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Di Perez Ledesma Manuel - 1 aprile 1981

ORIGENES E HISTORIA DEL PARTIDO RADICAL (1)

Manuel Pérez Ledesma

SUMARIO: El autor ilustra a lo largo de este estudio preliminar los orígenes, el nacimiento y la historia del Partido Radical hasta comienzos de 1981 (por lo que no refleja la opción transnacional adoptada en 1988). Analiza el marco histórico italiano en el que se desarrolló el partido y su relación con el mismo y con el resto de los demás partidos.

El Partido Radical se ha caracterizado siempre por sus luchas en pro de los derechos civiles utilizando los referéndums populares como método democrático para dar voz y voto al pueblo. Los radicales han sido los promotores de las campañas sobre el divorcio, el aborto, los delitos de opinión y en pro de la libertad de expresión, la responsabilidad de los jueces, el derecho al voto a los 18 años, la objeción de conciencia, el desarme, la desmilitarización de las fuerzas de la policía, la salida de la Otan, la conversión de las estructuras militares en estructuras civiles, contra las centrales nucleares, contra la caza, en pro de la alternativa verde, la no-violencia gandhiana y el ayuno como arma no-violenta, el anticlericalismo, la confiscación de los bienes eclesiásticos y la lucha contra el Concordato, la reforma de la educación escolar, la defensa de los derechos de la mujer, de los homosexuales (afirmación de una conciencia sexual laica y libertaria), la defensa de los inválidos, y de los disminuidos ment

ales, la modificación del Código Penal italiano intacto desde la época fascista, la lucha contra el azote del hambre en el Tercer Mundo, la denuncia del monopolio de la información (en especial de la televisión estatal italiana - la RAI), y la elaboración de una nueva ley sobre la droga.

(del libro “La alternativa radical”, editorial fundamentos, Madrid 1981).

“Somos gente común que se ocupa de la política porque sabe que es la única forma de defender y afirmar sus propias esperanzas y sus propios afectos, y de ahorrar a los demás sufrimientos y fracasos sórdidos y mortificantes.

No tenemos mensaje alguno que consignar a los demás; nadie nos ha investido de la capacidad de dar un testimonio significativo de cosa alguna; no creemos que el poder sea lo principal, y por tanto ni nos importa ni nos interesa; queremos vivir más libres y más felices de lo que nos permiten la inercia y la inconsciencia; queremos ser responsables y tolerantes”.

MARCO PANNELLA

“No debéis hacer otra cosa (creo yo) que continuar siendo simplemente vosotros mismos: lo que significa ser continuamente irreconocibles. Olvidad rápidamente los grandes éxitos; y seguid impertérritos, obstinados, eternamente contrarios, pretendiendo, queriendo, identificándoos con lo diverso; escandalizando, vituperando”.

PIER PAOLO PASOLINI

Cualquier lectura del fenómeno radical, y de su éxito en Italia, está inevitablemente teñida de subjetivismo. Una corriente política que - como ha señalado en muchas ocasiones Marco Pannella, su líder más conocido - no tiene dogmas, ni ideologías, ni teorías jurídicas”, y que se refleja en un partido, el Partido Radical, en el que no existen “ni consejos de disciplina, ni posibilidades de exclusión”, representa una experiencia muy distante de la habituales en el universo político, difícil de asimilar con los conceptos válidos para el análisis de los demás partidos o grupos, y abierta a multitud de interpretaciones discordantes, según la óptica y los prejuicios de cada observador.

En esta introducción intentaremos, a través de un sucinto repaso a la historia y situación actual del Partido radical, tan poco conocidas en España, presentar una visión del fenómeno radical, mediatizada indudablemente por nuestra simpatía y solidaridad con el mismo, y en especial con algunos de sus temas; una visión inevitablemente subjetiva, aunque no hagiográfica ni exenta de consideraciones críticas; una racionalización, en suma, de nuestra afinidad con la alternativa radical.

