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ORIGENES E HISTORIA DEL PARTIDO RADICAL (2)

Manuel Pérez Ledesma

SUMARIO: El autor ilustra a lo largo de este estudio preliminar los orígenes, el nacimiento y la historia del Partido Radical hasta comienzos de 1981 (por lo que no refleja la opción transnacional adoptada en 1988). Analiza el marco histórico italiano en el que se desarrolló el partido y su relación con el mismo y con el resto de los demás partidos.

El Partido Radical se ha caracterizado siempre por sus luchas en pro de los derechos civiles utilizando los referéndums populares como método democrático para dar voz y voto al pueblo. Los radicales han sido los promotores de las campañas sobre el divorcio, el aborto, los delitos de opinión y en pro de la libertad de expresión, la responsabilidad de los jueces, el derecho al voto a los 18 años, la objeción de conciencia, el desarme, la desmilitarización de las fuerzas de la policía, la salida de la Otan, la conversión de las estructuras militares en estructuras civiles, contra las centrales nucleares, contra la caza, en pro de la alternativa verde, la no-violencia gandhiana y el ayuno como arma no-violenta, el anticlericalismo, la confiscación de los bienes eclesiásticos y la lucha contra el Concordato, la reforma de la educación escolar, la defensa de los derechos de la mujer, de los homosexuales (afirmación de una conciencia sexual laica y libertaria), la defensa de los inválidos, y de los disminuidos ment

ales, la modificación del Código Penal italiano intacto desde la época fascista, la lucha contra el azote del hambre en el Tercer Mundo, la denuncia del monopolio de la información (en especial de la televisión estatal italiana - la RAI), y la elaboración de una nueva ley sobre la droga.

(del libro “La alternativa radical”, editorial fundamentos, Madrid 1981).

5. El partido de los derechos civiles.

El paso de la pequeña minoría activa en diversas campañas de masas al lanzamiento de un auténtico partido, iniciado en el Congreso de Turín, todavía exigío en los dos años siguiente un importante acopio de energías y la superación de fracasos parciales y d situaciones auténticamente críticas. A finales de 1972, el PR contaba ya con 1300 afiliados y otros mil “sostenedores no inscritos”; y en 1973 había abierto 21 sedes en las principales ciudades del centro y del norte de Italia, y comenzaba la publicación de un diario, Liberazione, dirigido por Marco Pannella, que por falta de recursos tuvo que cerrar a los pocos meses. Con esta base mínima, en el Congreso extraordinario de 1973 se acordó lanzar una campaña de recogida de firmas para la celebración de ocho referéndums.

Aunque los radicales no fueron los primeros que utilizaron en Italia el arma política del preferéndum (habían sido precedidos por los grupos clericales antidivorcistas, que a partir del 1971 intentaron derogar la ley del dovorcio), y aunque el referéndum no figuraba entre sus formas iniciales de acción, sin embargo a partir de 1973 se tiende a identificar sin más acción radica y referéndum. La razón de esta identificación es muy sencilla: durante los últimos años, el PR ha sido el único grupo que ha dado al referéndum un papel central en sus luchas. Como señala Emma Bonino, son dos las causas principales de esta elección: por un lado, el referéndum permite dar “una salida institucional a las batallas” radicales, evitando que se queden en acciones puntuales sin continuidad ni repercusión política; por otro, es “un instrumento de democracia directa capaz de corregir a la democracia delegada, a la democracia parlamentaria” (36). Con la utilización del referéndum abrogativo, previsto en el artículo 75 de la Cons

titución italiana e 1947 y regulado por una ley de 1970, se podría - afirma, por su parte, Massimo Teodori - “superar el inmovilismo de los partidos (…), sacudirlos desde dentro y desde fuera”.

