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"El paisaje" (y el paisanaje), Ignacio Orovio

Hacia las 7.40 h de la mañana, dos turistas japonesas descienden de un taxi en cuanto la carretera D-2 alcanza la cima de la cresta desde la que tienen enfrente el pueblo medieval de Gordes; en occitano, Gòrda. Estamos a unos cuarenta kilómetros de Aviñón, en la Provenza francesa, y probablemente a esas horas las dos mujeres habrán espetado al conductor un "¡pare, pare!" al descubrir por sí solas la postal, todavía tamizada por el fresco de la mañana.

A esas horas, aquel tramo de carretera está todavía vacío, y las viajeras han carecido de la señal del turismo gregario: desde algo más tarde, y hasta que se ponga el sol, los márgenes estrechísimos de la D-2 estarán repletos de gente que se retratará la postal a la espalda. Un castillo en lo alto y una falda de casas de piedra ocre.

En aquel tramo frente a Gordes no hay ángulo para la selfie si se pretende que el pueblo quede como marco incomparable, de modo que los turistas se fotografiarán mayormente entre ellos.

No hace falta ser japonesa para comprender que Gordes hechizara a artistas como Chagall o Vasarely o a políticos como François Mitterrand. Después de la sesión, la marabunta proseguirá por la carretera, que traza una C y a medio kilómetro cruza el pueblo.

Pero nosotros nos quedamos en este lado de la C, donde ningún turista relámpago descubre cómo no es incompatible combinar el encanto medieval con un cierto desarrollo urbanístico. Porque a este lado, la ladera está repleta de casas de piedra o complejos de bungalows (de piedra), perfectamente camuflados entre las encinas, imperceptibles, respetuosos. No hay, por supuesto, techumbres de uralita ni aquellas ánforas gigantes, metálicas, para el pienso del ganado.

En Gordes estamos, desde luego, en un veraneo de alto standing, pero basta recorrer unos kilómetros a la redonda (Pertuis, Roussillon, Cucuron, Lourmarin, Ménerbes, Lacoste, Bonnieux, muchos de ellos sin castillo ni vips ni mansiones de 900.000 euros) para percatarse de que no se trata del nivel adquisitivo de los veraneantes sino de décadas o siglos de respeto por ese bien inmaterial que constituye el paisaje. O en realidad no tan inmaterial, pero desde luego a largo plazo e intangible.

No hace falta que exista una abadía, unos viñedos o un château, ni siquiera hace falta una norma que prohíba el espantoso rótulo del Supermarché U o que oculte la oficina amarilla de la Poste o que obligue a una coherencia estalinista en el affiche de los restaurantes; cada uno el suyo, con su tipografía, su tamaño, sin fosforescencias.

Y ahora, miren por la ventana.

28-VIII-14, Ignacio Orovio, lavanguardia