el independentismo catalán, ¿de la calle al Parlament?

El éxito nunca es definitivo, pero los fracasos tampoco. Y lo mismo cabe decir de las victorias y de las derrotas. Trescientos años después de la debacle de 1714, Catalunya vive hoy una encrucijada crítica, con niveles inéditos de apoyo al soberanismo y una intensa movilización popular. El calendario, sin embargo, parece muy cerca de agotarse sin que, por ahora, se hayan producido avances en la reforma territorial que puedan mitigar la desafección catalana. Por eso, ante la emblemática Diada del 2014 -la tercera, desde el 2012, de una movilización popular sin precedentes- es inevitable preguntarse si el movimiento soberanista ha tocado techo y si, ante la falta de logros concretos, iniciará un reflujo.

Sin embargo, la expectativa de que el proceso pueda extinguirse por su propia falta de resultados -y que, por ende, la fiebre soberanista vaya a remitir por sí sola- ignora algunos datos elocuentes. Por ejemplo, ese hipotético estancamiento en la movilización callejera coincidiría con un impacto creciente de la reivindicación independentista sobre el mapa electoral catalán. Las encuestas venían anunciándolo a través del avance gradual de ERC a expensas de CiU, y las elecciones europeas del pasado 25 de mayo lo sancionaron con un apretado sorpasso que podría acrecentarse en las siguientes citas electorales.

Dicho en otras palabras: la movilización callejera podría empezar a tocar techo pero, al mismo tiempo, se vería sustituida por un mapa electoral marcado por la visible hegemonía de un soberanismo cuyo único horizonte posible es la independencia. Hasta ahora, lo más cerca que Catalunya había estado de ese escenario desde 1977, fue al término de la segunda legislatura de Aznar. Entonces, Esquerra se puso a menos de cinco puntos de CiU en las traumáticas elecciones generales del 2004. Pero los casi 15 puntos de ventaja del nacionalismo moderado en las autonómicas del 2003 parecían un cortafuegos insalvable para el independentismo de ERC. Y pese al terremoto de marzo del 2004, en las posteriores elecciones europeas de junio de ese mismo año CiU mantuvo una distancia de casi seis puntos sobre Esquerra. Luego, la experiencia del tripartito disolvió rápidamente la potencia electoral de ERC, que dejó de ser percibida por el electorado nacionalista como el recambio natural de CiU en un contexto de mayores exigencias de autogobierno.

Ahora, sin embargo, las cosas han cambiado. Sin olvidar que ya las últimas elecciones autonómicas del 2012 registraron una mutación inesperada que dejó a CiU con 12 escaños menos de los que tenía (y con entre 18 y 22 menos de los previstos cuando Mas anticipó los comicios). Aquella mutación respondió a un voto táctico que, ante la actitud cerrada del Gobierno central, había empezado a percibir a la nueva ERC de Junqueras como una opción teóricamente más efectiva para modificar el statu quo y quebrar el inmovilismo de Madrid. Se abría así el tiempo de los radicales.

Ese tiempo pudo agotarse muy pronto de no haber sido porque la ausencia de cualquier tipo de negociación alimentó la percepción de que la moderación no brindaba resultados y de que lo único eficaz sería elevar el tono de la reivindicación. Y de ahí la victoria de ERC en las europeas; una victoria corta (menos de dos puntos sobre CiU) y diluida en un mapa catalán muy fragmentado (pues el partido ganador sumó menos del 24% de los votos).

Pero ese resultado inédito podría ser sólo la tímida apertura inicial a una corriente más poderosa que llevara a converger en torno a Esquerra dos nutrientes electoralmente decisivos en Catalunya: el voto útil catalanista y el sufragio útil de centroizquierda. Las elecciones municipales del 2015 podrían cristalizar esa tendencia, con las principales ciudades en manos del partido de Oriol Junqueras.

Sin duda, la eventual ineficacia de la movilización callejera puede acabar consumiendo a sus promotores. Pero el voto es un recurso que la sociedad catalana aún no ha explorado en todas sus dimensiones. Y el resultado de un corrimiento cada vez mayor desde el centro a los extremos puede tener un impacto político e institucional más perturbador que sacar a un millón de personas a la calle durante un par de horas.

8-IX-14, C. Castro, lavanguardia