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"Garantía democrática", Sergi Pàmies

La teórica mayoría independentista no puede hacer un recuento riguroso de adhesiones aunque lo haya intentado de muchas (pacíficas) maneras. El gran obstáculo radica en una verdad jurídica, igualmente democrática, que convierte todos los intentos en anatemas que, en vez de favorecer la convivencia, alimentan la tensión. Mirado con perspectiva, uno de los motores más activos del fenómeno ha sido la negación a tratar la discrepancia con respeto democrático, la nula predisposición plurinacional (compartida por los nacionalismos) y la manía de aplicar prerrogativas democráticas maquilladas con coartadas jurisprudentes. El conflicto aún se expresa pacíficamente pero debilita la eficacia de un constitucionalismo que se niega a atender el anhelo refrendario de una de las naciones que dice representar. Que el conflicto sea entre demócratas sitúa la discusión en el ámbito de los problemas aparentemente irresolubles, que suelen desembocar en la aplicación de la ley del más fuerte o en declaraciones unilaterales excluyentes. Conocemos la voluntad independentista de expresarse a través de la consulta. Una consulta ilegal desde la óptica gubernamental, que tampoco propone alternativas ni tolera el procés participatiu, que no sería vinculante pero que tendría la utilidad, nada desdeñable, de actuar como analgésico social y argumento testimonial de calidad.

Los que discrepamos de la consulta y de la sibilina arbitrariedad que la ha potenciado, y que no nos sentimos representados por la cerrazón chusquera del gobierno del PP, tenemos la tentación de subrayar, con cierto esnobismo, nuestra doble indefensión. Pero esta posición no puede compararse con la evidencia afirmativa que vive el país. En mi condición de español disciplinadamente contribuyente y sin antecedentes penales, a quién le da pánico vivir los estragos de discordia que sufrieron mis antepasados o sumarme a fratricidios, boicots y dogmatismos inducidos, pregunto a la autoridad española que tanto alardea de velar por mis garantías democráticas: si sólo se ofrece negación jurídica y no se explotan otras alternativas consultivas, ¿podemos considerarnos demócratas? ¿De verdad creen que esta garantía tendrá valor si en la práctica la mayoría desea separarse de España cuanto antes y como más lejos mejor? Son preguntas retóricas, por supuesto. A lo largo de los años he constatado que el españolismo ha vivido de alimentar monstruosamente el soberanismo y que el soberanismo se ha aprovechado de ello al grito de A bodes em convides! Ahora que llegamos a la fase de desenlace, yo, que siempre he convivido con mi condición de español con una mezcla de buen humor y estupefacción sentimental, vuelvo a constatar que a la hora de decepcionar a sus súbditos, España nunca decepciona. Que el gobierno del PP presuma de defender nuestras garantías democráticas confirma la vigencia de este axioma.

7-XI-14, Sergi Pàmies, lavanguardia