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"Asco y pelotas en Brasil", Albert Sánchez Piñol

Yo soy de los que perdieron la fe en el fútbol por culpa del partido que inauguró el Mundial de Brasil. Como ustedes saben los brasileños jugaban con Croacia, un equipo comparsa que plantó cara hasta que el árbitro silbó un penalti inexistente. Más: una pena máxima descaradamente falsa, radicalmente injusta. Al día siguiente una mayoría agobiante de tertulianos certificaba el error arbitral. ¿Pero fue un error? Esa no es la cuestión. Por favor, háganse una pregunta: ¿de verdad creen que la pifia del árbitro sólo fue causada por la presión ambiental? Y si todavía dudan pueden hacerse esta otra pregunta: ¿ustedes creen que en el partido que abre un Mundial, y en Brasil, el árbitro habría pitado un penalti idéntico, pero en el área contraria?

Para entender los orígenes de esta enfermedad social llamada fútbol tendríamos que consultar al doctor Marx. (Karl Marx es un médico que casi siempre acierta el diagnóstico a pesar de que casi siempre se equivoca en el pronóstico.) A principios del siglo XX la sociedad industrial necesitaba crear nuevas maneras de ocio para apaciguar la clase obrera. El deporte de masas, además, permitía que la población se identificara simbólicamente con el Estado nación mediante los himnos, las banderas y toda la habitual parafernalia de cohesión de grupo. Poca gente sabe que el barón Pierre de Coubertin, fundador de las Olimpiadas modernas, no quería incluir deportes de equipo por el temor a que concitaran rivalidades nacionales. Les recomiendo que lean a un marxista de los más lúcidos, Hobsbawm. Pero en realidad basta con el resumen que hizo el ínclito don Santiago Bernabeu: "Con el fútbol los españoles hacen más llevaderos sus problemas cotidianos. Nosotros lo que queremos es tener contenta a la gente". Y concluía: "Estamos prestando un servicio a la nación". El fútbol como servicio público. O como opio del pueblo.

Sí, ya lo sé, es muy difícil decir nada nuevo sobre el tema. Yo no insistiré en el hecho de que la política haya parasitado el fútbol. No. El fútbol no tiene la culpa de que dictaduras y democracias usen la pelotita, malévolamente, para aplacar y distraer el furor social. No, eso sería como acusar al ebanista que hizo la cama del adulterio que se comete.

Tampoco acusaremos al fútbol de los desmadres económicos que sobrevuelan su entorno. Ahora bien, me permitirán una observación: yo nunca entendí a qué se refería el franquismo con la expresión "confabulación judeo-masónica-internacional" y ahora por fin lo entiendo: debía de ser algo muy parecido a la cúpula de la FIFA. Aunque cueste de creer, la FIFA, que tiene una reserva de mil millones de dólares, continúa manteniendo un estatus legal de... ¡oenegé! Sí, como lo leen. Estamos hablando de un puñado de individuos que, a cambio de dinero, pueden decidir que un Mundial se celebre en Qatar. En Qatar, en efecto; un desierto donde se tendrá que practicar el fútbol a 50 grados a la sombra.

Les recomiendo un vídeo del humorista John Oliver (basta con que vayan a YouTube y pongan "John Oliver + FIFA", hay versión subtitulada). Oliver explica cómo los brasileños no verán ni un céntimo de su fastuoso Mundial. Según Oliver, "el dinero es el vello púbico, y la FIFA la depiladora: cuando pase se llevará dinero incluso de lugares donde no sabías que había".

Y puesto que exoneramos el fútbol de todo, incluso podemos perdonarle que se haya convertido en una auténtica escuela de antivalores sociales: la primera lección que los clubs inculcan a los recogepelotas es a tardar una infinidad en devolver la pelota al equipo visitante cuando los de casa van ganando. Bravo.

29-VI-14, Albert Sánchez Piñol, lavanguardia