"Nueva Derecha tomando Europa, ¿dónde Nueva Izquierda?, ¿dónde nuevos libertarios?", Cassandra

"El hábito no hace el monje", legrandcontinent.eu
 
E L  G C  D E L  D O M I N G O
S 0 1 · E 1 9
 
U N O  /  T R E S

« En los países miembros de la Unión Europea sigue existiendo una abrumadora voluntad de cooperación, y un espíritu de comunidad y amistad que impregna los países y las sociedades de nuestro continente. Esto constituye un gran capital. Una Unión reformada utilizará este capital, mientras que una Unión que rechaza la reforma lo desperdiciará.
 
Por eso nos dirigimos hoy a todos los partidos y grupos que comparten nuestros puntos de vista, con este documento como base para un trabajo cultural y político conjunto, respetando el papel de los grupos políticos actuales.
 
¡Reformemos juntos la Unión por el futuro de Europa! »
 
¿Podrían adivinar los nombres de los firmantes de la tribuna que termina con estas palabras? Son los respectivos líderes de Rassemblement National en Francia, Lega per Salvini y Fratelli d'Italia en Italia, PiS (Derecho y Justicia) en Polonia, Fidesz en Hungría, Vox en España, FPÖ en Austria, Vlaams Belang en la Bélgica flamenca, el Dansk Folkeparti en Dinamarca, EKRE en Estonia, Perussuomalaiset en Finlandia, Polish Electoral Action en Lituania, Partidul Național Țărănesc Creștin Democrat (PNT-CD) en Rumanía, Balgarsko nacionalno dvizenie en Bulgaria y, por último, Solución Griega (EL) en Grecia. En esta lista, en la que hay que destacar la ausencia de partidos como la AfD alemana, los Demócratas Suecos o el PVV de Wilders en Holanda, se encuentran casi todos los partidos nacional-populistas de Europa. Estos partidos son conocidos desde hace tiempo como « antieuropeos ». Pero entonces, ¿por qué se unen de esa manera?
 
Si bien este fenómeno es paradójico, no es una sorpresa. Los primeros trabajos del Grand Continent en 2017, cuando esta iniciativa estaba solo en la fase embrionaria de un seminario semanal en la École Normale Supérieure de París, ya se fijaban en un fenómeno que entonces habíamos llamado neonacionalismo: la alianza de la extrema derecha en Europa. Había comenzado con una especie de foto de clase de los líderes de partidos nacionalistas tomada en enero de 2017 en Coblenza - un lugar muy simbólico en la memoria contrarrevolucionaria, ya que la ciudad reunió a la mayoría de los emigrantes franceses entre 1791 y 1792 -. Allí se reunieron Marine Le Pen y otros líderes de partidos, entre ellos Frauke Petry, de la AfD, tras la toma de posesión de Donald Trump. Frente a la clásica retórica basada en el nacionalismo excluyente, que había caracterizado a los partidos de extrema derecha europeos desde la Segunda Guerra Mundial, surgía la posibilidad de una agenda europea para estos mismos partidos: jugar Bruselas (donde el Front National ya era el partido francés más representado) contra Bruselas, por así decirlo. 
 
Esto se hizo más claro un año después a través de la voz de Viktor Orban, que fue el ingeniero de esta europeización de la lucha nacional-populista en los últimos años. Pronunciado en el primer aniversario de la muerte de Helmut Kohl – preciso es notar este interesante símbolo - el discurso, traducido y comentado por Le Grand Continent, expone abiertamente el cálculo político del primer ministro húngaro: siendo Hungría un « país pequeño » - una admisión que nunca se habría escuchado de boca de líderes nacionalistas, incluso en las naciones pequeñas, en el siglo XX - sabe que su interés radica en unirse con otros proyectos nacionalistas europeos, que también defienden una Europa blanca y cristiana y unos Estados-nación preservados dentro de la Unión.

D O S  /  T R E S

Además, más que una alianza de facto en nombre de intereses comunes únicamente -deshacer la cooperación europea se hace mejor entre varios -, la lógica iniciada por Orban responde a profundas tendencias de reconfiguración del campo ideológico de la extrema derecha en Europa durante las últimas décadas. En primer lugar, ha habido una circulación de influencias y discursos. Le Grand Continent ha publicado los retratos de tres teóricos de los partidos extremistas: el polaco Ryszard Lugetko, el francés Hervé Juvin y el italiano Diego Fusaro. Recomendamos fehacientemente  la lectura de estos tres trabajos, que permiten analizar sus itinerarios intelectuales y descifrar sus discursos. Además de su papel estructurador en las respectivas doctrinas del PiS, la Agrupación Nacional y la coalición de 2018 entre Lega y Cinco Estrellas, es interesante ver cómo sus pensamientos se alimentan mutuamente y dialogan con otros contextos nacionales en Europa.
 
