Carl Schmitt para encontrar defectos en la Democracia, ni tampoco ser
demasiado listo para verlos en las democracias, especialmente si vives en alguna de
ellas. Pero si, convencido o resignado, por exclusión o por adhesión, ahora y aquí
alguien opta por el sistema de derechos personales en el marco del respeto a las
libertades, tendrá que tomar una actitud política de defensa y profundización
democráticas como único ecosistema apto para el desarrollo de sociedades civiles. Y el
Partido Radical ha sido durante medio siglo la referencia que pretendía vacunar el
sistema de libertades democráticas ante poderosas dinámicas de derecha e izquierda,
confesionales y laicas, que, bajo formalidad democrática, tienden al liberticidio.
Sobre si lo ha conseguido, hay opiniones para todos los gustos. Pero, más allá de los
mismos radicales, el talante radical es un estilo cívico-político concreto, que produce
unas determinadas actitudes y proclama unos específicos objetivos y valores que
parecen, aquí y ahora, hacerse especialmente necesarios.


La relación democracia-corrupción está directamente condicionada a la capacidad real
de control civil sobre el gestor público. Y esta capacidad está más o menos favorecida
según los valores tradicionales que definen la percepción de la res pública en cada
cultura. De ahí la opción radical por una concepción democrática a la anglosajona. En
las Españas, un voto es un cheque en blanco a un pequeño núcleo de propietarios de una
maquinaria electoral que lo utilizan sabiendo que no hay mecanismos que les enfrenten
a la responsabilidad derivada de su actuación política. En la concepción anglosajona, un
voto es un cheque nominal a tu representante personal para que defienda los intereses de
la población que compone la propia circunscripción electoral. De esta manera, el interés
general se va componiendo, subsidiariamente, de todos los intereses particulares. Y la
relación mayorías/minorías no es de sometimiento (mentalidad jacobina, estatalista)
sino de convivencia (mentalidad liberal, civilista).


Sobre el papel, todo ello precioso, ciertamente. Es esto, entonces, la democracia? EL
sistema político definitivo? El Camino por fin (re)encontrado? Sencillamente: no.
Es aquí donde la actitud radical se hace incompatible con la mentalidad dominante de la
“izquierda” (y no digamos de la “derecha”). Durante el siglo XX, la dinámica política
ha sido sustituida por un discurso religioso que, entre anatemas y excomuniones,
proclamaba la salvación social en la adhesión al Verdadero Camino, dejando la mayoría
de veces la posibilidad de opción reducida a llevar la argolla en el pie derecho o en el
izquierdo. Durante la segunda mitad del siglo XX ha habido estadistas, pero no se ha
hecho, no se ha podido hacer, política. La teologización ideológica ha sacralizado la
“soberanía nacional” convirtiendo los Estados en seguro santuario de cualquier
iluminado que supiese ocupar su lugar en el tablero mundial de la guerra fría. Y
“derecha” e “izquierda” han sido tan ferozmente enemigas como comunes defensoras de
una manera de hacer política que, en nombre del pueblo, prescinde simplemente de las
personas, individual y colectivamente, civil y socialmente. Un sistema político que
instrumentaliza formalmente la democracia a costa de vaciarla de sentido.
En este panorama, la actitud radical no es una ideología. No confunde creer en la
democracia con practicarla. Y la practica huyendo del sacrificio de los contemporáneos
en nombre del paraíso para los descendientes. Porque ‘radical’ es una opción personal e
intransferible de acción, de actuación política libertaria en la propia sociedad ‘glocal’
-local y global-. O, al menos, así lo entiendo yo.


Como también creo que, aquí y ahora, son necesarios grupos de opinión y asociaciones
de presión, promotores de iniciativa y redes de coordinación política que vayan
(re)tomando en sus manos todo el poder que hemos abandonado a este sistema
partitocrático que, hijo de la transición y los peores modelos ajenos, rige en el Estado
español. Y que trabajen para una cultura de la participación, de la implicación cívicopolítica,
basada en la corresponsabilidad y el respeto mutuo.


Dentro de este abanico de acción ciudadana tiene que haber de todo: partidos políticos,
grupos de pressión específicos, forums de debate y crítica, sistemas de información
abierta,... y ‘alguna cosa’ radical; una entidad, una red de asociación política civil, no
‘nacional’; local, no territorial. Basada en la referencia a los principios de no-violencia e
intransigente respeto mutuo y defensa de los derechos que garantizan el sistema de
libertades.


Un organismo que puede aprovechar y aprender de muchas trayectorias y experimentos,
pero por lo que se refiere a la actitud, al estilo, a la manera de hacer, muy especialmente
del Partito Radicale.


Una entidad homenage a aquellos que han mantenido los espacios de libertad donde
sembrar la propia responsabilidad; una necesidad para poder ejercerla.


Rafa Villaró, secretariado de BarcelonaRadical.net, mayo de 2004.