la Fiscalia procura mantener la dignidad judicial española

Insólito. Lo nunca visto. El fiscal arremetió ayer contra el Tribunal Supremo (TS) con inusitada dureza por la causa abierta contra el juez Garzón a raíz de su investigación sobre la represión
del franquismo. La Fiscalía no sólo pidió el archivo de la causa. No se quedó ahí. Lo que hizo el fiscal Luis Navajas fue desarrollar todo un alegato contra el papel desempeñado por el instructor del proceso, el juez Luciano Varela, achacándole la confección de las tesis de la acusación, luego sostenidas por el sindicato ultraderechista Manos Limpias y la plataforma Libertad e Identidad, del mismo sesgo, que son las únicas que subsisten en el proceso.

Sin estos pilares, el castillo de naipes del juicio a Garzón por la represión franquista se vendría abajo. Por eso fue el eje del debate ayer, en la primera jornada de la vista, que se reanudará el próximo martes. La base de la defensa de Garzón –a cargo del letrado Gonzalo Martínez Fresneda– no es la reivindicación de la competencia del juez para levantar las alfombras sobre los crímenes de la dictadura. La clave del debate fue el papel de las dos organizaciones citadas, al ejercer la acción popular contra un juez al que la Fiscalía defiende.

La discusión se centró en quién tiene el encargo y el deber de defender la legalidad y el interés general ante los tribunales. El fiscal reivindicó que ese papel sólo corresponde a su institución, la Fiscalía. Y si la Fiscalía no acusa, apaga y vámonos, fue su conclusión. Garzón –quien, enfundado en su toga de magistrado, ya había escuchado muy concentrado a su letrado– empezó a esbozar una media sonrisa ante la contundencia de la exposición del fiscal Navajas. El momento culminante llegó cuando el fiscal empezó a acusar al instructor de haber sido utilizado por las acusaciones, que piden 20 años de inhabilitación por un supuesto delito de prevaricación. Navajas dejó en el aire quién manipuló a quién, porque el hecho es que reprochó al juez Varela que, a la vista de la torpe labor de los querellantes, no les hubiera expulsado del proceso, archivándolo, en lugar de ayudarlos con sus consejos implícitos a corregir sus errores mediante un simple “corta y pega”.

Al presidente del tribunal, Carlos Granados, se le fue poniendo un gesto cada vez más adusto. Granados fue fiscal general del Estado. Con Navajas, se conocen. Pero en el Supremo nadie se esperaba ese ataque en toda regla. Luis Navajas es un fiscal de corte clásico. Ni una mueca. Modelo apisonadora. Toma la palabra y  ay de ti si estás en su línea recta. Sólo que ayer la máquina dialéctica no arremetió contra el banquillo, sino contra la carpintería tras la que escuchaba atónito el tribunal. Y pronto empezaron a saltar astillas.

Hasta que el fiscal llevó al tribunal hasta el borde mismo del abismo. Dijo que no sólo el instructor, sino la Sala Penal entera colaboró con la acusación, al validar las tesis de Varela. Y añadió que por eso el fiscal planteó en su día la recusación de varios magistrados, solicitud que obtuvo. Con ello se evitó el “bochornoso espectáculo” de que la justicia europea hubiera podido llegar a corregir un día al Supremo de España por falta de imparcialidad.

Lo iba a dejar aquí, pero aún se permitió un adorno. Dijo que con la querella contra Garzón dos ganaderías sin tradición en la plaza pusieron en suerte un astado que hubiera tenido que ser devuelto a los corrales. Pero que el instructor, a la sazón presidente del festejo, permitió que el morlaco se adueñara indebidamente del coso. Luis Navajas no terminó el apunte taurino. Nada dijo de cornadas. Pero él ya había dejado su acero en lo más alto. A Garzón los ojos se le salían de las órbitas, protegido tras el burladero del tendido de la defensa. Si el fiscal hubiera iniciado una vuelta al perímetro de la sala, Garzón le tira la toga, con puñetas y todo.

25-I-12, J.M. Brunet, lavanguardia