1. La cultura radical: un intento de definición.

En un siglo caracterizado por el desarrollo de los ismos en todos los terrenos, desde el pictórico hasta el político, puede resultar llamativo que los radicales italianos se nieguen a reconocer la existencia del “radicalismo” como una doctrina o corriente ideológica: “El radicalismo - ha dicho Pannella - no sé qué es, pero desconfío de él”.

Pero la explicación de esta negativa es fácil: no hay una teoría radical, una doctrina elaborada por un ideólogo oficial, ni una línea correcta que parta de la interpretación de unos textos clásicos, claramente codificados, de los que se derivan las directrices para la acción. Los radicales no tienen un Marx, un Engels o un Lenin que les sirvan de guía para la elaboración de us programa político; su acción no responde a ninguna necesidad histórica que les convierta en portavoces de fuerzas ascendentes de cualquier tipo, en vanguardia consciente de la clase portadora del futuro. Son “gente común”, que habla un lenguaje común, que manifiesta aspiraciones prepolíticas o extrapolíticas, y no se avergüenza de utilizar términos como libertad y felicidad, esperanzas y afectos, en lugar del vocabulario habitual (estrategia y táctica, correlación de fuerzas, clases y segmentos de clase, objetivos a corto y a largo plazo, estructura y superestructura, etc.) a que nos tiene acostumbrados la izquierda clásica de matriz

marxista. Por eso, quizá, el texto más representativo de sus opiniones, el documento que más que ningún otro refleja el espíritu radical, y que Pasolini con su habitual agudeza definió como “el manifiesto político del radicalismo” (1), sea un prólogo de Pannella difícilmente comparable con los escritos políticos al eso:

“Tú eres revolucionario. En cambio yo amo a los objetores, a los fuera de la ley del matrimonio, a los melenudos subproletarios anfetaminizados, a los checoslovacos de la Primavera, a los no violentos, a los libertarios, a los verdaderos creyentes, a la gente con su inteligente qualunquismo y su triste desesperación. Amo esperanzas antiguas, como la mujer y el hombre; ideales políticos viejos como el siglo de las luces, la revolución burguesa, los cantos anarquistas y el pensamiento de la Derecha histórica. Estoy en contra de toda bomba, de todo ejército, de todo fusil, de toda razón de reforzamiento, aunque sólo sea contingente, de cualquier tipo de Estado, contra todo sacrificio, muerte o asesinato, sobre todo si es “revolucionario”. Creo en la palabra que se escucha y que se dice, en los relatos que se hacen en la cocina, en la cama, por la calle, en el trabajo, cuando uno quiere ser honesto y además quiere que le entiendan, más que en los ensayo y en las inventivas, en los textos más o menos sagrados y e

n las ideologías. Por encima de cualquier otra cosa, creo en el diálogo, y no sólo en el “espiritual”: en las caricias, en los abrazos, en el conocimiento como un hecho no necesariamente de evasión o individualista - y cuanto más privados me parecen, más intento que sean reconocidos como públicos y políticos”.

Textos como éste, con toda su carga provocadora, tanto en la forma como en el contenido, ponen inevitablemente de manifiesto que en el trasfondo de la acción política radical existe una sensibilidad, una cultura política, difícilmente encuadrable dentro de las corrientes de la izquierda establecida. Su lógica política y cultural está en las antípodas de la tradición del movimiento obrero y de sus partidos representativos. Salvatore Sechi, teórico significativo del PCI, lo ha visto perfectamente: “Vosotros (radicales) queréis hablar al corazón, a la conciencia de los ciudadanos, de los hombres. El mensaje, la guía, el testimonio ejemplar (pienso en los ayunos) son vuestra arma fundamental, aunque no sea exclusiva. En cambio, un comunista habla a los partidos, a la organización social, a las clases, estratos, sectores de clase, no al individuo aislado. Por eso son profundamente diversas las historias de los partidos”. (3).

