JJ.OO. "Problemas en Londres 2012", Quim Monzó

Uno de los primeros conflictos de estos Juegos Olímpicos que pronto se inaugurarán en Londres lo protagonizan un miembro del equipo australiano de tiro olímpico, Russell Mark, y su señora, Lauryn Mark, también tiradora olímpica y también miembro del equipo del país de los canguros. La pareja ha denunciado la discriminación que sufren por ser heterosexuales. Russell Mark explica que, a la hora de organizar quién duerme con quién en las habitaciones de los deportistas, las parejas homosexuales no tienen ningún problema para compartir una. En cambio, a él y a su mujer no les dejan.

Hace tiempo que Russell Mark tiene mal rollo con las autoridades deportivas de su país. El motivo es que siempre ha declarado públicamente que está a favor de tomar pastillas para dormir, una costumbre que el comité olímpico australiano no ve con buenos ojos. Pero, a pesar de ese mal rollo, el hecho es que si, en vez de ser hombre y mujer, fuesen hombre y hombre, o mujer y mujer, no tendrían problema para dormir en la misma habitación. Para conseguirlo, las parejas, casadas o no, tienen que pedir permiso al Comité Olímpico Australiano y listos. Pero a Russell Mark y Lauryn Mark el Comité les dice que ni hablar, que si quieren dormir en la misma habitación abandonen el village olímpico y se vayan a un hotel. The Daily Mail recoge las declaraciones de Russell Mark a los medios de comunicación australianos: "La parte estúpida de todo eso, y este es el argumento que he usado con ellos (el Comité), es que hay un montón de parejas gais en el equipo olímpico que duermen en la misma habitación, de forma que está claro que a nosotros se nos discrimina por ser heterosexuales".

Es evidente que se trata de la aplicación, una vez más, de aquella vieja norma de dividir a la población por sexos: los chicos con los chicos, las chicas con las chicas. Truman Capote supo pronto la bendición que a menudo eso significa para los homosexuales, y las facilidades insospechadas que a veces encuentran en las instituciones que o bien separan a la gente por sexos o bien no admiten más de uno. En uno de sus libros explica que su madre y su padrastro, un poco moscas ambos porque el chico no tenía un comportamiento tan viril como habrían querido, decidieron que la mejor forma de solucionarlo sería enviarlo a una academia militar. Y eso es lo que hicieron: lo enviaron a la academia militar Saint Joseph, con la esperanza de que allí lo convertirían en un hombre de verdad. En ese libro -cuyo nombre no consigo recordar-, Capote narra que fue, obediente, y, aún con el petate (o lo que fuese que llevase de equipaje) en la mano, abrió la puerta del dormitorio colectivo y se encontró con docenas de jóvenes atléticos y musculosos, en plena juventud y en calzoncillos. Capote levantó los ojos al cielo y dio gracias al Señor.

21-VII-12, Quim Monzó, lavanguardia