"Post-huelga", Sergi Pàmies

Independientemente de cómo haya ido la huelga general de ayer, en los días previos hemos vuelto a vivir el chantaje emocional de otras veces. De la interpretación del seguimiento sólo podemos esperar la tendenciosidad cuantitativa y cualitativa de siempre. Ya hace tiempo que la división simplista de trabajadores y empresarios no se ajusta a la realidad. Entre los trabajadores se han consolidado nuevas categorías y entre los empresarios también. Las apariencias, sin embargo, siguen priorizando las barbas y el alma de megáfono de dirigentes que se eternizan en el cargo y la suficiencia gremial y la gomina perdonavidas de unas estructuras empresariales que sólo representan la punta más privilegiada del iceberg de la economía.

Entre los sectores que menos han evolucionado en las décadas de democracia están las organizaciones empresariales y los sindicatos. La alternancia de estilos y propuestas ha sido casi nula y la dependencia de la subvención ha dinamitado el viejo sueño de una financiación que, en el caso de los sindicatos, debería haber dependido de las cotizaciones de los afiliados y, en el de los empresarios, de cuotas pseudovoluntarias. El problema que se ha producido en las últimas convocatorias de huelga general tiene que ver con la pérdida de representatividad real y con la confrontación entre derechos, deberes y libertades. En la retórica reactiva que reboza la prosa sindicalista siempre hay ingredientes de fuerza y una aureola subversiva que tiene que ver con los dignísimos orígenes del movimiento obrero. Pero aplicar esta retórica a un sindicalismo que ha cometido errores graves (convertirse en inmobiliaria o agencia de viajes encubierta), que ha fomentado un nuevo clasismo entre los trabajadores y que ha tolerado dependencias con distintos gobiernos que atentan contra sus propios principios tiene un riesgo: hacer el ridículo. Paulatinamente, la pérdida de influencia y de credibilidad, que también afecta a la política, se ha contagiado a los hábitos de protesta y ni los unos ni los otros han encontrado el modo de conectar con la mayoría de afectados por medidas tan devastadoras como la nueva reforma laboral. Adictos a la simplificación, los sindicatos envejecen prematuramente, sin renovar un argumentario fácilmente rebatible, no ya desde un neofeudalismo neoliberal sino desde el sentido común (¡cómo habrán envejecido los sindicatos para que cualquier charlatán encorbatado y con gomina parezca más moderno y preparado!). En este contexto de papeles protagonistas que la sociedad cuestiona, lo que nos ha propuesto la huelga de ayer es un dilema caduco y deprimente: tener que elegir entre ser piquete o esquirol.

30-III-12, Sergi Pàmies, lavanguardia