"La inteligencia domesticada", LLuís Duch & Albert Chillón

Al menos desde que Émile Zola firmó su legendario “J’accuse…!”, con motivo del caso Dreyfus, el estamento intelectual ejerció una punzante labor de vigilancia de los poderes terrenales y celestiales del mundo, y de crítica de sus desmanes. Heterodoxa, disidente y rebelde, de acuerdo con Albert Camus, la llamada intelligentsia constituyó una élite del espíritu que reclutó sus miembros en medios artísticos, políticos, periodísticos y hasta religiosos. De Zola a Noam Chomsky pasando por Karl Kraus, Arthur Koestler, George Orwell, el citado Camus o Hannah Arendt, intelectuales de muy varia estirpe procuraron orientación y criterio a la sociedad civil, en un siglo señalado por la pujanza del sistema tecnológico y burocrático, y por el auge de autoritarismos y totalitarismos cada vez más ominosos.

A pesar de los notorios errores que cometió –ahí está su estentóreo silencio ante la pesadilla staliniana, por ejemplo–, la intelligentsia bebió en los veneros de las humanidades y en los de las ciencias sociales, cuya fertilidad crítica tiende a ser hoy agostada por el economicismo imperante. La casta intelectual fue, en suma, uno de los más fecundos frutos del humanismo y de
su tradición plural, a la vez oriental y occidental, judeocristiana y grecolatina, moderna e ilustrada. Y tanto sus pertrechos culturales como su talante emancipador y cosmopolita –muy sensible a horizontes utópicos–, su compromiso con el bien colectivo y, en fin, su encendida vindicación de la irreductible dignidad de los individuos y de su integral virtud (areté), emanan de tal patrimonio.

Durante el último siglo, la intelligentsia ha frecuentado, además, los púlpitos y tribunas que le ha brindado el periodismo de multitudes –algunos de cuyos medios actúan como “intelectuales colectivos”, al decir de Aranguren–, además de otros órganos de difusión más exclusivos aunque influyentes, como Revista de Occidente, The Masses, Combat o Les Temps Modernes. Con todo, su vínculo con la industria cultural ha sido ambivalente, ya que esta se ha mostrado proclive a suplantar la búsqueda de la verdad, la belleza y el bien –propia del arte y del pensamiento– por la masificación que por sofisticadas vías promueve. En vez de la auténtica igualdad en la diferencia, la sociedad del espectáculo ha fomentado el igualitarismo populista; en vez de los ideales emancipadores y universalistas, el narcisismo identitario; y en vez de la razón y el juicio, el abuso acrítico del prejuicio, el emocionalismo y la demagogia.

A la domesticación de la inteligencia ha ayudado mucho, además, esa “barbarie de la especialización” que Ortega denunció en La rebelión de las masas: el reemplazo del intelectual humanista por el experto en su sola especialidad, ajeno y hasta hostil a lo que se piense o suceda extramuros. Esta patología ha devenido en pandemia en las últimas décadas, tanto que la mera racionalidad productivista e instrumental ha arrumbado la razón y la sabiduría. Anonadados por el espíritu de este tiempo –aunque corresponsables de su demudación e inanidad–, los intelectuales de antaño se han trocado en expertos hogaño, a imagen de sus pares tecnocientíficos. Y su compromiso con la res publica, de inequívoca raigambre ilustrada, ha devenido en reclusión en sus nichos de actividad, y en una notoria dejación de la política en cabal sentido –de los asuntos de la polis– en beneficio del esteticismo trivial, del etnicismo tribal y del yermo eticismo, hoy tan en boga.

A lomos de tamaña banalización –tan ventajosa para los genuinos poderes que mueven los hilos desde el trascenio–, la industria mediática ha promovido así mismo una nutrida casta de intelectuales orgánicos y opinadores cortesanos, postrada ante los altares del establishment. Amamantadas por la partitocracia y sus satélites, venales y sumisas, las tribus que la componen han medrado en un sistema mediático y cultural subyugado por la ortodoxia imperante, y hoy no dudan en achacar la quiebra en curso a la ciudadanía –y en exculpar a sus autores verdaderos, en cuya mano comen. A cambio, claro está, de prebendas y sinecuras; de prosperar en camarillas y cofradías; y de trepar una pirámide de dominio que suele condenar la heterodoxia y el mérito, y premiar la ortodoxia y la inepcia.

Una seria dolencia aqueja a este país, buena parte de cuyos intelectuales y opinadores con púlpito en plaza se empeñan en elevar a un entrenador y a un cocinero a los altares del pensamiento y del arte. Guardiola y Adrià son personas loables en sus campos, sin duda, aunque no lo sea el tinglado político y mediático que los pinta como ídolos de multitudes, ejemplares arquetipos para los ciudadanos. Un tinglado muy dado a suplir la crítica y la reflexión por la mistificación, sea miope o interesada; a desahuciar las humanidades y los saberes críticos en aras del salvaje economicismo; y a despreciar los ideales de emancipación, de raíz ilustrada y universalista, en favor de las “religiones de sustitución” que cunden en las aguas revueltas de la gran mutación en curso, cuando la obcecada adoración a los respectivos cultos –sean la tecnología, la identidad o el dinero– contribuye a arruinar las frágiles conquistas de la democracia y la Ilustración. Y a dar gato por liebre a la ciudadanía, justo cuando más le urge el pensamiento libre.

25-V-12, Lluís Duch, antropólogo y monje de Montserrat, & Albert Chillón, director del Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades de la UAB, lavanguardia