el laicismo francés y el multiculturalismo anglosajón chocan en Québec

La identidad vuelve a ocupar el centro del debate político en la provincia canadiense de Quebec. Esta vez no es el idioma francés, como ocurrió finales de los años setenta, cuando se aprobó la ley lingüística. Tampoco la posible secesión, como a medidos de los noventa, cuando se convocó el último referéndum...

El Gobierno independentista quebequés ha propuesto ahora una Carta de los Valores del territorio que pretende prohibir a los empleados públicos ostentar signos religiosos, desde pañuelos musulmanes como el hiyab hasta kipás judías o turbantes sijs.

“Ha llegado el momento de definir nuestros valores comunes. Definen lo que somos. Sintámonos orgullosos de ellos”, ha dicho Bernard Drainville, ministro quebequés de las instituciones democráticas y la participación ciudadana. La propuesta retoma el espíritu del laicismo francés, que obliga a la neutralidad absoluta del Estado ante los signos religiosos. Pero choca con el multiculturalismo de Canadá, que busca conjugar la integración de los inmigrantes con la preservación de su identidad cultural y religiosa.

Para sus detractores, la Carta envía un mensaje de exclusión a personas de otra religión y cultura que las dominantes. Algunos ven indicios de xenofobia en una iniciativa que podría dejar fuera de la guarderías, hospitales y otras instituciones públicas a una parte de la sociedad. Y recuerdan los disturbios en la banlieues de Francia para argumentar que su modelo de integración es pernicioso. Los defensores de la Carta apelan a la igualdad entre hombres y mujeres y evocan los atentados de Londres del 2005, perpetrados por británicos.

¿Por qué la Carta? “Entiendo que los motivos son políticos y lo que llamaría política identitaria”, dice desde Ottawa Andrew Griffith, ex director general del departamento de Ciudadanía y Multiculturalismo del Gobierno canadiense. Griffith ve un intento de “reafirmar la identidad de los quebequeses francófonos que se sienten amenazados por la diversidad”. “En el Canadá inglés no tenemos estas reacciones viscerales en los temas de identidad porque somos mayoría –dice–. La minoría se siente más vulnerable. Es una tendencia natural”.

Quebec-manif-drapeau-voileEl apego de un sector del nacionalismo quebequés por los valores de la laïcité se explica en parte porque estos valores reafirman una identidad, la francófona, que se siente asediada en la América del Norte anglófoba. Quebec se ha esforzado por que los inmigrantes aprendiesen francés. Existía, en algunos ámbitos, una sensación de que la inmigración podía diluir la identidad quebequesa, lo que llevó a reglamentar más que en el resto del país la vía hacia la integración.

La Carta de los Valores quebequeses va más allá de propuestas anteriores que sólo se ocupaban de los signos religiosos en los rangos más altos de la Administración. La primera ministra, Pauline Marois, del nacionalista Partido Quebequés (PQ), describe el documento como un paso lógico tras la desconfesionalización de las escuelas en la década de los noventa. “En Inglaterra –justificó al diario Le Devoir– se pelean y se lanzan bombas por el multiculturalismo y porque en aquella sociedad ya nadie se orienta”.

Para Griffith, autor de un ensayo y un blog sobre el multiculturalismo, los signos religiosos deben permitirse “mientras no interfieran en las obligaciones del servidor público. Voy a un hospital. La enfermera me saca sangre. Lleva hiyab. ¿Y qué?”, dice. Impedir a alguien trabajar para el Estado y practicar su fe “excluye y ofrece a las personas menos oportunidades”.

La Carta no sólo topa con la incomprensión de muchos en el resto de Canadá. También separa la diversa Montreal del Quebec más rural, conservador y francófono. Y ha dividido a los independentistas, que en los últimos años intentaron atraer a los inmigrantes a su causa y ahora ven peligrar estos esfuerzos. La expulsión de la diputada Maria Mourani, de origen libanés, del grupo parlamentario del Bloque Quebequés –la franquicia independentista en el ámbito federal– por sus críticas a la Carta, evidencia el desgarro soberanista.