Cómo caracterizar esa cultura política, tan abiertamente discrepante de las pautas habituales?. En Italia, a veces se ha intentado resolver el problema por la vía más simple: considerando al Partido Radical como un ente ajeno a la izquierda, heredero del qualunquismo, o como una aberración prepolítica y folklórica, fruto de un país estancado políticamente desde 1945. Pero estas caracterizaciones críticas son incapaces de explicar el arraigo de las luchas radicales entre sectores populares cada vez más amplios, y su capacidad para plantear alternativas apoyadas por amplios sectores de la izquierda y de la extrema izquierda. En otras ocasiones se ha definido a los radicales como “liberales hijos del 68”, olvidando que la acción radical viene de antes y que sus principales promotores tuvieron poco que ver con el movimiento estudiantil italiano de 1968. Tampoco se adelanta mucho incluyendo al PR en el marco general de la “nueva izquierda”, como hace el historiador y militante radical Teodori, porque todavía est

á por definir qué se entiende exactamente con estos términos, y normalmente se les utiliza como un cajón de sastre para integrar a grupos o corrientes muy diversas, cuyo único punto de unión es su reciente aparición (4). Es más, en el caso italiano, el único rasgo común a los grupos de la llamada “nueva izquierda” es su referencia constante a la clase obrera, a la que pretenden liberar de las influencias reformistas de los partidos obreros tradicionales; con ello se colocan en un espacio político y social muy distinto del ocupado por el PR.

Si ninguna de estas caracterizaciones resulta suficiente, es necesario buscar con mayor profundidad las raíces de la cultura política radical, y las causas de su éxito en la Italia actual, Aunque sólo sea como hipótesis, creo que podremos avanzar bastante si consideramos al PR como el heredero actual de diversas líneas del pensamiento político occidental que parecían liquidadas desde fines de la Primera Guerra Mundial, ante el avance del marxismo ortodoxo de la tercera Internacional, en la izquierda, y del conservadurismo puro y simple, en la derecha. En concreto, la cultura política subyacente a los planteamientos del PR puede muy bien ser una mezcla de herencias diversas: del liberalismo radical decimonónico, de las tradiciones libertarias de crítica a las formas convencionales de organización y acción políticas, y de las doctrinas de la desobediencia civil y la resistencia pasiva, aparecidas en Occidente, aunque su mayor repercusión esté ligada a la lucha de Ghandi por la independencia de la India. Corrie

ntes todas ellas que parecían destinadas al fracaso o a la extinción, ante el arrollador avance de la “interpretación científica” de la historia y la política que el marxismo decía encarnar, y que sin embargo han vuelto a la vida con fuerza redoblada en los últimos años, como respuesta a la crisis teórica y práctica de los planteamientos marxistas ortodoxos, y a la aparición de nuevas fracturas sociales y nuevas formas de conflicto político en las sociedades postindustriales o de capitalismo avanzado.

2. El primer Partido Radical

Entre estas diversas líneas de pensamiento y acción política, aquella con la que enlaza más directamente el Partido Radical es, como lo demuestra su mismo nombre, el radicalismo clásico. Aunque surgido en Inglaterra, en el grupo de Bentham y James Mill y en los proyectos de reforma electoral de la primera mitad del siglo XIX, fue en Francia donde el liberalismo radical recibió una formulación política precisa a partir del programa de Belleville, presentado por Gambetta en 1969. Sus ejes centrales eran el establecimiento de un régimen republicano basado en el sufragio universal y en la ampliación de las libertades (de prensa, de reunión, etc.), la separación entre la Iglesia y el Estado, la supresión de los ejércitos permanentes, el desarrollo de la instrucción pública y algunas reformas sociales, como la reducción de la jornada de trabajo. El mismo componente reformista se encontraba en el primer radicalismo italiano, heredero de Mazzini y Garibaldi, y cuyos planteamientos sociales fueron resumidos así a fin

es del siglo XIX por Rodolfo Calamandrei: “Aumentar la auténtica riqueza - dirigiendo el capital hacia la producción de cosas necesarias para la vida y disminuyendo los gastos improductivos -; disminuir el desequilibrio entre las clases, acercarse a una distribución igual de las riquezas, a través de una transformación pacífica del orden económico actual en otro orden, en el cual el trabajador consiga íntegro (salvo la devolución de una cuota al conjunto social, para el mantenimiento de los servicios públicos) el equivalente del propio trabajo” (5).

