"Viajar peor que el ganado", Javier Junceda

La paulatina reducción del espacio físico a disposición del pasajero en las aeronaves comerciales –sean o no de las llamadas low cost– constituye uno de los más frecuentes reproches de sus usuarios. Ya se trate de vuelos de corto, medio o largo radio, con el tiempo se ha venido generalizando la venta de pasajes que incluyen un único derecho: ser lisa y llanamente transportado, sin importar demasiado las condiciones en que tal desplazamiento se desarrolle, seguridad aeronáutica al margen.

Aunque cueste creerlo, las normas de navegación aérea no contemplan requisito obligacional sobre la separación entre asientos en los vuelos comerciales. Ni lo hace la vieja ley de 1960, que apenas somete a las aeronaves a las condiciones técnicas que fijen sus fabricantes, ni la de seguridad aérea de 2003. Tampoco la normativa comunitaria o internacional aborda esta cuestión. La única previsión aeronáutica tangencialmente vinculada viene dada por el régimen de responsabilidad por daños ocasionados durante el vuelo, siempre y cuando se logre demostrar que el perjuicio se ha provocado por la escasez de espacio del pasajero.

Este panorama, sin embargo, contrasta con el que rige en el ámbito del transporte de animales. La legislación comunitaria ha venido dotando a estos traslados del correspondiente espacio físico o vital que asegure unas mínimas medidas de higiene y supervivencia de cada especie acarreada. Tanto la vigente ley de Sanidad Animal como la ley 32/2007 precisamente bautizada “del cuidado de los animales en su transporte”, prevén en su articulado que los medios de traslado de animales deban ser aquellos que “eviten lesiones y sufrimiento innecesarios a los animales y se garantice su seguridad”. Esta idea se concreta incluso en el reglamento (CE) 1255/97, conforme al cual, “según las especies de que se trate, se deberá contar con espacio suficiente para su transporte, de manera que los animales puedan tumbarse al mismo tiempo y alcanzar fácilmente las instalaciones de toma de agua y piensos”, pudiendo incoarse el pertinente procedimiento sancionador en caso contrario.

Contrariamente a las previsiones normativas que regulan al detalle las superficies vitales mínimas para el ganado en su transporte, no contamos con paralelo desarrollo regulatorio en lo referido al transporte aéreo de pasajeros, materia que sin duda lo aconseja para evitar que, en función de criterios de rentabilidad de las propias operadoras aéreas, acabemos teniendo que volar incluso sin el exiguo espacio del que hoy disponemos, en detrimento de unas elementales condiciones de viaje. Blindemos legalmente ese espacio básico, ya que de lo contrario seguiremos viajando peor que el ganado.

13-VII-12, Javier Junceda, decano de la facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas UIC, lavanguardia