A partir de estas consideraciones, las primeras propuestas de referéndum elaboradas por los radicales tenían como objeto último, según las declaraciones del PR, el establecimiento de “una república auténticamente constitucional”. Los temas seleccionados en 1973 respondían a las preocupaciones clásicas del partido. Dos de ellos estaban destinados a abrogar el Concordato de 1929; otros dos tenían un contenido antimilitarista, y se dirigían contra el Código militar vigente en periodos de paz y contra el ordenamiento jurídico militar; dos más iban dirigidos a reforzar la libertad de expresión, frente a las limitaciones legales a la libertad de prensa y a la creación de un “cuerpo de periodistas”; el séptimo intentaba acabar con las disposiciones legislativas sobre el monopolio estatal de la TV, y conseguir el reconocimiento de la libertad de antena (en concreto, para la Televisión “por cable”); y el último trataba e conseguir la abrogación e los artículos del Código penal que más directamente reflejaban “la conc

epción autoritaria y fascista” inspiradora del mismo, y en concreto de los relativos a los delitos de opinión, al aborto o a los delitos sexuales. Tal conjunto de temas no sólo estaba destinado a acabar con los residuos legales del fascismo, que veinticinco años de vida democrática no habían conseguido liquidar; desde la óptica de los radicales, tenía que servir también para romper el equilibrio estático del sistema político italiano y movilizar fuerzas que pudieran constituir una mueva mayoría vencedora del inmovilismo: “una alternativa democrática de clase”.

Pero las fuerzas con que contaban los radicales, pese al proceso de relanzamiento, no eran todavía suficientes para llevar a cabo un proyecto tan ambicioso. Aunque inicialmente otros grupos de la izquierda parlamentaria y extraparlamentaria, desde la izquierda republicana a Lotta Continua, Avanguardia Operaia o Il Manifesto, se declararon a favor de las propuestas referendarias, en el primer semestre de 1974 la atención de estos grupos se dirigió fundamentalmente a la lucha a favor del divorcio; y los radicales no consiguieron por sí solos más que unas 175.000 firmas, muy por debajo del medio millón requerido para la presentación de un proyecto de referéndum. El fracaso provocaría una crisis interna, que culminó con la dimisión del primer secretario nacional, Giulio Ercolessi, y que sólo la capacidad de acción y movilización de Marco Pannella consiguió detener.

un mes antes del referéndum sobre el divorcio, celebrado el 13 de mayo del mismo año, ante la negativa de la televisión estatal a admitir intervenciones de los grupos o partidos extraparlamentarios, algunos radicales comenzaron una huelga de hambre, a la que el 3 de mayo se unió Pannella. Pasado el referéndum, permanecía este objetivo, y con él continuaba el ayuno del líder radical, que llegó a durar 90 días, apoyado por pequeños grupos afiliados al PR. Los fines de esta dramática actuación se ampliaron también: durante el “verano cálido” del 74, Pannella y los demás huelguistas, apoyados por el resto del partido, reclamaban entre otras cosas que se garantizara la información sobre las minorías laicas en televisión, se abriera de inmediato el debate sobre el aborto en el Parlamento, se reconociera el derecho de voto a los dieciocho años, y se hicieran públicas las investigaciones sobre diversos escándalos realizados por una comisión parlamentaria. Tras una dura resistencia, el 18 de julio Pannella fue recibi

do por el Presidente de la República, Leone; y el mismo día aparecía por primera vez en televisión, en una discusión sobre el derecho de familia, aprovechada por él para referirse en términos muy duros al tema del aborto.

La acción del líder radical, que no acabó su huelga de hambre hasta mediados de agosto, permitió al PR llegar a millones de personas a través de la RAI-TV, supliendo así las limitaciones organizativas del partido, y provocó un intenso debate intelectual y político. Mientras Pasolini subrayaba el valor de la no violencia y de los principios “meta-político” de los radicales, Ferrara, por el PCI, afirmaba que los derechos civiles no representaban un tema central o urgente para la vida política italiana, y que las acciones de los grupos minoritarios no debían sustituir a las masas y a los partidos que las representaban. Al margen de estas discusiones, la opinión pública se había visto afectada directamente por la capacidad de acción radical, por la utilización del ayuno y de la desobediencia civil como instrumentos de acción política al servicio de objetivos democráticos de las minorías. Un sondeo publicado pocos meses después por la revista Panorama puso de manifiesto el alcance de esta influencia: un 3,9 por c

iento de los entrevistados se declaraba dispuesto a votar por las listas de alternativa radicales.