Tras el declive del radicalismo italiano en el período fascista, la obra de Carlo Rosselli y del Grupo Giustizia e Libertá, defensores de un “socialismo liberal” alejado de los postulados marxistas y partidario de unir un socialismo reformista al estilo del laborismo inglés con las concepciones liberales clásicas, representó el eslabón necesario para la continuidad de la tradición radical italiana. Bajo su influencia, en 1942, se fundaba el Partito d’azione, de escasa duración, ya que en 1946 sus miembros se dispersaron, para integrarse en el Partido Socialista Italiano o en el Partido Republicano. Pero los sectores intelectuales de formación democrática y laica, representados en los años siguientes por el semanario Il Mondo, dirigido por Mario D’Annunzio, y cuyo máximo exponente fue Ernesto Rossi, volverían a intentar en 1956 la construcción de un nuevo partido, esta vez bajo la denominación de Partito radicale dei liberali e de democratici italiani (PRLDI). Lo integraban las corrientes de izquierda liberal

, descontentas ante la progresiva derechización del Partido Liberal, antiguos miembros del Partito d’azione, intelectuales, escritores y periodistas laicos, y jóvenes universitarios, cuya experiencia política se había desarrollado hasta entonces en la Unione Goliardica italiana (UGI). En su primera declaración programática, aprobada en 1955, quedaban recogidos los temas centrales de preocupación de este sector, heredero de las concepciones del radicalismo decimonónico:

“La situación en que ha caído la vida política italiana, a diez años de la gran promesa de liberación, llena de descontento y de inquietud a la conciencia liberal y democrática del país.

La vida del pensamiento y del trabajo se encuentra profundamente turbada por la constatación de que la caída de la dictadura le ha sucedido una democracia tímida y cohibida por la herencia de una costumbres corrompidas, débil para defender de la penetración confesional y del ímpetu de los extremistas la autoridad del Estado, incapaz, finalmente, de expresar en sus instituciones el espíritu de la nueva Constitución republicana.

Es el momento de que surja de los espíritus una firme voluntad reparadora, y de que se recoja la fuerza moral dispersa que ha animado al país en los años de la resistencia al fascismo y de la lucha de liberación. (…) Los promotores del nuevo partido… se declaran dispuestos a combatir a favor de la actualización de la Constitución y la instauración efectiva del Estado laico y liberal, del Estado de derecho que convierte a todos los ciudadanos en iguales ante la ley, sin discriminación política o religiosa, y que garantiza su libre actividad frente a toda actitud arbitraria gubernativa o policial, y no creen decir palabras vanas si declaran su voluntad de batirse a fondo, sin cuartel, contra el privilegio, impidiendo la formación del monopolio, natural o artificial, industrial, comercial o agrícola; quebrantando la prepotencia política que de él deriva.

Los promotores del nuevo partido consideran que sólo en estas condiciones podrá desarrollarse una economía verdaderamente libre, en la cual la actividad de los individuos no se vea obstaculizada por la prepotencia de los grupos organizados, los “puntos de partida” de los ciudadanos se mantengan iguales en el mayor grado posible, y los desniveles entre las diversas capas y las diversas regiones del país se reduzcan poco a poco (…).

Estas líneas programáticas no pueden dejar de tener en cuenta la necesidad de una reforma escolar, que es también premisa necesaria de todo desarrollo de la conciencia civil. De una reforma que remueva profundamente la escuela italiana, elimine los excesos de “humanismo” mal entendido e impulse la enseñanza científica y técnica, que ponga fin a la invasión del confesionalismo y restituya la dignidad y la primacía de la escuela estatal. Un programa de acción, por tanto, y no una letra a largo plazo.Un plan de trabajo que sólo quiere considerar algunos problemas esenciales, aquellos que pueden ser enfrentados de inmediato y resueltos en el plazo razonable de cuatro o cinco años. Los promotores del Partido radical de los liberales y los demócratas italianos, convencidos de que todo el sistema político del país está en crisis, y de que nuevos sentimientos, nuevos estímulos, nuevos fermentos están actuando como levadura en el seno de nuestra sociedad, señalan estos temas como punto de encuentro y de convergencia

de todas las fuerzas políticas afines y de aquellas hasta ahora dispersas, que concuerdan en la necesidad de una iniciativa apasionada que levante finalmente a nuestro país hasta la condición de las modernas democracias occidentales”. (6).

