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"La prolijidad española", Luis Racionero

Victor Sawdon Pritchett (1900-1997) fue, según el New York Times Book Review, “el supremo virtuoso contemporáneo del ensayo literario”, y Gore Vidal lo consideró “nuestro mayor crítico en lengua inglesa”. A este ilustre escritor inglés, como a tantos otros, le llamó la atención España. Recordemos que W. S. Maugham, tras acabar los estudios de Medicina, pasó los dos siguientes años de su vida en Sevilla, donde escribió Don Fernando y La tierra de María Santísima. V. S. Pritchett vino a España en 1928 como corresponsal de Christian Science Monitor.

“Mucho antes que la Europa de 1930 o la Rusia de 1919, España ha sido el mayor productor de exiliados, un país incapaz de tolerar a su propia gente”, dice para empezar, y continúa: “Moros, judíos, protestantes, reformistas, fuera con ellos, y fuera en diferentes épocas, con los liberales, los ateos, los curas, los reyes, los presidentes, los generales, los socialistas, los anarquistas, fascistas y comunistas, fuera la derecha, fuera las izquierdas, fuera cualquier gobierno. Recuerda los gritos de ¡fuera, fuera! que se oyen en las plazas de toros al menor fallo del torero e, incluso, del toro”.

Me encanta el modo en que Pritchett expone uno de nuestros defectos típicos: la prolijidad. En la estación de Bayona, un chico debe darle un recado a alguien en el tren de paso, algo así como: “Si vas a verlos el miércoles, diles que he llegado y que les veré al final de la semana”. Con un policía detrás pidiéndole que salga del andén, el chico dice: “Si los ves, diles que estoy aquí, pero si no, no; puede que no los veas, pero háblales, por teléfono quizás, o envíales un mensaje por medio de un tercero, y si no es el miércoles, el martes o lunes, si tienes coche podrías ir allí y escoger un día y decir que me viste, que me encontraste en la estación y que yo te dije: si tuvieras modo de enviarles un mensaje o los vieses, que podría ir el viernes, o el sábado al final de la semana o el domingo. O no, si voy, voy, pero si no, veremos, de modo que suponiendo que los veas…”.

Comenta Pritchett que dos españoles pueden mantener este tipo de diálogo una hora: “Uno sólo tiene que leer sus periódicos para ver que están envueltos en una telaraña de prolijidad. Perdidos en el murmullo de sus monótonos egos, el detallismo de sus diálogos es un medio de defenderse de cualquier percepción del otro. Prolijidad, la pasión por el detalle auto perpetuante… ”. Les recomiendo a Pritchett y no sólo sobre España, sino también sus cuentos, sus viajes, sus críticas literarias.

Pero hablemos de España, un país de gentes que nacen enseñadas, que si intentas explicarles algo replican rápidamente: “Ya lo sé”, sin casi saber de lo que les vas a hablar, una gente incapaz de poner claras las señales de la carretera, el recibo de la luz o la entrada del metro. Unos ignorantes con complejo de inferioridad que les impide aprender: “Ya lo sé”, “yo no soy tonto”. Y así vamos, empezando cada generación de cero.

Pritchett no utilizó la desaforada mala idea del gafe Mario Praz en su ensayo de destrucción Península Pentagonal, un libro que parece pagado por el Ente de Turismo Italiano para que los turistas no vengan a España (y se queden allí, supongo). Pritchett es más bien de los extranjeros fascinados –y algo horrorizados– por nuestras cosas, como Washington Irving o Gerald Brenan o el mismo Maugham. España no produce reacciones a medias tintas, no es Venecia ni Amsterdam, es un “desierto fortificado”. “Los exiliados se van por el puente de Hendaya o la carretera de Le Pertus a Francia, el país que tolera a todos y, desde la ventana del hotel francés, el nuevo exiliado mira por el mar a los torvos campanarios de su país nativo, oye sus estridentes campanas a través del agua y odia a la Francia que le ha dado refugio. Está orgulloso de su odio, se hunde en el fatalismo, apatía, intriga, riñas con los demás exiliados y dice con orgullo: ‘Somos una gente imposible’”.

Después de la prolijidad se encontrarán con el silencio, el desdén, la reserva española. “Se comportan con la soltura de la gente que vive según viejas costumbres, dan la impresión de un desapego aristocrático, y ello es cierto para todas las clases sociales, ricos y pobres, que tienen el mismo hablar y los mismos modales”. Aquí Pritchett se pasa varios pueblos, pero no se da cuenta de ello, como tantos extranjeros que intentan captar en horas lo que lleva años percibir. Es el gran problema de la literatura de viajes: llegar, ver y convencer al lector de que uno ha visto la realidad del lugar extranjero. Y no es así.

Para mí, que llevo siete décadas en la Piel de Toro, lo peor es la mente confusa, herencia de la mentalidad moruna, tortuosa como la kasba, en cuyo laberinto se pierden la razón lógica, la claridad y la lucidez. El siniestro Eugenio d’Ors dijo a su dactilógrafa: “¿Está claro? ¿Sí? Pues oscurézcalo un poco”. Esta mente confusa, cuyo síntoma es la prolijidad, lleva inexorablemente a la mentira, la estafa, el enredo y la corrupción. Dicen los chinos que para cambiar una tiranía primero hay que rectificar las palabras. Para evitar los Bárcenas y los filesas (o sea, Sala and Co.), hay que rehabilitar la confusa, laberíntica y moruna mentalidad ibérica. ¿Por dónde empezamos?

29-IX-13, Luis Racionero, lavanguardia