En el seno del PR, la iniciativa de Pannella permitió superar la crisis derivada del fracaso en la primera campaña referendaria. Un año antes, el mismo Pannella había decidido retirarse del partido para dejar paso a nuevos dirigentes, y había comenzado la búsqueda de nuevas formas de actuación política, que le llevarían a la creación de la “Lega XIII Maggio-Movimento socialista per i diritti e le libertá civili”, e incluso a solicitar el ingreso en el Partido Socialista. Pese a ello, Pannella seguía siendo la figura clave del PR, el líder capaz de impulsar y canalizar las energías de los militantes del partido. Su largo y dramático ayuno reforzaría este liderazgo, dotándole de caracteres carismáticos, tanto para la base del PR como para un amplio número de ciudadanos, como las elecciones de 1976 pusieron de manifiesto,

Superada la crisis interna, con el Congreso de 1974 comenzó una fase de intenso dinamismo radical, centrado en tres objetivos fundamentales: el intento de crear una auténtica alternativa socialista y libertaria, la elaboración de una “Carta de las libertades” como base para un posible programa común de la izquierda, y la lucha a favor del aborto a través el referéndum y de las acciones de desobediencia civil. El evidente fracaso de la mayoría de las acciones de desobediencia civil. El evidente fracaso de la mayoría de las organizaciones de la nueva izquierda, cuyo desarrollo había sido muy inferior a las expectativas despertadas al final de los años sesenta, y la definición del PR como un partido socialista y libertario obligaba a los radicales a volver la vista hacia el Partido Socialista, que tras el fracaso de las experiencias del centro-izquierda estaba perdiendo progresivamente fuerza en el país, pero representaba la única posibilidad de impulsar una alternativa al régimen “parasitario, improductivo y c

lientelar” de la DC. El éxito de la renovación socialista en Francia, tras la creación del nuevo Partid Socialista Francés (PSF) en 1970 y la aprobación dos años después de un programa socialista de carácter autogestionario, permitía esperar una renovación similar en Italia, Por ello, la moción aprobada por el Congreso radical de 1974 reclamaba, como paso previo para el triunfo de una alternativa a la DC, el fortalecimiento de la “componente socialista-libertaria, única capaz de reequilibrar y reforzar a toda la izquierda italiana”. Dentro de esta gran fuerza socialista y libertaria, que debería atraer al 20 por ciento del electorado italiano, el PR estaba dispuesto a ofrecer su propia contribución autónoma, “no con una acción de agitación que sólo sirva como presión frente a los partidos parlamentarios de izquierda y a los sindicatos, sino promoviendo y desarrollando nuevas luchas de libertad y liberación, convirtiéndose en un punto de referencia y de coordinación federativa de los nuevos movimientos libert

arios, democráticos y socialistas, nacionales y locales, trabajando para crear nuevas condiciones de democracia y para darles salidas políticas e institucionales adecuadas; en otras palabras, no para erosionar sectariamente los márgenes políticos y electorales de los otros partidos, sino al contrario para ampliar la potencialidad del socialismo y de toda la izquierda” (37). n la moción del año siguiente, se proponía al PS el establecimiento de relaciones de federación y la elaboración conjunta de un programa de gobierno que sirviera de base para la discusión de un programa común de la izquierda; pero esta oferta no fue acogida por el congreso socialista, y por ello el PR decidió finalmente preparar listas electorales propias, como única forma de conseguir la presencia ante el electorado y en el Parlamento de la “posición socialista, laica y libertaria”.

Como base para el diálogo con el PSI y con las demás fuerzas de la izquierda italiana, tanto parlamentarias como extraparlamentarios, el Partido Radical había propuesto elaborar un conjunto de proyectos de ley de iniciativa popular y de referéndums abrogativos, que sirvieran par la “puesta en funcionamiento de la Constitución republicana en todos los campos de la vida política, civil y social”, y para “la formación plena e irreversible de la democracia y los derechos civiles”. Este acuerdo del Congreso de 1975 se concretó en los meses siguientes en la redacción de una Carta de la libertad, presentada por los radicales en febrero de 1976. En sus 174 artículos se recogía la más amplia formulación de los derechos de los ciudadanos como individuos y como miembros de comunidades obligatorias o voluntarias, al lado de un conjunto de “derechos de los ciudadanos que se encuentren en condiciones especiales de desigualdad o marginación” (como los menores, las mujeres, los enfermos los ancianos, las minorías sexuales y

étnicas, los gitanos, los minusválidos o los drogadictos), y del reconocimiento de los derechos de los objetores de conciencia. El texto, en apoyo del cual los radicales pretendían conseguir un millón de firmas, representaba el intento más ambicioso de dar una base institucional a las acciones realizadas durante una docena de años por el PR; pero la convocatoria de elecciones anticipadas en junio de 1976 obligó a los radicales a apoyar los acuerdos del XV Congreso y a presentar listas propias al Parlamento y al Senado en todo el territorio nacional, y por ello se detuvo la campaña de recogida de firmas.

