"Omnisciencia real ", Jordi Graupera

Las últimas semanas les has dicho a tus hijos, sobrinos, nietos y menores en general que si no se portaban bien los Reyes no les traerían nada más que carbón. (Advertencia: si tienes menos de 8 años, pide a papá o mamá que lean esto antes de continuar.) El mecanismo pedagógico es discutible en muchos sentidos, pero hay uno que destaca. ¿Cómo saben los Reyes que te has portado mal? Porque lo ven todo.

La primera parte, el equilibrio entre portarse bien y tener regalos, es fácil de defender: que hacer las cosas bien tenga premio ayuda a portarse mejor, y como además es sólo una vez al año, tiene un punto de justicia cósmica que devalúa poco la obligación de portarse bien sin premio. Otra cosa es hacer un regalo cada vez que tu menor en custodia hace algo bien: así es probable que le destroces la vida. Además, el niño fragmentará sus acciones a fin de obtener un premio por cada tramo de comportamiento. Si para ir de AaB hay un regalo, el niño intentará resistir a medio camino de AyB, y cobrarse un adelanto, y así hasta el infinito. Hay variaciones más refinadas: el hijo de un prohombre de Barcelona me explicó que su padre había hecho una lista de clásicos, y pagaba quinientas pesetas por libro leído y discutido con él. Algunos moralistas famosos –como Kant– cuestionarían el mecanismo de raíz, incluso para el día de Reyes. El deber, nos dirían, tiene que obedecerse porque sí, porque sabes que es bueno. Relacionar deber y premio, lejos de reforzar el comportamiento, rebaja el sentido de hacer las cosas bien.

Pero pocos padres evalúan el comportamiento a la hora de ejecutar la carta a los Reyes. Hay excepciones: mi abuelo pidió a los Reyes que se llevaran unas muñecas la noche del 6 al 7, visto el mal comportamiento de mi madre y su hermana, premio en mano. Normalmente, sin embargo, los regalos son proporcionales a la economía familiar, corrigiendo según los valores que cada uno practique. Es aquí donde entra el problema de la omnisciencia real: si los Reyes lo ven todo, pero los regalos no dependen de lo que ven, una de dos, o bien en realidad los reyes no lo ven todo –y, especialmente, parecen no ver aquellas fechorías que se hacen a solas–, o bien el comportamiento es irrelevante para conseguir mejores regalos.

De todas las cosas que los Reyes censurarían y que se hacen en completa soledad, la más común es mentir. Con perspectiva, es comprensible que los Reyes sean misericordiosos con la mentira. El niño, en cambio, hasta los 8 o 9 años, piensa que hay quien lo vigila hasta la conciencia, pero comprueba que no se le castiga si el delito no se hace público. Después, una vez los empaquetadores de regalos se identifican, aprende que no hay castigos inmediatos para los vicios secretos. Llegados a este punto, un pesimista diría que la enseñanza fundamental de los Reyes es la libertad de mentir; y un optimista diría que aprendemos el poder de la conciencia individual. Un cínico diría que son la misma cosa.

5-I-12, Jordi Graupera, lavanguardia