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"Bloqueo", Germà Bel

...es pasmosa la naturalidad con que la sociedad catalana vive el colapso de una tradición acrisolada durante un siglo y medio (con lapsos dictatoriales) de propuestas catalanas de reforma del Estado.

Las instituciones estatales no dirigirán a Catalunya una propuesta de reforma. Primero, porque es algo en lo que no tienen experiencia; esas instituciones siempre han actuado de forma reactiva, a demandas de parte. Segundo, porque formular una propuesta a Catalunya supondría reconocer de hecho su realidad institucional, vulnerando el principio nuclear de la construcción nacional española: la identidad entre Estado y nación (nacionalismo en estado puro; inodoro, pero muy abrasivo). Por eso, todo cambio debe sujetarse al requisito de generalización, consustancial al principio de uniformidad. Por último, incluso en este terreno, y en sentido práctico, no se ofrecerán cambios -ni menores- sin la certeza de que estos vayan a ser aceptados en Catalunya. Y un dato crucial del contexto es que las élites políticas y económicas locales convencionales han perdido la capacidad de garantizar una aceptación mayoritaria de los catalanes. Falta de jerarquía y verticalidad; algo que las élites centrales no pueden ni entender, pues no está en su mapa mental.

Las instituciones centrales desearían que "los catalanes digan ya qué quieren". Gráficamente: presentación en ventanilla de la lista de peticiones, y pertinente registro de entrada. Tras el oportuno periodo de análisis, la espera culminaría con una lista aceptable -lo que se pueda generalizar-, y otra lista desechable -lo que nadie más quiere pero todos pedirían si se "concede" a Catalunya-. El cierre del proceso acaecería al cabo de un tiempo, cuando algunas materias "aceptables" decaerían por "el gran lío" que supondría ponerlas en práctica. Otro malentendido más. Un déjà vu.

Pero la única demanda expresada por el Parlamento catalán es la única que ni quiere ni pedirá nadie -nadie- más: la autorización de una consulta para que los catalanes digan si quieren o no crear un nuevo Estado. El problema, visto desde fuera, lo ha expresado de forma gráfica Felipe González: si esa voluntad "se pronuncia, entonces es cuando hay un callejón sin salida". Ahí reside el bloqueo: los ciudadanos no deben pronunciarse; como si fuesen súbditos. Y de este bloqueo no hay salida si no cambian los parámetros de la situación.

25-II-14, Germà Bel, lavanguardia