Con todo, las actuaciones más significativas de los radicales seguían siendo las que combinaban la acción popular de masas con la acción directa en torno a problemas concretos. El Congreso de 1974 había recordado la necesidad de combatir los casos más graves de discriminación y de injusticia social mediante “formas de desobediencia civil, colectiva y organizada”; y la lucha por el aborto representó el terreno adecuado para la puesta en práctica de esta recomendación. Aunque en 1973 loris Fortuna había presentado en el Parlamento un proyecto de ley sobre el aborto, el retraso en la discusión del mismo obligaba a intensificar la presión popular; por ello, durante el “verano cálido” de 1974 una veintena de miembros del MLD ayunaron para acelerar el debate parlamentario, a la vez que continuaban las autodenuncias, y se recogían 13.000 firmas en apoyo al proyecto Fortuna (38). Pero la acción más espectacular vendría por otro camino. En 1973 se había creado el Centro Italiano Sterilizzazione e Aborto (CISA), dirig

ido por Adele Faccio, en defensa del “aborto libre, gratuito y autogestionado”, que un año más tarde se federó con el PR. A comienzos de 1975 la policía descubría, basándose en denuncias de la extrema derecha, una clínica clandestina organizada por el CISA en Florencia, y detenía al médico Giorgio Conciani. Unos días más tarde, el secretario nacional del PR, Gianfranco Spadaccia, declaraba: “Desde ahora asumimos nuestras responsabilidades políticas y militantes. Las asumimos como CISA, que está federado al Partido Radical. Las asumimos como Partido Radical, que apoya y sostiene la actividad del CISA. Como secretario nacional del partido estoy a disposición del juez de Florencia, y, si lo considera oportuno, de sus carabineros y agentes, como lo está toda la secretaría y la dirección nacional del partido”. (39). Tras su detención, se produjo la de Adele Faccio, a la salida de una conferencia nacional sobre el aborto celebrada en Roma el 25 de enero, en la que la presidente del CISA había afirmado: “Sólo la mu

jer tiene el derecho a elegir si aborta o no, porque la maternidad es cosa seria, mucho más seria de lo que la Iglesia quiere admitir. Es una cosa importante, y los hijos que nacen de mujeres libres son hombres libres”. La repercusión de estas detenciones fue inmediata: además del aumento de las autodenuncias, en la primavera de 1975 comenzaba la recogida de firmas para un referéndum abrogador de las normas del Código Penal sobre el aborto que, con el apoyo de L’Espresso de la “Lega XIII Maggio”, superó en tres meses la cantidad exigida por la ley, llegando a alcanzar los 750.000 firmantes. Para evitar su celebración, los partidos parlamentarios comenzaron en marzo de 1976 la discusión de un proyecto de ley sobre el aborto; pero las discrepancias eran tan grandes que impidieron la pervivencia del Gobierno y obligaron a convocar elecciones anticipadas para el mes de junio.

La desobediencia civil, utilizada como arma básica en la lucha por el derecho de aborto, había sido empleada también en otros campos. En defensa e un proyecto de ley sobre las drogas, que despenalizaba las drogas blandas, Pannella decidió fumar hachís en público el 1 de julio de 1975, y tres días más tarde un grupo de radicales hacía lo mismo en una manifestación celebrada en pleno centro de Roma. Gracias a esta presión, a finales de año se había aprobado en el Parlamento una ley sobre el tema, considerada insuficiente por los radicales aunque mejor que las normas vigentes hasta entonces. Con este triunfo, con la conquista de la mayoría de edad a los 18 años, y con el éxito en la recogida de firmas para el referéndum sobre el aborto, los radicales se enfrentaron por vez primera a unas elecciones legislativas, acabando con la actitud abstencionista o de apoyo a otras fuerzas mantenida hasta entonces (40).