El nuevo PR se declaraba favorable a la creación de una “tercera fuerza”, opuesta a la vez a la DC y al PCI, al “centrismo clerical” y al “totalitarismo comunista”, y defensora de una “alternativa laica” que aglutinara a todos los individuos y grupos del “área laica y socialista no totalitaria”. Concretando este planteamiento, en las elecciones de 1958 y en el Prime Congreso radical de 1959 se definían como temas centrales de acción de la nueva formación política: la separación rigurosa de la Iglesia y el Estado, el establecimiento de un Estado laico, y la desaparición de los residuos clericales en la enseñanza; la elaboración de una legislación sobre el divorcio, la defensa del ciudadano contra los abusos del poder ejecutivo, y en especial la revisión del Código Penal procedente de la época fascista, y el pleno reconocimiento de la libertad de prensa; la eliminación de la corrupción gubernativa, el fin de toda censura preventiva y la utilización democrática de la televisión. Medidas todas ellas que supondrí

an una auténtica revolución frente a la pervivencia de una mentalidad reaccionaria: “Si Italia fuese capaz de llevar a cabo esta revolución legal - afirmó Mario Boneschi en el Congreso radical de 1959 -, habría comenzado a resolver los problemas fundamentales y podría ocupar finalmente el puesto que le corresponde en la sociedad moderna”. En el terreno económico, la lucha contra los monopolios y los privilegios de casta, la defensa de la nacionalización de algunas empresas claves, y las propuestas favorables a una enérgica política de seguridad social tenían como objetivo el establecimiento de un sistema económico que combinara la libertad con la igualdad; “La propiedad debe estar lo más difundida posible, de forma que dé lugar al fenómeno de una economía de masas, del accionariado industrial de masas, de las reacciones corporativas que son típicas de la sociedad democrática”. (7).

El PR no tenía suficiente fuerza por sí solo para llevar adelante este conjunto de propuestas. De aquí la necesidad de una política de alianzas que favoreciese el desarrollo de sus iniciativas, pero que a la vez podía poner en peligro las peculiaridades ideológicas del grupo, al obligarle a supeditarse a otras fuerzas más poderosas. Frente a este problema, las opiniones se dividieron por completo, sin que apareciera una posibilidad de acuerdo. El sector más ligado a la tradición del radicalismo clásico, defensor de una alianza con los republicanos, no veía con buenos ojos el acercamiento a los socialistas y mucho menos al PCI, por considerarlos incompatibles con las concepciones democráticas: “Mientras para nosotros libertad y democracia son los valores preeminentes que representan el instrumento esencial del juicio del sistema - afirmó Leo Valiani en el Congreso del PR -, para los socialistas y los comunistas la libertad y la democracia están subordinadas a la conquista de un sistema que garantice, aunque s

ea a expensas de la libertad, la ‘liberación’ de las masas de la opresión”. En cambio, la mayoría del partido, y algunos líderes como Piccardi y Scalfari, se fueron inclinando a favor de un acercamiento a los socialistas, que en estos años empezaban la evolución que acabaría llevándoles a apoyar el centro-izquierda. Por fin, el sector pronto definió como “izquierda radical”, formado sobre todo por jóvenes procedentes de las organizaciones universitarias (UGI, UNURI), lanzó desde 1959 la propuesta de una alianza de toda la izquierda, que incluyera a radicales, socialistas y comunistas, a pesar de las marcadas diferencias ideológicas existentes entre ellos, para establecer una alternativa democrática de gobierno,

