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"Arthur Koestler y su ’exit’", Luis Racionero

Estuve indagando en Londres sobre la sociedad de eutanasia Exit, por encargo de un amigo previsor que no encuentra sucursal en España de tan polémica institución. El tema de la buena muerte ha sido puesto sobre el tapete por los excesos de la tecnología médica. En Oriente muere tanta gente en lo que para nosotros es la flor de la edad, que incluso los cadáveres aparecen en espacios públicos, como un parque, un andén de estación o una simple acera. Supongo que en esos países el valor de la muerte es distinto y que no se entablarían polémicas sobre el derecho a detener la vida cuando la muerte se ha presentado ya en forma de un proceso degenerativo irreversible. Y no sólo la polémica sería distinta por la familiaridad con la muerte sino, sobre todo, por la creencia en lo que sucede después de ella y sobre la actitud de las instancias sobrenaturales que se supone confieren la vida.

En Oriente se practica la meditación o introspección psíquica en diversas formas, algunas de ellas pretenden llegar a separar la conciencia del cuerpo, de modo que la conciencia de una persona –que ellos llaman algo parecido a nuestra alma– se va del cuerpo y vaga por el espacio, e incluso el tiempo, fuera de él. Cuando vuelve a entrar, el meditador despierta de su trance; si no vuelve, eso se llama muerte: un cuerpo que se ha quedado sin conciencia, un ordenador sin programa, un televisor sin señal. De hecho, algunos sabios pretenden haber escogido ellos mismos el momento de su muerte, poniéndose en estado de meditación mahasamadhi y no volviendo al cuerpo. ¿Qué es lo que se va: la conciencia, el alma, el espíritu, el élan vital? Y si eso, sea lo que fuere, se va, ¿sigue entero fuera del cuerpo?

Esas son cuestiones que cada religión responde a su manera: el islam con el paraíso, los germanos con el Walhalla, los cristianos con el cielo, purgatorio e infierno, los hinduistas y budistas con la reencarnación, los egipcios con la momificación. Hace años en Estados Unidos, el doctor Raymond Moody condujo una serie de encuestas con personas a las puertas de la muerte, que habían estado clínicamente muertas y luego, por lo que sea, habían regresado saliendo de estados comatosos y que contaban trayectorias mentales intrigantemente parecidas: el túnel, el ángel, la luz blanca. ¿Acaso la fisiología del cerebro en estado terminal produce esas alucinaciones o es que, realmente, hay conciencia fuera del cuerpo, a pesar de su descomposición? Existe en el Tíbet un libro del canon budista Mahayana llamado Bardo Thodol que pretende explicar al fallecido el itinerario de su alma, o su conciencia, durante los cuarenta y nueve días posteriores a la muerte. ¿Es un resumen de alucinaciones tibetanas, que coinciden con las recogidas por Moody, porque los cerebros son similares aquí y en el Tíbet?

No lo podemos decir aún, no hay experimento crucial que nos permita contrastar estas hipótesis que caen fuera del paradigma científico vigente. En cualquier caso, lo que me interesa recalcar es que el juicio sobre la eutanasia dependerá en gran medida de la actitud metafísica de quien lo emita. Si cree en la reencarnación, quizás no le dará mayor importancia a la muerte, tanto le dará unos días o meses antes o después, puesto que ha de volver y lo hará bastantes veces antes de quemar todo el karma que debe purgar para acceder al nirvana.

Si no cree en la reencarnación y es cristiano, no debería importarle nada acelerar su acceso al cielo. Si es agnóstico y piensa que no hay nada después de la muerte, debería lógicamente intentar prolongar sus días en la tierra a menos que haya llegado a la postura de Albert Llanas a quien, al reprochársele que no creía en la otra vida, respondió: “En la que no creo es en esta”.

El escritor Arthur Koestler y otros intelectuales ingleses fundaron la sociedad Exit para practicar la eutanasia, lo cual hizo el propio Koestler cuando su cáncer devino virulento y con él se suicidó su secretaria y amante, lo cual dio lugar a enérgicas protestas femeninas sobre el machismo, como si la señora Koestler no le hubiera aguantado y sido su secretaria porque así lo deseó, del mismo modo que se suicidó por voluntad propia. Ya pasó la época en que las maharanís se lanzaban a la pira funeraria de su esposo, ahora ya sólo lo hacen algunas por esnobismo.

Me parece éticamente lógico que un moribundo pueda acelerar su muerte cuando se haya detectado a ciencia cierta un proceso letal irreversible. Entonces, si esa persona está lúcida y pide terminar, debería ayudársela a ello. De esta manera, además, el moribundo podría acabar sus días en casa, en su sitio, entre sus cosas, en vez de esas desagradables, desabridas y desangeladas muertes en el hospital, en una UVI, rodeado de cables, enchufes y fontanería. ¿Qué mejor muerte que la de morir en la cama en la que se nació? Hay una mejor: la de Píndaro, el poeta de los atletas olímpicos, que se quedó dormido en el hombro de su joven amigo en la gradas del teatro durante una representación y ya no despertó.

25-I-14, Luis Racionero, es/lavanguardia