Siguiendo los acuerdos de los últimos Congresos, antes del comienzo de la campaña electoral el PR trató de establecer una alianza con el Partido Socialista, basada en el compromiso de una acción conjunta en el Parlamento y en la promoción de los referéndums previstos. Pero el intento fracasó por la negativa el PSI; y lo mismo ocurrió con la propuesta de una acuerdo técnico con los grupos integrados en Democrazia Proletaria para conseguir el cociente electoral mínimo necesario, según la legislación italiana, para participar en el reparto de escaños. Por ello, el PR tuvo que presentarse solo, con su nuevo símbolo, “la rosa en el puño” (que sustituía al tradicional, “mujer con un gorro frigio”), en todas las circunscripciones. Sus listas electorales, en las que el 55 por ciento de los candidatos y todas las cabezas de lista eran mujeres, sólo consiguieron el apoyo del MLD, la LOC y el sector radical del FUORI, y tropezaron con las dificultades tradicionales para el acceso a la Televisión de los grupos minoritar

ios. Una ayuno parcial de Marco Pannella, que comenzó el 16 de abril y se convirtió en ayuno toral en la semana del 25 de abril al 3 de mayo, permitiría por fin superar este obstáculo. De nuevo, el objetivo de la huelga de hambre ere el reconocimiento de los derechos democráticos básicos: “No tratamos de hacer que se acepten nuestros principios - dijo Pannella -; exigimos lo mínimo …, es decir el respeto de la legalidad, la reintegración de las reglas de la democracia violada”; en concreto, “el derecho de todos los ciudadanos a conocer para poder deliberar y elegir”, que representa “el fundamento mismo del sufragio universal, del poder del pueblo, de la democracia política, del pacto social”. La aparición en televisión y la campaña realizada a través de Radio Radical de Roma sirvieron para difundir los contenidos centrales de la propaganda radical: defensa de los derechos civiles, alternativa al régimen de la DC, crítica a las capitulaciones de la izquierda clásica.

Gracias a esta campaña, al prestigio de algunas figuras del PR y al capital político acumulado en veinte años de acciones a favor de los derechos civiles, fue posible superar en la circunscripción de Roma, aunque por escaso margen, el quórum necesario para participar en el reparto de escaños. Con un 1’1 por ciento del total nacional de votos (394.439 votos), cuatro radicales conseguían un puesto en el Parlamento: Marco Pannella, el líder conocido por sus largos ayunos y por sus intervenciones en televisión, y considerado por muchos como la personificación del PR; Mauro Mellini, cuya actuación había sido decisiva en las luchas por el dovorcio; y Adele Faccio y Emma Bonino, que en 1975 habían tenido un papel central en el CISA y en la desobediencia civil a favor del derecho al aborto. Desde 1948, era la primera vez que una fuerza no parlamentaria ni surgida de una escisión de partidos parlamentarios conseguía entrar en el Parlamento italiano. Democrazia Proletaria, con el 1’5 por ciento de los votos y 6 escaño

s, representaba la otra corriente de la nueva izquierda - aunque formada en parte por sectores escindidos del PSI o del PCI - que accedía a la vida parlamentaria. En unas declaraciones a Corriere della Sera, Gianfranco Spadaccia, secretario nacional del PR, explicaba así las razones del éxito:

“En sólo tres meses hemos conquistado la confianza de un electorado que no nos conocía. Debemos estos resultados sobre todo a nuestra credibilidad. Somos la única fuerza política que ha hecho siempre lo que había prometido hacer, cosa rara en un país en el que los gobiernos no gobiernan y las oposiciones no se oponen. Y además la gente ha comprendido que lo que la Malfa (el líder republicano) llama nuestro utopismo, está ligado a exigencias profundas y sentidas de cambiar la calidad de la vida” (41).

