nuestra profunda hipocresía en el secuestro de niñas por Boko Haram

   El secuestro de doscientas jóvenes por Boko Haram plantea una cuestión añadida: ¿por qué nos indigna tanto? En efecto, no es la primera vez, ni el primer grupo armado, que recurre a esta práctica execrable. Incluso me atrevería a decir que comparado con sus precedentes Boko Haram es una secta casi insignificante. En el Mozambique de los años noventa, por ejemplo, existió la Renamo (Resistencia Nacional de Mozambique). La Renamo se hizo famosa por unas pautas de actuación increíblemente detestables: cuando ocupaban una localidad pegaban fuego a la escuela infantil y al dispensario médico. Acto seguido fusilaban al médico y al maestro, y después secuestraban a los chicos y chicas. Como señala un informe de las Naciones Unidas de la época, y lo anoto textualmente, los niños secuestrados servían para: 1) producir comida para la Renamo; 2) transportar material y municiones, y 3) servir como esclavas sexuales.

La Renamo no era una excepción, ni mucho menos. Durante la misma época, en Angola, la Unita de Jonas Savimbi seguía una estrategia idéntica en cuanto al secuestro de jovencitas. Hacia el final de la guerra la Unita tenía cerca de 4.000 civiles cautivos, la mitad de los cuales eran esclavas sexuales. Había más grupos secuestradores, muchos más. En Sierra Leona, por ejemplo, proliferó el RUF (Revolutionary United Front), que secuestraba a niños y niñas a partir de los cinco años de edad. Pero si el RUF era atroz, el LRA de Uganda ya era demencial.

   El LRA (Lord Resistence Army) fue fundado el 1986 por Alice Lakwena, una mujer con poderes. Según su testimonio, cójanse fuerte, estaba poseída... ¡por el espíritu de un oficial italiano de la Segunda Guerra Mundial! La guerrilla del LRA se inició cuando Lakwena recibió órdenes del oficial de declarar la guerra al Gobierno de Uganda. (Y uno se pregunta: ¿los espíritus de oficiales italianos muertos no tienen nada mejor que hacer que iniciar guerras africanas?). La ideología del LRA siempre fue de lo más difusa y peculiar: eran devotos ultracristianos, que creían firmemente en Cristo y la Virgen María. Unas creencias que no les impedían arrasar cualquier localidad que ocupaban. Eso sí: siempre en nombre del Altísimo. Hoy en día es un grupo residual, pero en el apogeo de la guerra se calcula que el LRA tenía entre 20.000 y 30.000 niños y niñas esclavas en su poder.

Vuelvo a la pregunta del principio: ¿por qué Boko Haram genera una repulsión universal y en cambio hace unos años nadie abría la boca contra infanticidios en masa? Uno de los momentos más desagradables de mi vida lo viví en un campamento de la Renamo. La guerra se había acabado, yo lo visitaba por motivos profesionales, pero cuando empecé a hacer preguntas a unas chicas retenidas la situación se hizo más y más tensa. Suerte tuve de que, al ser el único blanco del campamento, me confundieran con un oficial sudafricano (!). Unos días después, por cierto, vi una foto del líder de la Renamo, Afonso Dhlakama, posando amigablemente con el por entonces primer secretario del PP, José María Aznar.

Las salvajadas del RUF y LRA fueron ignoradas por su lejanía exótica, y las de la Renamo y la Unita por su anticomunismo. (Y lo más absurdo de todo era que tanto la Renamo como la Unita, guerrillas de la África negra, negrísima, estaban financiadas por el régimen racista de Sudáfrica). De Jonas Savimbi, líder de la Unita y que habría podido obtener el premio Nobel de los criminales de guerra, alguien dijo que gracias a su talento estratégico estaba a punto de conseguir "una victoria electrizante" y que era un "luchador de la libertad". Este alguien fue nada más y nada menos que un presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan.

Y esto no es todo. Lo peor quizá sea que los ejércitos regulares africanos, muy a menudo, siguen los mismos patrones que las guerrillas contra las que luchan. El 2008 un estudio militar firmado por el experto Robert L. Feldman se preguntaba por qué era tan difícil derrotar al LRA. Y concluía que el ejército ugandés sufría de graves deficiencias, como por ejemplo que "muchos de sus soldados tienen quince años, y muchos posiblemente todavía son más jóvenes". En la Segunda Guerra del Congo (1998-2003), en fin, participaron más de 30.000 niños soldados, distribuidos en los ejércitos de los ocho países involucrados en la lucha. Y quien haya leído Yo fui un niño soldado, de Lucien Badjoko, sabrá que muchos ejércitos africanos incluyen en su "logística" esclavas sexuales que "reclutan" sobre el terreno. A la fuerza, naturalmente.

1-VI-14, Albert Sánchez Piñol, lavanguardia