"Sudáfrica, ¿cómo está dos décadas después del apartheid?", Eduardo Basz

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Por: ebasz el 18/11/13 11:20

Dos decenios después de la abolición del régimen racista del apartheid, Ciudad del Cabo –punto de inicio de la colonización europea– presenta una geografía urbana transicional. La ruta del aeropuerto a la ciudad es la Rodhes Avenue, mientras la autopista más importante es la Nelson Mandela Boulevard. La primera impresión no puede ser más chocante: en la fila de inmigración para ciudadanos sudafricanos sólo hay blancos, altos, rubios, con la barriga prominente característica de los grandes bebedores de cerveza.

Situada sobre una estrecha franja costera, entre dos océanos y la Table Mountain, 3 millones y medio de personas habitan un paisaje urbano exquisito (está considerada una de las cinco ciudades más hermosas del mundo). En el shopping o en negocios céntricos se puede comprar piel de cebra para usarla como alfombra en el living. Del aeropuerto puede salir cualquier cosa.

Ante todo una aclaración: los sudafricanos tienen una percepción de las cosas muy propia de ellos. Africanos son los negros. El resto son malayos, hindúes, coloured (mestizos) y, por supuesto, la poderosa tribu blanca, escindida en dos etnias enemistadas: los afrikaners (descendientes de los holandeses) y los ingleses. Hasta hace unos años, estas familias no se mezclaban. Más todavía: en las librerías, las obras más exhibidas son las que recuerdan la lucha antiapartheid y la guerra anglo-boer.

Sudáfrica aún puede estar lejos de la nación arco iris de la que habló Desmond Tutu durante la agonía del apartheid. Pero entre el Atlántico y la Table Mountain, se encuentra el punto de origen del arco iris: Long Street. Mezcla rara de Honduras y Serrano con Corrientes y Callao, los colores africanos impresos sobre la arquitectura victoriana dan cuenta de una ciudad en movimiento. Ahí, el legado de Mandela parece una utopía realista: parejas multirraciales de veinteañeros, una emergente clase media africana. En realidad siempre fue un territorio diferente. Durante los tiempos crueles, las salas de cine pasaban películas antirracistas.

Sólo en esa calle pueden existir determinados lugares. En restaurantes como Mama África, uno puede comprobar que los sudafricanos son casi tan carnívoros como los argentinos: el menú está hecho con búfalo o cocodrilo. El preferido de los burgueses bohemios es el Grand Daddy, un hotel que supo encontrar el equilibro de la elegancia con la excentricidad. Su principal atractivo está en una terraza convertida en playa de estacionamiento de casas rodantes acondicionadas como habitaciones. Mientras tanto, en la vereda un grupo toca los tambores al ritmo de mbakanga, el folklore africano.

Otra cosa son las cadenas de hoteles cinco estrellas con gerentes blancos y personal subalterno africano, malayo o coloured. El exceso de BMW y Audi coexiste con la multitud de cartoneros y mendigos. Extramuros y sobre las dunas se levantan townships, barrios precarios de chapa y cartón propios del Tercer Mundo. Son las grietas de dos decenios de democracia.

Long Street comienza, junto con la ciudad, en el puerto, donde está el centro de convenciones, domicilio del hijo predilecto de la ciudad postapartheid: el Cape Town Jazz Festival. Iniciado en el 2000, ya ocupa un lugar central en el mapamundi jazzero. Sólo suben al escenario los mejores de Sudáfrica y del continente. Pero también invitan a figuras de otras latitudes. Durante la última edición, realizada en abril, actuaron Buena Vista Social Club y Jean Luc Ponty. Los organizadores tienen la política de hacer un concierto gratuito en el Greenmarket Square, una plaza situada a la vuelta de la esquina de Long street. Generalmente, es una feria artesanal donde se pueden conseguir desde huevos de avestruz esculpidos hasta máscaras de todo el continente. Este año tocó Jimmy Dludlu, historia viviente del afrojazz. De esta manera, se cierra un círculo. En Ciudad del Cabo, el jazz fue interpretado como un acto de desobediencia civil y ahora es el sonido de una nueva potencia del Sur Global.

Con una iglesia metodista en cada esquina, fue ahí, en Ciudad del Cabo, donde por primera vez nombraron a un africano como arzobispo de la Iglesia Anglicana: Desmond Tutu. Eso le dio cobertura para sus diatribas y arengas dominicales contra la abominación del apartheid. Pero fue un paso mas allá. Trajo al tiempo presente uno de los valores mas profundos de la cultura africana: Ubuntu. Ubuntu es la concepción de que todos formamos parte de una unidad mayor y que debe prevalecer la cooperación. Hoy en día, proliferan todo tipo de ONG llamadas, con propiedad, Ubuntu: de derechos humanos, de inclusión digital, de derechos de las personas con discapacidad, etc. etc.

Único territorio del país donde los coloured son mayoría, la provincia del Cabo está gobernada por la oposición: la Alianza Democrática, una fuerza multirracial constituida en el 2000 por blancos con un pasado antiapartheid, coloured y malayos.

Los sudafricanos decidieron que la onda light no es para ellos: disfrutan de la carne de búfalo, fuman un cigarrillo tras otro y toman cerveza como si fuera agua. Así como los uruguayos son reconocibles por el mate y el termo debajo del brazo, ellos siempre tienen en la mano una lata de su amada Black Level, una sustancia amarillenta que bien puede aspirar al trono vitalicio de la peor cerveza del mundo.La clave de su popularidad está en una palabra de fuertes resonancias: black. El movimiento antiapartheid la tomó (en el sentido lato del término) como su bebida emblemática.

En la Robben Island (vieja prisión de máxima seguridad, convertida en museo de la memoria) ahora trabajan y son buenos vecinos antiguos carceleros afrikaners junto con ex prisioneros africanos. Parecen haber encontrado su lugar en el mundo, en esta isla hermosa con un pasado brutal.

La ciudad postapartheid tiene dos grandes obras que la definen y que son motivo de orgullo colectivo: el Green Point, estadio de fútbol del mundial del 2010, y el Cape Town Jazz Festival. Levantado cerca de la costa, puede verse desde el mar como un gigantismo del futuro. Diseñado por un superestudio de arquitectos alemanes, tiene una fachada de fibra de vidrio con bordes de teflón. Le dicen “la diva de Ciudad del Cabo”. Hasta el día de hoy, la televisión hace programas especiales dedicados a la concepción del Green Point.

Además de su calidad artística, el festival se ha convertido en un acontecimiento turístico y económico. Atrae viajeros no sólo de África sino también de Alemania, Suiza, Canadá, Francia y Estados Unidos. Ahora, sus organizadores están haciendo festivales de jazz en Angola y Mozambique. Los africanos reclaman su lugar en la música y la cultura del siglo XXI.