Los resultados de un análisis del voto radical, realizado poco después de las elecciones del 20 de junio, pueden servirnos para descubrir las principales características del electorado del PR (42). La propaganda del PR había calado sobre todo en la ciudades, en especial en las grandes urbes: los municipios con más de 100.000 habitantes dieron un porcentaje del 1’5 por ciento, superior a la media nacional; u en las circunscripciones de Roma, Milán, Turín y Génova se había conseguido el 38’1 por ciento del total de los votos del PR. El voto radical era un voto “difuso”, extendido por todo el país, aunque con mejores resultados en el triángulo industrial del Norte que en el Centro o en el Sur de Italia; y esta difusión no estaba relacionada con la existencia de organizaciones del partido, lo que demuestra la importancia de las intervenciones televisivas. Era, además, un voto fuertemente personalizado: las preferencias electorales, que pueden plasmarse en el sistema electoral italiano, alterando el orden de la l

ista, se concentraban sobre Marco Pannella en todas las circunscripciones en las que aparecía su nombre, siempre en segundo lugar. El voto radical era, por tanto, más el voto a un líder carismático que a un partido en su conjunto,. Un muestreo en algunas ciudades demostró, por fin, que la mayoría de los votos radicales procedían de las zonas urbanas de clase media, y no de los barrios populares: los electores del PR eran, por lo general, miembros de la “burguesía libertaria” o de las “clases medias progresivas”, con un nivel elevado de instrucción, y que en elecciones anteriores se habían inclinado normalmente por el PSI. Pese a ello, en ciudades como Milán o Bolonia, la opción radical había atraído también a sectores marginados del desarrollo urbano (cono ancianos o miembros del subproletariado).

Estas características del voto radical se corresponden con bastante exactitud con los datos disponibles sobre la extracción social de los militantes radicales en 1976. Según Piero Ignazi, autor de una encuesta sobre los afiliados al PR asistentes al Congreso de Nápoles de 1976, la escasa presencia de trabajadores y de miembros de la pequeña burguesía, y el predominio de estudiantes, empleados del sector público y privado, profesores de Enseñanza Media y universitaria y profesionales liberales, permitía definir al PR como “un movimiento político urbano, juvenil, medio-alto burgués”, cuya principal base social se encontraba en “aquellos segmentos juveniles del tejido urbano con un alto nivel de instrucción y procedentes de la clase media-alta” (aunque en 1975-76 se había producido una ampliación de esta base social con la entrada de jóvenes de origen proletario). Los motivos principales de su militancia no respondían, en la mayoría de los entrevistados, a la adhesión pragmáticas a temas específicos (feminismo,

antimilitarismo, etc.), sino a la adhesión ideológica al proyecto político global del PR: entre los temas presentados en la encuesta sobre motivaciones, “la lucha por los derechos civiles” consiguió el 75’8 por ciento de preferencias, seguida de “la organización libertaria y antiburocrática” 856’1 por ciento”, “el método no violento” (47 por ciento) y “la estrategia de alternativa de izquierda” (42’6 por ciento) (43).

6. En el Parlamento y en el país.

La entrada de cuatro radicales en el Parlamento italiano suponía un cambio sustancial en la propia imagen del PR: su papel tradicional, como grupo animador de campañas políticas en el país y promotor desde fuera del Parlamento de procesos reformadores, dejaba paso a la nueva posición de fuerza política con capacidad para presentar directamente sus propuestas en el marco parlamentario. La readaptación de la estrategia radical a esta nueva situación planteaba una pluralidad de problemas de especial envergadura: qué relaciones se establecerían entre el grupo parlamentario y el conjunto del partido?; se convertiría a los diputados en simples “correas de trasmisión” de las propuestas del PR, o por el contrario se subordinaría la acción del partido a las iniciativas y acuerdos logrados en el Parlamento?; cuáles iban a ser las formas de acción y las alianzas de los parlamentarios radicales?; y en general, en qué medida interferiría su acción en la marcha global del PR, y en su relación con los problemas polític

os del país?.

Como es bien sabido, este tipo de problemas se han planteado siempre como consecuencia del acceso a las instituciones legislativas de representantes de partidos hasta entonces extraparlamentarios. Ante esta situación, las previsiones iniciales suelen señalar que los diputados dependen de las decisiones del partido, y no al revés, y que su función es servir de portavoces de las iniciativas del conjunto e la organización. Pero como ya demostró Michels en su estudio clásico de la socialdemocracia alemana, el resultado habitual es totalmente opuesto a estas previsiones: el grupo parlamentario suele acabar convirtiéndose en la auténtica dirección del partido, que no acepta la supervisión del ejecutivo partidario e incluso incumple sin escrúpulos los acuerdos de los Congresos del partido, llega a desautorizar las actuaciones de sectores del mismo y acaba obligando a la base partidaria a supeditarse a sus propias iniciativas y a su dinámica parlamentaria. Comentando la situación alemana de comienzos de siglo, Miche