Fue Giacinto Marco Pannella, figura destacada junto a Gianfranco Spadaccia o Giuliano Rendi de esta izquierda radical, quién planteó con mayor agudeza el tema en un artículo publicado en 1959 en el diario Il Paese: “La situación en Europa plantea de forma dramática la pregunta de si es posible la alianza de la izquierda democrática y los comunistas para la defensa y el desarrollo de la democracia (…). Si para edificar en Italia un Estado democrático y moderno, por lo menos en la medida prevista en la Constitución, es necesaria una nueva mayoría en el país y en el Parlamento, por qué no verificar, entre otras, la posibilidad de una acción común de la izquierda democrática, de una parte de los católicos y de los comunistas? (…). Es urgente empezar a discutir una política común entre comunistas y demócratas. Ninguna confluencia, ninguna solución puede descartarse en la historia y en la política: la lógica de las cosas no es creadora por sí misma; la de los hombres debe animarla, secundarla, dirigirla” (8).

Esta actitud, duramente criticada por la mayoría del partido, se mantendría en el segundo congreso del PR, celebrado en 1961, en el que la izquierda radical siguió defendiendo la necesidad de un acuerdo con el PCI para la conquista de objetivos laicos y democráticos. Algunos temas clave en la acción radical posterior aparecieron ya en las mociones presentadas en 1960 por este sector: la abolición del Corncordato, el reconocimiento del divorcio y del control de nacimientos, la defensa de la paz y el antimilitarismo. Sobre este último tema, clave en la acción posterior del Pr, la moción de la Sinistra radical señalaba:

“Loas objetivos propios y los intereses de las masas populares exigen que se persiga una política que tenga por centro: la defensa intransigente y el potenciamiento progresivo de la ONU; la constitución inmediata de una federación europea por medio de elecciones directas; el desarme atómico y convencional de toda el área continental europea, con la consiguiente abolición de los ejércitos en los países de la zona; la paz separada y conjunta con las dos Alemanias; la denuncia consiguiente del pacto militar de la OTAN; la proclamación del derecho a la insubordinación y a la desobediencia civil de todos los ciudadanos que no acepten la política de rearme, de guerra, de división y de concurrencia entre los Estados nacionales que pertenecen a sus enemigos de clase y que persiguen fines necesariamente encontrados con la unidad internacional de las clases trabajadoras y democráticas; la federación o la organización común de todos los movimientos socialistas, populares y revolucionarios que combaten por la instauraci

ón de un régimen de democracia y de libertad en Europa occidental” (9).

Las divergencias, cada vez más acusadas y complicadas con cuestiones personales, acabaron provocando la crisis final del primer PR. En los meses finales de 1961 y en los iniciales de 1962, la mayoría de los líderes históricos del partido lo fueron abandonando para unirse a los republicanos o integrarse en el PSI: Sólo a la izquierda radical estuvo dispuesta a mantener las estructuras partidarias, por lo que a fines de 1962, desaparecidos ya los dirigentes clásicos, se constituía una nueva secretaría, asumida colectivamente por Luca Boneschi, Vincenzo Luppi y Marco Pannella. acababa así el viejo PR, para dar paso a una nueva organización, con características en gran medida discordantes a la anterior: una organización de jóvenes militantes, en lugar del partido de intelectuales existente hasta entonces.

3. Los nuevos radicales.

Los jóvenes que durante un año habían dado vida a la corriente de izquierda radical, a través de la publicación de un mensual de información política, Sinistra Radicale, se encontraron a fines de 1962 con la propiedad de unas siglas y un símbolo (mujer con un gorro frigio”) y con poco más de un centenar de militantes concentrados en Roma, Milán, Bolonia y pocos puntos más. El núcleo romano, que con el tiempo se convertiría en la dirección histórica del nuevo PR, aun reconociendo que “no tenemos soluciones claras para continuar”, estaba dispuesto a proseguir a toda costa:

“Frente al nuevo cierre que la situación política italiana parece presentar, y en el grave cuadro europeo que cada vez se va dibujando con más claridad - afirmaba el editorial del último número del SR -, creemos que minorías “laicas” activas y decididas, volcadas sobre grandes problemas civiles más que económicos, morales más que técnicos, ideales más que realistas, pueden jugar un gran papel revolucionario junto con las fuerzas tradicionales de la izquierda proletaria y socialista” (10).