Otra larga tendencia que explica esta nueva « internacional blanca » o « Liga de Patriotas » a escala europea es el retorno del ideal europeo, ya presente en algunos discursos fascistas de los años 40, en el discurso nacionalista actual, por medio de una corriente que ha sido minoritaria durante mucho tiempo: la de la Nueva Derecha. A partir de los años 60, la Nueva Derecha trató de reformular una línea ideológica para la extrema derecha en torno a tres ejes: anticomunismo, antiliberalismo y etnonacionalismo. Siguiendo los pasos de los grupos intelectuales minoritarios de la Europa fascista, estos movimientos pretendían superar lo que percibían como un estancamiento nacionalista y proponer una visión de Europa basada en una cultura libre de elementos extranjeros (empezando por el cristianismo, que nació en Oriente Próximo) y étnicamente europea. Durante mucho tiempo, esta corriente gozó de una pequeña aureola mediática (sobre todo en las columnas del Figaro Magazine en los años 70), pero siguió siendo muy minoritaria, aplastada entre una derecha tradicional y la extrema derecha tribunera encarnada en particular por Jean-Marie Le Pen. Sin embargo, hoy podemos ver cómo el internacionalismo etnocéntrico infundido por la Nueva Derecha ha sido capaz, de vez en cuando, de unir fuerzas con la supremacía blanca que ha existido durante un siglo en Estados Unidos, Australia y Sudáfrica. Así es como el autor de la masacre de Christchurch en 2019 había reivindicado su « hermandad » con Anders Breivik, autor de la masacre de Oslo en 2011, o Luca Traini, candidato salvinista y autor de un intento de asesinato de 6 migrantes en Macerata en 2018.
 
Por lo tanto, es legítimo preguntarse si no estamos asistiendo hoy a la estructuración a escala europea de un equivalente de lo que algunos teóricos han llamado Dark Enlightenment, un corpus ideológico cercano a la alt-right estadounidense. Es difícil no ver aquí un eco de la Anti-Ilustración, la tradición intelectual que surgió en el siglo XVIII como respuesta y reacción al corpus teórico de la Ilustración. Sin embargo, el juego está lejos de terminar. Mientras se estaría preparando para entrar en campaña, la declaración de Eric Zemmour sobre el norte de Italia (que, según él, debería ser francés) es un error garrafal que demuestra su miopía política en un momento en que su familia política se está reorganizando en Europa. El canciller austriaco Sebastian Kurz, cuando fue elegido, jugó mucho más hábilmente con estas disputas fronterizas, ofreciendo la nacionalidad austriaca a los ciudadanos del Trentino, para gran disgusto de la Lega italiana. Pero estos dos ejemplos demuestran que la estructuración de una liga europea de extrema derecha aún no se ha completado, y obviamente sigue estando plagada de contradicciones, malentendidos e incompatibilidades teóricas. Por eso también es urgente frenar su impulso, centrándose en las debilidades estratégicas de esta alianza tanto como en sus fechorías ideológicas.
 
Los nacionalismos europeos, al apoyarse en un nacionalismo étnico extendido ahora a las fronteras míticas de una Europa blanca y cristiana, desarrollan así una estrategia continental de acción y movilización. La lección que hay que aprender es sin duda la siguiente: Europa ya no es una prerrogativa de los social-liberales. No se está « a favor » o « en contra » de Europa de forma definitiva, con el pretexto de que se está en un bando o en otro. La prueba más evidente es, probablemente, que todos los partidos de extrema derecha han abandonado reivindicaciones que seguían vivas hace diez años, como la salida de la UE o del euro.
 
Por tanto, la cuestión ya no es si queremos o no Europa, sino qué forma queremos que adopte la Europa política.


T R E S / T R E S

Y lo contrario es cierto. La lección que debemos extraer de este paradójico europeísmo de los partidos nacionalistas funciona como un espejo invertido para reflexionar sobre la relación entre los partidos democráticos liberales de Europa. El ejemplo de la relación franco-italiana es probablemente el más revelador. ¿Quién hubiera podido imaginar que, más de sesenta años después del Tratado de Roma, Francia llamaría un día a su embajador en Roma? Sin embargo, eso es lo que efectivamente ocurrió durante el enfrentamiento entre Emmanuel Macron y el gobierno híbrido que mantuvieron la Lega y el Movimiento Cinco Estrellas en 2019. Desde que Mario Draghi llegó al poder, se ha producido un retorno de Italia « fuera de sus fronteras », como lo ha estudiado Jean-Pierre Darnis. Dentro de esta nueva estrategia de diplomacia política y económica, el gobierno italiano pretende invertir en la relación franco-italiana para competir con el símbolo de la pareja franco-alemana y promover los intereses de una Europa volcada hacia el Mediterráneo.
 
La perspectiva del Tratado del Quirinal, que debería firmarse a finales de año, y con vistas al cual el presidente francés recibió al presidente Sergio Mattarella en el Palacio del Elíseo a principios de esta semana, da así un nuevo giro. Lejos de ser otro asentimiento simbólico a una relación inmutable, es un gesto concreto de compromiso mutuo con la cooperación estratégica y económica, y quizás con las políticas comunes. Esto es lo que pedía Alessandro Aresu en enero en las columnas del Grand Continent. Entendemos que aquí, como en otros lugares, la amistad entre los miembros de la Unión Europea es un espacio en el que hay que invertir, y que puede tomar, según el equilibrio político que se apodere de él, direcciones muy diferentes.
 
La torpeza de la declaración de Éric Zemmour sobre la anexión del norte de Italia, que despierta una nostalgia pseudoimperial, es solo la cara burlesca de la misma. Podrían alcanzarse otros equilibrios mucho más formidables, por ejemplo, sobre un consenso antiinmigración por parte de los líderes nacionalistas de Francia e Italia. En definitiva, no hay que dar nada por sentado: no se trata de estar a favor o en contra de una amistad entre dos potencias europeas, sino de saber qué forma exacta adoptará esta amistad. Y en este camino, que años de cooperación activa han hecho relativamente sólido, cada elección sigue siendo una tirada de dados.