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"La novena competencia", José Antonio Marina

Parece el título de una novela de misterio, pero no lo es. La Unión Europea decidió hace diez años que la educación formal tuviera como objetivo desarrollar en nuestros niños y jóvenes ocho competencias básicas, recogidas por nuestra casi difunta ley de Educación: (1) comunicación lingüística, (2) matemática, (3) conocimiento e interacción con el mundo físico, (4) digital, (5) cultural y artística, (6) social y ciudadana, (7) aprender a aprender, (8) aprender a emprender. ¿Se diferencia en algo de la antigua división en asignaturas? Competencia es un concepto más práctico y más amplio. Se define como el conjunto de conocimientos, actitudes y hábitos necesarios para responder a demandas complejas de la situación. La competencia lingüística, por ejemplo, no se reduce a la gramática, sino que debe capacitar para comunicarse eficientemente, comprender, pensar, emocionar, es decir, para utilizar brillantemente la maravillosa herramienta del lenguaje. Pues bien, creo que falta una competencia, y les pido ayuda para conseguir que la UE la acepte. Sería la novena competencia: la filosófica. La filosofía estudia la inteligencia, sus límites, sus posibilidades, sus creaciones. La ciencia, el arte, la política, la religión, la ética, la economía, el derecho son creaciones de la inteligencia y sólo conociendo cómo y por qué las ha inventado podemos comprenderlas y comprendernos.

Pero, además, la filosofía tiene como función desarrollar el “pensamiento crítico”, es decir, el que se encarga de saber si algo es verdadero o falso, racional o no, fundado o infundado. Y esta competencia es imprescindible para una sociedad libre, porque sólo el pensamiento crítico nos libera del adoctrinamiento, la propaganda o los prejuicios. Hace unos días intervine en el programa de Pepa Fernández para debatir sobre la credulidad. Crédulo es el que se deja convencer con demasiada facilidad, sin poner ningún filtro crítico. Me asombra la cantidad de cadenas de TV dedicadas a videntes, tarotistas, astrólogos, inciertos espiritualistas y otros timadores. Esta credulidad no es el único fracaso de la inteligencia. Lo son también el fanatismo, que seguirá afirmando una cosa pese a tener todas las evidencias en contra, y el escepticismo, que se instala en una pereza con aires de superioridad y afirma que nada es seguro. Estos me recuerdan la genial frase de Chumy Chúmez: “Antes no creía en nada. Ahora, ni eso”. La ley de Educación que se está cociendo desdeña también la filosofía. Lo que significa que no quiere formar la inteligencia crítica del ciudadano, su capacidad para exigir o comprender argumentos, para no dejarse convencer por eslóganes, consignas o exabruptos, para acostumbrarnos a hacer la pregunta fundamental ante cualquier opinador: “¿Y usted cómo lo sabe?”. La finalidad de la filosofía no es que el ciudadano sepa lo que pensaron Platón, Aristóteles, Hume, Kant, o Hegel, sino que aprenda a pensar por sí mismo, a distinguir lo fundado de lo infundado, a detestar ser manipulado.

Se ha puesto de moda el fact check, comprobar si son verdaderos los datos que alguien aporta en apoyo de sus tesis. Este es un método filosófico elemental: voy a comprobar si me está usted engañando. Hoy estamos inundados de información cuya veracidad desconocemos. Por ello es más urgente que nunca fortalecer el pensamiento crítico. Si quiere ayudarme a luchar por la competencia filosófica, mándeme un correo electrónico para acostumbrarnos a hacer la pregunta fundamental ante cualquier opinador: “¿Y usted cómo lo sabe?”.

29-VI-13, José Antonio Marina, es/lavanguardia