"Televisión inofensiva, pero tóxica", Sergi Pàmies
Los sentimientos que provoca el estreno de Todo el mundo es bueno (Telecinco) nos retornan a la memoria de las antiguas ferias de pueblo o de extrarradio urbano, cuando llegaban aquellos entoldados sórdidos con cabras de cinco patas envasadas en formol, gigantes de la halterofilia tatuados hasta la lengua y monstruosas mujeres barbudas de mirada morfinòmana. La motivación para acercarse sumaba una inconfesable morbo infantil y un sentido low cost de la aventura.La televisión ha readaptado este género de la vergüenza monstruosa. Ha puesto mucha luz, escaleras de musical para lucir talones, unas dosis inhumanas de aplausos, mucho entusiasme artificial y un argumento de espectáculo que combina elementos de El semáforo y de Tú sí que vales. De hecho, parece que el programa haya aprovechado los concursantes descartados de otros castings y escabechadas para alimentar una escaleta de intrépidos aspirantes que pueden optar por: a) ser denigrados con simpatía y dignidad o b) ser denigrados sin simpatía ni dignidad.
Pilar Rubio y José Corbacho son los presentadores. Cómo es lógico, se tienen que tragar muchos escrúpulos y principios y protegerse detrás una barrera de sarcasmo gestual que minimiza la ola expansiva del producto y que los ayuda a mantener una profesional distancia de seguridad. Concentrados en el papel de extraña pareja (Rubio ya probó una fórmula parecida al fracasado XXS de Cuatro), consiguen soportar la experiencia sin sufrir una crisis de identidad.
La mecánica del buñuelo: concursantes mayoritariamente friquis que, durante dos minutos, lo tienen que hacer bastante bien para no ser eliminados por un público que los amnistia o condena con un mando a distancia que actúa como el pulgar romano de los tiempos de los gladiadores. Muy editado para poder añadir efectos especiales que, en teoría, tendrían que mejorar el resultado final, rellenado de cebos que alargan el metraje por embutiir bloques de publicidad, el programa es una catástrofe simpática pero catástrofe al fin y al cabo.
La materia primera con que trabaja, pero, tendrá una gran aceptación en los circuitos de reciclaje audiovisual especializados en befas primarias, consistentes en reírse de gente bastante insensata (o desesperada) como para arriesgarse a hacer el ridículo después de haber perdido, si es que alguna vez tuvieron, la vergüenza. Por suerte, sólo es un programa de televisión y, por lo tanto, todo queda en el ámbito del entretenimiento inofensivo. Inofensivo pero tóxico, que quede claro.
27-VI-12, Sergi Pàmies, lavanguardia