Gracias a esta voluntad firme, aunque sus objetivos no estuvieran todavía suficientemente definidos, el pequeño grupo de jóvenes romanos (Marco Pannella, Giuliano Rendi, Gianfranco Spadaccia, Mauro Mellini, Massimo Teodori, Angiolo Bandinelli, Silvio Pergameno…) comenzaron el lento y difícil desarrollo del nuevo PR. No eran intelectuales de prestigio, ni disponían de tribunas de prensa donde expresarse, como los dirigentes en los años 1956-62; tampoco contaban con una sólida estructura material, ni con experiencia política, salvo en las organizaciones universitarias. Pese a este limitado punto de partida, a lo largo de los años sesenta conseguirían reconstruir el partido y dotar de una nueva imagen, muy alejada de la del primer PR. Como ha señalado Umberto Eco, la transformación fue sustancial:

“El Partido Radical, que representaba el alma liberal, la fuerza vecina al radicalismo al estilo francés, se desvaneció para dejar campo a fuerzas diversas, más afines a los radicales americanos, que por un lado retomaron la temática de los movimientos de izquierda y definieron un programa socialista, laico y libertario, y por otro atrajeron poco a poco, de formas y en momentos distintos, a varios sectores de la contestación, de los movimientos underground a las feministas, de los homosexuales del Fuori! a varios grupos trans-políticos …, partidarios de las campañas civiles antimilitaristas, del divorcio, de la liberalización del aborto, de una nueva ley sobre la droga, etc.” (11).

Vista más de cerca, la transformación se refería inicialmente sobre todo a los métodos y las formas de hacer política, y no a los objetivos, que seguían correspondiendo en buena medida a la tradición democrática y radical, y habían sido elaborados ya en su versión más fuerte por la corriente de Sinistra radicale en los dos años previos a la crisis del viejo PR (12). Las fuentes de esta nueva actitud fueron muy diversas. En la experiencia propia de los jóvenes radicales había jugado un papel decisivo su participación en los años 50 en organizaciones universitarias, como la Unione Goliardica Italiana (UGI) y la Unione Nazionale Universitaria Rappresentativa Italiana (UNURI). La primera, de la que Pannella llegó a ser presidente, había reunido a los estudiantes laicos en una estructura organizativa abierta y democrática, independiente de los partidos políticos y no sometida a matrices ideológicas definidas. Su método, reflejado en la fórmula “no unidad de las fuerzas laicas, sino unidad laica de las fuerzas com

o fundamento de la democracia”, tuvo un notable éxito, como lo demuestra la disolución en 1957 de la organización universitaria socialista y comunista y la entrada en la UGI de los estudiantes de estos partidos (13).

A esta concepción laica y no ideológica de la organización se le sumaría más tarde la influencia de los planteamientos antiburocráticos de las corrientes anarquistas italianas, remozadas en la década de 1960 por el impacto del neo-libertarismo europeo de la época. Aunque los jóvenes radicales rechazaban la conversión del anarquismo en una secta rígidamente dogmática, desde muy pronto se definieron como libertarios, y sus Estatutos, aprobados en 1967, respondían a la preocupación de crear “un partido abierto, federativo y libertario”, no sólo en sus objetivos sino también en sus formas organizativas, opuestas al centralismo y a la burocratización.

La herencia libertaria no se limitaba al terreno organizativo. Los nuevos radicales compartían, además, con los anarquistas clásicos la defensa de las formas de acción directa, aunque su interpretación de los contenidos y métodos de este tipo de acción fuera muy diferente de la visión anarquista tradicional. Sus diferencias eran fundamentalmente en dos aspectos básicos. Por un lado, para el nuevo PR la acción directa no significaba necesariamente apoliticismo, rechazo frontal del parlamentarismo y abstencionismo electoral; por el contrario; ya en 1963 intervinieron con su escasa fuerza en las elecciones defendiendo el voto a los partidos de izquierda, y en 1966 establecieron una alianza electoral con el Partido Socialista Italiano de Unidad Proletaria (PSIUP), creando en 1963 por los sectores de izquierda socialista que se habían negado a aceptar la coalición gubernamental del PSI con la DC. Por otro lado, los nuevos radicales no creyeron nunca que la acción directa se limitara a las luchas económico-sociale

