Frédéric Bastiat

 

 

Claude Frédéric Bastiat (1801–1850)

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"La Ley"
Frédéric Bastiat
Alianza; Madrid, 2005. 130 pgs, 6 euros. 

"Conservarse y desenvolverse es aspiración común a todos los hombres; de manera que, si cada uno de ellos estuviese en el libre ejercicio de todas sus facultades y dispusiese libremente de sus productos, el progreso social no experimentaría retrasos ni interrupciones: sería infalible. Pero hay también otra disposición que les es común: vivir y desenvolverse, cuando pueden, unos a expensas de otros. Esto no es una acusación aventurada, efecto de mal humor ni de pesimismo. Atestigua mi aserto la historia con guerras continuas, con emigraciones de pueblos, con opresiones sacerdotales, con la generalización de su esclavitud, fraudes industriales y monopolios, que se encuentran en abundancia en todas las épocas. Esta funesta disposición nace de la constitución misma del hombre; de ese sentimiento primitivo, universal, invencible, que lo impulsa al bienestar, y le hace huir del dolor".

El progreso y la libertad.
Bastiat defendió en ´La Ley´ un Estado mínimo que dejara lugar a la iniciativa personal

Escribía Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755), que "si bien en la democracia el alma del Estado es la igualdad, sin embargo, es tan difícil establecerla, que no siempre sería conveniente la extrema exactitud en este asunto. Basta con que se establezca un censo que reduzca o fije las diferencias hasta cierto punto. Después, el igualar las desigualdades debe ser objeto de leyes especiales que impongan cargas a los ricos y proporcionen alivios a los pobres".

Sir Isaiah Berlin diría siglos después de Montesquieu que el pensador francés "aprobaba la igualdad social, pero no hasta el punto de que amenazara la libertad individual", una libertad, eso sí, que no amenazara el gobierno ordenado. Desde luego, la cuestión no es baladí, y haciendo equilibrios andamos todavía, con respuestas diversas según la época, últimamente a lomos, más o menos, de terceras vías que promueven más la inclusión que la igualdad, esto es, "subir a todo el mundo a bordo", en palabras de Ralph Dahrendorf.

Frédéric Bastiat nació en Bayona en 1801, casi medio siglo después de la muerte de Montesquieu -cuyas ideas no le ponían de especial buen humor-, y se preocupó también de estas cuestiones, a las que dio respuestas rotundas, y aunque hoy puedan considerarse radicales, bien argumentadas. En su vida, acabada por tuberculosis a los 49 años, defendió con persuasión la libertad personal y económica, lo que suponía un gobierno limitado a la defensa de la seguridad, o, dicho con otras palabras, suyas, a la defensa de la propiedad.

Sus apasionados e irónicos escritos, entre los que destacan sus Sofismas económicos o Lo que se ve y lo que no se ve,le han valido incluso la denominación del primer libertario auténtico. Y no es difícil rastrear en sus líneas, señaladamente en La Ley,pensamientos y consideraciones que luego aparecerían en escritos ya míticos de Friedrich von Hayek como Camino de servidumbre.

Para el profesor Carlos Rodríguez Braun, que realiza el estudio introductorio de La Ley,además, Bastiat es un pensador original, con una teoría del valor basada en componentes subjetivos, en lugar de en el trabajo: a su juicio, lo que la gente intercambia son servicios y considera no el valor que se toma el que lo hace, sino el que le ahorra al que lo recibe. Una interpretación que seguirá gente como Menger o Jevons.

Pero independientemente de la originalidad de Bastiat, e incluso de que se esté mucho o nada de acuerdo con él -lo que sucederá desde cualquier sensibilidad mínimamente socialdemócrata-, resulta difícil negar que, con o sin sofismas, también los suyos, su lectura es estimulante y algunas de sus advertencias no son desconocidas, sobre todo en lo que en la habilidad humana para vivir a costa de los demás se refiere.

Para empezar, Bastiat alude a la ley natural, a cómo lo que tenemos todos inicialmente es vida, facultades, libertad y propiedad. Y cómo para defender eso, o sea, para hacer justicia -o más bien para que no haya injusticia-, nace la Ley. Los individuos no conseguirían la armonía solos: igual que hay una tendencia al trabajo, "el hombre no puede vivir y gozar sino por medio de una asimilación y una apropiación perpetua, es decir, por medio de una perpetua aplicación de sus facultades a las cosas, o sea, por medio del trabajo, y de ahí la propiedad", hay una tendencia al hedonismo, a evitarse molestias, a aprovecharse de los demás. Y de ahí nace el despojo.

La Ley debería servir para oponerse al despojo. Sin él, "cada uno de por sí comprendería bien que era suya toda la plenitud y toda la responsabilidad de su existencia". Evitado el despojo, la apropiación indebida de lo que ganan los demás, la sociedad sería armónica y avanzaría por la senda del progreso económico, puesto que su base, señala, es la propiedad. En cierto sentido, recuerda a algunas políticas que se proponen en América Latina para salir de la pobreza: ceder derechos de propiedad a gente que carece de ellos, por ejemplo, por sus favelas. Para Bastiat, la libertad -y su inseparable propiedad- es la solución al problema social. Lo contrario, ya sea en forma de impuestos que supuestamente buscan la igualdad de la gente o de aranceles que supuestamente defienden el interés nacional, son sólo estrategias de buscadores de rentas y aprovechados, o confusiones de bienintencionados que creen que saben más que el pueblo cómo debe avanzar la sociedad.

Sin embargo, la economía ha avanzado desde Bastiat. Y ha dado conceptos como las externalidades y los bienes públicos, que sugieren que la intervención estatal es necesaria porque el mercado no lo asegura todo. Y si bien la defensa del autor de la iniciativa personal como motor de progreso y también su recomendación de evitar a cazadores de rentas nos suenan muy actuales, seguimos haciendo equilibrios entre la igualdad -llamada inclusión o de otros modos- y la libertad.

Justo Barranco, La Vanguardia, 10-VII-05.