“La Carta tal como se plantea entraría en contradicción con la Carta quebequesa de los derechos de la persona, que permite expresar la propia fe, y con la Carta canadiense de los derechos y las libertades –opina el politólogo Alain-G. Gagnon, profesor en la Universidad de Quebec en Montreal–. No veo muy bien cómo la Carta podría superar el examen de los tribunales, en Quebec y en Ottawa”. El profesor, buen conocedor de Catalunya y próximo al soberanismo, dice sentirse “muy incómodo” con la propuesta. Gagnon constata la posibilidad de que el PQ pierda el apoyo de los nuevos quebequeses –los recién llegados que se han acercado al soberanismo– a cambio de beneficios políticos a corto plazo, como sería alcanzar en unas eventuales elecciones anticipadas una mayoría parlamentaria de la que ahora el partido de gobierno no dispone. Y un gobierno de mayoría facilitaría la convocatoria de un nuevo referéndum de independencia. Los nacionalistas perdieron el último, en 1995, por menos de 60.000 votos.

29-IX-13, M. Bassets, lavanguardia

Más de un centenar de niños quebequeses se quedaron en el banquillo la temporada pasada. La Federación de Fútbol de Quebec les impedía saltar al césped. Los niños eran de religión sij y llevaban la cabeza cubierta. El turbante, según las autoridades deportivas, representaba un riesgo para la seguridad. La FIFA, añadían, tampoco los había aprobado.

La controversia sobre los futbolistas sijs en Quebec anticipó el debate sobre la Carta de los valores quebequeses y sobre el secularismo en la esfera pública y los derechos de las minorías. La prohibición de jugar en ligas oficiales con turbante expuso las diferencias entre Quebec y el resto de Canadá a la hora de abordar el multiculturalismo.

El caso enfrentó a las federación canadiense con la quebequesa, que contaba con el respaldo de la primera ministra de la provincia francófona, la nacionalista Pauline Marois. Provocó la suspensión, por unos días, de la Federación de Fútbol de Quebec. Y, al decir de la cadena CBC, colocó a Quebec a un paso de convertirse en un “paria futbolístico”.

La FIFA zanjó el caso cuando, el 14 de junio pasado, puso fin a la prohibición de los turbantes en las canchas de Quebec. El máximo organismo futbolístico mencionó algunas condiciones: el turbante debía ser del mismo color que la camiseta, tener aspecto profesional y no debe representar ningún peligro para otros jugadores.

“Ya sabíamos entonces que la Carta de los valores estaba en el horizonte”, dice por teléfono Bal-

preet Singh, consejero legal de la Organización Mundial Sij en Canadá. “La situación en el fútbol no era del todo ajena a lo que esta ocurriendo ahora”. En la tradición del laicismo francés, la Carta de valores quebequeses prohíbe a los empleados públicos exhibir signos religiosos.

Singh dice no entender por qué el Gobierno de Quebec lanza esta iniciativa cuando “no hay ningún problema que deba ser resuelto, ninguna crisis en la sociedad, ningún dato ni pruebas que revelen que existen problemas reales causados por miembros de religiones minoritarias que lleven cubierta la cabeza, o símbolos religiosos”.

El portavoz de los sijs en Canadá acusa al Partido Quebequés (PQ), en el poder en Quebec, de desatender asuntos como el paro y la corrupción para “apuntar a comunidades minoritarias”. Los sijs representan un 1,4% de la población canadiense y menos del 1% de la quebequesa. Los turbantes eran una anécdota en los campos de fútbol y lo son en la administración pública.

“Los sijs han vivido felizmente en Quebec. Hay una población significativa en Montreal. Nunca fue un problema”, dice Singh. "Lo que el Partido Quebequés ha hecho al proponer la carta ha sido crear una atmósfera de intolerancia. Y ha hecho que los sijs, que llevan decenios viviendo aquí, se sientan como extranjeros, lo que no es el caso”.

Durante la controversia, la primera ministra Marois expresó su descontento por la imagen que se ofrecía de Quebec desde algunos medios como un país cerril e intolerante.

29-IX-13, M. Bassets, lavanguardia