ls afirmaba: “Hoy las masas socialistas de Alemania se han acostumbrado a la idea de que la lucha decisiva en favor de los objetivos tan caros a sus corazones tendrá lugar en el parlamento, y por esa razón evitan cuidadosamente hacer algo que pueda crear dificultades a sus representantes parlamentarios. Esta convicción determina permanentemente la conducta de las masas en relación con sus líderes. Por eso en muchas cuestiones la conducta del grupo parlamentario es en verdad decisiva: suprema lex” (44). y sus observaciones podrían extenderse a la inmensa mayoría de los partidos, y en especial a los partido obreros de la izquierda tradicional, convertidos muchas veces en puros apéndices de sus grupos parlamentarios.

Para los radicales, se trataba de un problema de vida o muerte. La reproducción de las prácticas habituales significaría perder el carácter de “partido del movimiento” mantenido durante los quince años anteriores. Y la alternativa contraria, la conversión de los parlamentarios en pura “correa de transmisión”, además de resultar irrealizable a plazo medio, iba en contra de las previsiones del Estatuto de 1967 sobre la autonomía de los cargos elegidos y de su responsabilidad exclusiva ante sus electores, y no ante el partido. La respuesta a este dilema fue doble: por un lado, los diputados radicales, manteniendo su autonomía y sin someterse a una disciplina de grupo parlamentario iniciaron una actuación que reproducía en parte en el seno del Parlamento las formas de acción tradicionales del PR; al mismo tiempo, el partido continuaba e intensificaba sus campañas anteriores, centradas de nuevo en la recogida de firmas para un conjunto de referéndums abrogativos y en la defensa de prácticas de desobediencia civil.

En la actividad parlamentaria, centrada en la presentación de numerosas propuestas de ley sobre derechos civiles, y en frecuentes mociones, preguntas e interpelaciones al Gobierno, a veces sobre cuestiones muy conflictivas, la actuación radical estuvo inspirada desde el primer momento por el deseo de transformar el Parlamento en el lugar de conflicto entre las diversas fuerzas políticas, impulsando los debates en los plenos frente a la tendencia generalizada a aumentar el trabajo de las comisiones y a dar un papel prioritario a las negociaciones extraparlamentarias entre los dirigentes de los partidos (45). Con ello, además de abrir el camino para la adopción de un papel dinámico y no puramente marginal, se trataba de fortalecer el papel central del Parlamento en la lucha política y el derecho de todo diputado a intervenir en el debate y solución de los problemas planteados. Dado el número reducido de parlamentarios radicales, y siguiendo la práctica desarrollada hasta entonces en la sociedad civil, desde el

primer momento intentaron establecer una amplia alianza con otras corrientes, en especial con los diputados socialistas, a quienes propusieron formar un grupo común, siempre que se respetara en su seno la libertad de voto, y con los representantes de Democrazia proletaria. El objetivo - señala Bettinelli, asesor de los primeros diputados radicales - era establecer en el terreno de los derechos civiles un bloque de fuerzas progresistas, opuesto frontalmente y sin posibilidades de compromiso a los sectores conservadores de la Cámara. Pero la política del PSI, subordinada a los grupos parlamentarios más numerosos (la DC y el PCI), y el acercamiento de los diputados de Il Manifesto a las posturas del PCI impidieron esta confluencia. Ante la imposibilidad de salir de su aislamiento, los diputados radicales empezaron muy pronto a buscar aquellos resquicios del reglamento parlamentario que permitieran una actuación decidida y no convencional, cuyas repercusiones en la vida política fueran superiores a las que pare

cían corresponder al escaso número de sus efectivos. El obstruccionismo parlamentario, facilitado por el derecho reglamentario de todo diputado a intervenir en cualquier discusión sin límite de tiempo, era el instrumento adecuado; pero su eficacia y espectacularidad sólo se pondrían de manifiesto tras las elecciones de 1979, en las que aumentó el número de diputados radicales, y por ello se multiplicaron sus posibilidades de acción.

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