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"Damnatio memoriae", Josep Maria Ruiz Simon

El Senado solía otorgar el título honorífico de padre de la patria a los emperadores. También tenía la costumbre de decretar, tras su muerte, su deificación o apoteosis. Pero había excepciones. A veces, en lugar de reconocer por decreto que el "pater patriae" había subido a los cielos a vivir como un dios entre los dioses, condenaba oficialmente de su memoria.

A pesar de que la expresión no era usada en la antigüedad, los historiadores denominan "damnatio memoriae" esta decisión senatorial que ordenaba la eliminación sistemática de todo vestigio que evocara la existencia pasada del difunto. Una vez condenada la memoria se procedía a borrar el recuerdo. Se retiraban las monedas acuñadas con el nombre y la efigie del césar maldito, se arrancaban las inscripciones que hablaban de sus éxitos, se mutilaba la cabeza de sus estatuas y, en ocasiones, se llegaba a borrar su nombre de los registros imperiales. Hay enciclopedias que afirman que se obraba así para preservar la virtud y el honor que permitían la grandeza de la ciudad. Pero, aunque este pudiera ser el motivo declarado, lo que se buscaba era legitimar y consolidar a las nuevas autoridades, que como en el caso del senado en parte coincidían con las viejas, por medio de un tipo de cordón sanitario que mantuviera el poder del nuevo césar alejado de la fuente de contaminación que suponía la mala reputación de un predecesor que, a ojos de los ciudadanos, había ofrecido una imagen indigna del régimen imperial. El muerto cargaba con los pecados que a menudo había hecho con la colaboración o a la sombra del silencio cómplice de algunos que aún vivían y ahora se mostraban hipócritamente escandalizados. Hacer leña del árbol caído era, para decirlo con dos expresiones que estos días han hecho fortuna, una manera de intentar dejar lastre y pasar página. Pero evidentemente la "damnatio memoriae" no hacía al nuevo emperador mejor que el anterior. El año 69, también conocido como el de los cuatro emperadores, se condenó la memoria no sólo del emperador Otón, sino también la de Vitelio, que lo había sucedido. También se había condenado la de Galba, que había sucedido Otón. Pero Vespasiano, el sucesor de Vitelio, hizo anular esta condena. El mismo lastre de que había habido que desprenderse podía servir luego para estabilizar a la nave.

El sector más ilustrado de la clase dirigente romana se burlaba en privado de la comedia de las apoteosis y las condenas póstumas que representaban en público. El senador, banquero y filósofo Séneca escribió una invectiva en forma de sátira, la Apolocentosis, en que parodiaba la idea de apoteosis y hablaba de la transformación del difunto emperador Claudio en calabaza. También escribió para Nerón, de quien había sido preceptor y cuya memoria también acabó siendo condenada, Sobre la clemencia, un espejo de príncipes parecido al código deontológico para políticos que redactó no hace mucho un grupo de expertos en ética por encargo del Centre d'Estudis Jordi Pujol.

29-VIII-14, Josep Maria Ruiz Simon, lavanguardia