"El nihil obstat, ayer y hoy", Quim Monzó

Estos días que el mundo de la traducción ha vivido con gran gozo el asunto Amanda Gorman, me ha caído en las manos (o han sido mis manos las que lo han buscado) el caso de William Tyndale. Fue un estudioso inglés nacido a finales del siglo XV. Era sacerdote y, entre otros libros, escribió The obedience of a christian man , en el que argumentaba que, más que el Papa, era el rey del país quien debía ser jefe de la Iglesia. El monarca Enrique VIII lo leyó con mucho interés, y encontró argumentos capaces de justificar su ruptura con la Iglesia católica y el nacimiento del anglicanismo.

 

Conocía bien el latín, el griego y el hebreo, y además hablaba francés, alemán, español e italiano. Pero un buen día, sin encomendarse a Dios ni al demonio, tuvo la ocurrencia de traducir la Biblia al inglés. En aquella época, en aquel país brumoso y con una delicia gastronómica como el shepherd’s pie –no valorada por los remilgados– la Biblia solo la podían leer las personas cultas, conocedoras de las lenguas clásicas. La plebe, no. Desde finales del siglo XIV –a raíz de los intentos de John Wycliffe de traducir la Biblia en manuscritos– la ley condenaba a muerte a todos los que tuvieran las Sagradas Escrituras en inglés. Los motivos eran lógicos: querían que solo los representantes de Dios en la Tierra pudieran leerlas, interpretarlas y transmitirlas oralmente, convenientemente traducidas según sus intereses. Que el insensato de Tyndale decidiera traducirla a la lengua popular y ponerla al alcance de todo el mundo –mediante la imprenta, además, que entonces era el colmo de las nuevas tecnologías– podía hacer que el control ideológico se fuera al traste.

Solo los representantes de Dios en la Tierra podían interpretar la Biblia

Evidentemente, las autoridades se lo prohibieron. Testarudo, Tyndale no hizo caso, huyó a Alemania, y allí, en una imprenta de Colonia, imprimió los primeros ejemplares, que llegaban a Inglaterra de contrabando. Cuando Enrique VIII y el Papa ya habían partido peras definitivamente, el iluso pensó que su situación había mejorado y se instaló en Flandes, donde entonces reinaba Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romanogermánico. Ahí la cagó. Lo arrestaron cerca de Bruselas y lo encarcelaron más de un año. Finalmente lo condenaron por herejía. Lo ejecutaron por estrangulamiento. Acto seguido lo ataron a una estaca, pusieron leña debajo e hicieron una bonita hoguera.

 

Son los peligros de traducir sin la bendición previa de los que se autoerigen en los únicos con derecho a interpretar la palabra divina. Antes eran las autoridades religiosas, ahora las congregaciones de activistas, que viene a ser lo mismo.