Los símbolos que emplea la política son teatrales por naturaleza. Himnos, banderas, condecoraciones o fiestas nacionales no significan, si se quiere, gran cosa en sí mismos, pero revisten importancia porque los significados que evocan son instrumentos de autocomprensión de una sociedad, instrumentos de creación de conciencia de la identidad y continuidad social. La política también está cargada de símbolos en otros aspectos, menos visibles.
Las acciones políticas con carga simbólica se asemejan al teatro. Implican, también, alusión, multiplicidad de significados e intención. Describen también una realidad en versión abreviada o reducida, estableciendo lazos fundamentales sin llegar a ser explícitas. Y poseen también un marco ritual de aceptación universal que resiste el paso del tiempo.
Incluso los escépticos no pueden negar un rasgo de teatralidad en la política: la dependencia de la política de los medios de comunicación. Numerosos políticos se hallarían indefensos sin preparadores que les enseñaran enseñarles las técnicas de actuación ante una cámara. Todos los políticos, incluidos los que desprecian el teatro como algo superfluo, como algo que no tiene cabida en la política, se transforman sin querer en actores, dramaturgos, directores o artistas.
El importante papel que desempeña una sensibilidad teatral en la política es de doble filo. Sus poseedores pueden despertar a la sociedad a la gesta de grandes empresas y al fomento de la cultura democrática, el coraje cívico yel sentido de la responsabilidad. Las mismas personas pueden también despertar los peores instintos y pasiones, fanatizar a las masas y llevar a las sociedades al infierno. Recuérdense los mastodónticos congresos nazis, las procesiones de antorchas, los discursos incendiarios de Hitler y Goebbels y el culto a la mitología alemana (...)
En consecuencia, ¿dónde está el límite entre el respeto legítimo de la identidad y los símbolos nacionales y la música diabólica de flautistas de Hamelin, magos tenebrosos e hipnotizadores de toda laya? ¿Dónde acaba los discursos apasionados y comienza la demagogia? ¿Cómo podemos distinguir el punto más allá del cual la expresión de la necesidad de una experiencia colectiva y de rituales de integración se convierte en una funesta manipulación y en un ataque a la libertad humana?
En este punto apreciamos la gran diferencia existente entre el teatro como arte y la dimensión teatral de la política. Un espectáculo teatral disparatado a cargo de un grupo de fanáticos es parte del pluralismo cultural, y, como tal, ayuda a ampliar el reinado de la libertad sin amenazar a nadie. Una actuación disparatada por parte de un político fanático puede sumir a millones de personas en un desastre sin límites.
Por tanto, el drama de la política exige no un público, sino un mundo de actores. En un teatro, nuestras conciencias se estremecen, pero la responsabilidad acaba cuando cae el telón. El teatro de la política plantea a todos exigencias permanentes -en tanto que dramaturgos, actores y público- a nuestro sentido común, moderación, responsabilidad, grado de discernimiento y conciencia.