"La degradación de la democracia", Xavier Bru de Sala

Carl Paladino, candidato republicano  a gobernador de Nueva York, se disculpó de unas desafortunadas declaraciones donde afirmaba que los niños no deberían sufrir lavados de cerebro que les lleven a pensar que la homosexualidad es una opción igualmente exitosa y válida. Reconocido el error, algo inusual en él, prometió: "Si soy elegido vuestro gobernador, mantendré todos los derechos de los neoyorquinos gais y lucharé por ellos". Electoralismo obliga.

Por otra parte, una juez federal ha ordenado suspender todas las investigaciones y procesos para apartar de las fuerzas armadas a los gais, lesbianas y bisexuales que no se atengan estrictamente a la famosa ley clintoniana del "no lo preguntes, no lo digas". En su momento, supuso un gran avance para decenas de miles de afectados, pero hoy resulta ya retrógrada y da pie a miles de expulsiones. Empiezo por estas dos noticias positivas porque coincidían en la portada de The New York Times digital de este miércoles.

Si la naturaleza nos alumbra distintos y desiguales, es deseable que los propios humanos la corrijan procurando mayores cotas de igualdad. A tal fin, y al respeto de los valores que denominamos universales, entre los que se encuentran los derechos de las minorías, no hay nada mejor que la democracia. Cuanto más avanzada, mejor. Que cada cual siga su orientación sexual y viva a su manera, sin cortapisas, mientras respete al prójimo y la ley. Es un avance democrático bien notorio que lo haga sin miedo a la represión o la discriminación.

Abundan los motivos serios de preocupación para el futuro, pero también se observan tendencias en sentido contrario. La democracia avanza, y no en último lugar gracias a los refinamientos del utillaje intelectual, teórico y conceptual que explora, entre otros avances, nuevas fórmulas de gobernanza, formación de consensos y resolución de conflictos. Asimismo, es favorable el desarrollo de nuevos mecanismos de debate e información social. Como sucede en no pocos organismos vivos, es bien plausible que la democracia se degrade, o incluso se desmoche o desmorone por unas partes mientras se desarrolla en otras. No soy pues especialmente alarmista y concedo, de entrada, primero que toda democracia es imperfecta, frágil en sí misma y, segundo, que el objetivo de los verdaderos demócratas y humanistas es mejorar, fortalecer en lo posible o en su caso evitar la degradación. Quienes, lejos de ser los primeros de la clase -en realidad los penúltimos en apuntarse al club-, tenemos modelos y experiencias sobradas en no pocas de las democracias con mayor tradición.

Modelos que imitar y factores de degradación de los que huir. Sin pretensión de exhaustividad e invitando al lector a completar la lista, ahí va una pequeña relación. Racismo y xenofobia, que planean sobre Europa como un ave rapaz. Los partidos xenófobos están entrando en los ámbitos más acreditados. La mentira, y sus adláteres los mensajes halagadores o de conveniencia, el maquillaje de la verdad, el populismo y la demagogia. El creciente descrédito de la equidad y la solidaridad en casi todo Occidente, su principal y primer bastión. Disminuyen la carga y la progresividad fiscal. Sus corolarios, la pobreza y la incultura (incluido el analfabetismo funcional que aqueja a grandes masas en Europa y América del Norte). Sigamos. El pulpo de la administración. Combinado con la partitocracia, amenaza con dirigir nuestras vidas más allá de lo necesario para el funcionamiento de la sociedad. Mientras por otra parte ambos, los partidos y la administración, son demasiado sensibles y complacientes con los grandes grupos de presión. De ahí que añada a la lista los grupos de poder que bregan sólo a favor de sus intereses sin importarles el conjunto de la sociedad.

Prosigamos con la tendencia a imponer los propios valores frente a otros igualmente válidos y en general más convivenciales. No les llamaré, a quienes así actúan, antidemócratas, porque no lo son, por lo menos formalmente, pero sí poco amigos, cuando no enemigos, del pluralismo. La acusación es grave, pues debe tenerse en cuenta que el pluralismo es condición necesaria para toda democracia, e incluso anterior a ella. Last but not least,la exaltación de la emocionalidad. Si se pone fin a la supremacía de la razón, si el rumbo de la sociedad se orienta según oleadas de emoción colectivas, los peligros de graves colisiones aumentan exponencialmente. Podría ejemplificar cada punto de la lista con suculentos casos, pero dejo estos  deberes para el lector.

Concluyamos con un párrafo que, bien leído, puede servir para la esperanza. Si observamos un mapa de los países más cercanos y puntuamos en él la calidad democrática, convendremos en dar la máxima puntuación a los países del norte, de Canadá a Escandinavia. A la zaga, en latitudes medias y no tan avanzadas, con la excepción de la isla suiza, Alemania, Francia, Reino Unido y Estados Unidos. Algo más al sur, el grupo en el que figuran Italia y España. Tenemos mucho que aprender, realidades más virtuosas que la nuestra que imitar. A ver quién pone manos a la obra.

15-X-10, Xavier Bru de Sala, lavanguardia