la autodeterminación, indicador de la calidad de una democracia

Cuando los Estados Unidos voten mañana su nuevo presidente, los vecinos de Puerto Rico también acudirán a las urnas para opinar sobre su destino. El suyo incluso se diría que tiene más trascendencia, aunque la decisión final siga en manos del Capitolio, en Washington, lejos de San Juan.

Los residentes de Puerto Rico, que disponen de la ciudadanía de los Estados Unidos como Estado asociado pero que no pueden votar en las elecciones de los EE.UU., afrontan un referéndum no vinculante sobre su destino como país. Tienen que pronunciarse sobre si mantienen el statu quo actual –disponen de prestaciones abundantes pero su único congresista en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos no tiene voto–, si estiman mejor convertirse en el estado 51, o bien la independencia.

En las calles de San Juan se prodigan los detalles que al visitante le hacen concebir la idea que todavía se encuentra en el territorio continental del país protector. Los autobuses escolares son amarillos, igual que los que circulan por Nueva York, por mencionar un ejemplo. O también puede ir a comprar a Macy’s, que dispone de unos almacenes enormes. Las carreteras tienen un diseño idéntico, pero con una diferencia: los nombres están escritos en castellano. La herencia hispana se detecta no sólo en este detalle. La carta de los restaurantes se asemeja más a la de la República Dominicana que no a la de Kentucky.

De las encuestas se desprende la idea que hay una sensación más próxima al sur que al norte en cuanto a cultura y tradiciones. El 85% de los habitantes reconocen que hablan muy poco inglés. En algunos medios se ha destacado que se percibe “el orgullo nacional”, a pesar de que no es un estado totalmente independiente.

Aun así, los puertorriqueños ya han votado mantenerse como territorio asociado de los EE.UU. en cuatro ocasiones anteriores, desde el 1967. Pero el margen de la victoria ha ido decreciente con los años y, en esta ocasión, el apoyo a la opción de convertirse en la sido número 51 parece que crece. La crisis económica en la isla ha traído mucha gente a la convicción que la única manera de sobrevivir consiste en convertirse en una estrella más de la bandera de la locomotora de la economía mundial. Los que se oponen replican que la plena integración supondría la pérdida de su idioma, que hoy se respeta.

En esta ocasión afrontan un proceso doble. La primera pregunta planteará si quieren continuar con la relación actual. En caso de respuesta negativa, entonces tendrán que responder a un triple requerimiento sobre su futuro: incrementar la actual situación en el que se llama “soberanía libre”, ser el estado 51 o convertirse en un país independiente.

Según las últimas encuestas, el 48% se decanta por unirse a los EE.UU., mientras que el 41% opta para dejar las cosas como están, con algo más de autonomía, y sólo un 6% apoya a la independencia.

5-XI-12, F. Peirón, lavanguardia