s, y fuera el punto de partida hacia la huelga general insurreccional o revolucionaria que transformaría de abajo arriba a la sociedad existente. Su concepción se emparentaba más bien con las ideas de la nueva izquierda, aparecida en los años anteriores en otros países europeos, y representada por los movimientos pacifistas en Inglaterra (en especial, la Campaña para el Desarme Nuclear, cuyo auge se produjo desde 1958 a 1963), y por los grupos de resistencia a la guerra de Argelia que se desarrollaron en Francia en el mismo periodo (14). En ambos casos no se trataba de nuevas elaboraciones teóricas, sino de nuevas formas de acción centradas en objetivos concretos y no mediatizadas por la burocracia de las grandes organizaciones, partidos o sindicatos, tradicionales. La insistencia en el esfuerzo militante y no en la elaboración teórica, y la limitación de los objetivos representaban un rasgo destacado del radicalismo de esta nueva izquierda frente a las corrientes más ligadas a la tradición marxista. Como ha

escrito Massimo Teodori, la mayor diferencia en el plano histórico-político entre los planteamientos marxistas o socialistas de izquierda y los planteamientos radicales, sobre todo de los radicales anglosajones, se encuentra en que “con unos se persigue un análisis y por consiguiente una teoría de la sociedad y de las fuerzas del cambio que sea universalmente comprensiva y lo más simplificadora posible, y con los otros se ataca ocasionalmente un problema específico que en aquel momento se considera como el más significativo y con mayores implicaciones políticas y sociales” (15).

tanto para la nueva izquierda francesa o inglesa, como muy pronto para los jóvenes radicales italianos, esta concepción de la acción directa tomó la forma de la desobediencia civil de carácter no violento. Las raíces de este tipo de actuación se encuentran como señaló hace más de un siglo Henry David Thoreau, en la negativa moral a admitir y ser cómplices de un gobierno injusto: “El único gobierno que puedo reconocer - poco importa el número reducido de quienes lo dirijan, o la debilidad de su ejército - es el poder que establece la justicia de un país, nunca el que instaura la injusticia”, explicó Thoreau en La desobediencia civil. “Cuando un gobierno encarcela injustamente a alguien, el sitio donde debe estar un hombre justo es también la prisión” (16). Ante la injusticia, la obediencia era complicidad, y sólo la resistencia resultaba admisible: “(John Brown) no reconoció jamás las leyes inicuas, sino que ejerció la resistencia contra ellas de acuerdo con sus principios. Por una vez, nos encontramos aparta

dos de la vulgaridad polvorienta de la vida política y transportados al reino de la verdad y de la humanidad” (179. Pero lo que en Thoreau era sobre todo una actitud individual de carácter moral, gracias a Gandhi o a Marthin Luther King, entre otros se convertiría en nuestro siglo en una forma de acción política claramente definida. La satiagraha, la “heroica pasividad” para resistir al mal por fidelidad al bien, definida por el Mahatma, o la acción directa no violenta de Luther King, con su objetivo de “dramatizar un hecho que ya no puede seguir siendo ignorado” y “propiciar una crisis y una tensión creativa cuya magnitud obligue a una comunidad sistemáticamente desdeñosa de las negociaciones a enfrentarse con el problema” (18), representan la plasmación concreta de esa resistencia a la injusticia definida por Thoreau, e incluso su conversión en una auténtica filosofía de carácter semirreligioso (19). En la práctica, y no sólo en la lucha por la independencia de la India, sino también en los movimientos por

la paz y a favor de los derechos civiles en EE.UU., y en algunos casos en Europa, la acción directa no-violenta tomó dos formas diversas, aunque complementarias: la resistencia pasiva, o negativa a colaborar con un sistema injusto, y la desobediencia civil, o violación masiva de las leyes, que exigía un compromiso más intenso y una disciplina colectiva más sólida.

(cont.)