un tipo de huelga obsoleta y contraproducente
Los trabajadores del transporte público de Barcelona y Madrid hicieron ayer huelga y colapsaron ambas ciudades. Los sindicatos mayoritarios del país, además, se plantean convocar nuevamente una huelga general para paralizar el país durante 24 horas, en el marco de un otoño que se presenta sumamente conflictivo.
Hay un profundo malestar entre los trabajadores por la mala situación económica, a causa de la pérdida de poder adquisitivo, de las reformas y de los recortes de las prestaciones sociales, y es plenamente legítimo que expresen su protesta a través de la huelga, que es un derecho democrático y constitucional. El aspecto que habría que analizar es si las huelgas en tiempos de grave crisis económica como la actual -la peor desde la posguerra- son útiles y convenientes.
De entrada, las huelgas, además de distorsionar la vida cotidiana y laboral de los ciudadanos, como sucedió ayer en Barcelona y Madrid, provocan graves pérdidas económicas y agravan la crisis. También parece evidente que, en situaciones como la actual, resultan acciones bastante inútiles de cara a lograr los objetivos que persiguen. Si no hay dinero, si las empresas se encuentran en pérdidas o con beneficios decrecientes, sin perspectivas de mejora y ahogadas por la falta de financiación, atender muchas de las reclamaciones sindicales de los huelguistas sólo provoca un resultado: que las cosas vayan peor y que peligren más empleos.
Igualmente, pretender luchar contra los recortes del gasto público a base de huelgas generales sólo arruina más el país, genera mayor crispación social y no se consigue tampoco cambiar la política económica. La prueba la tenemos en Grecia y Portugal, donde los sindicatos se han cansado de convocar huelgas generales para nada. ¿Por qué? Porque la caja de los estados está vacía y porque los fondos para financiar el país no dependen de los gobiernos, al igual que tampoco de las propias empresas, sino de los mercados financieros y, en último extremo, de los países ricos de la UE.
En estos tiempos de reformas y de replanteamientos generales los sindicatos, que lideran el lógico malestar de los trabajadores y de buena parte del resto de ciudadanos, deberían encontrar alternativas a las huelgas que fueran más eficaces para canalizar las protestas, lograr sus objetivos y que dañasen menos a la economía, las empresas y la sociedad en su conjunto. Mantener esquemas del sindicalismo tradicional, en una crisis tan diferente de las anteriores, complica y dificulta más las cosas para todos. El paro del transporte públicos en Barcelona y Madrid fue ayer un claro ejemplo.
18-IX-12, lavanguardia
