saqueo masivo estúpido de especies animales y vegetales

El acebo se propaga por semillas en otoño y por esqueje en primavera. El método de propagación es muy común; responde en esencia al hecho de que la respuesta del tejido de los tallos a las heridas consiste en producir raíces en determinados puntos. En otoño se aprovecha la poda para recolectar ramas, pero a condición de no olvidar que se trata de un árbol de interés especial. En casi toda Europa está protegido a causa del saqueo masivo a que ha sido sometido para servir de adorno en las fiestas navideñas.

El acebo ofrece el eterno espectáculo de las transformaciones. Se ve siempre hermoso, brillante, lleno de policromías. Propone una sucesión de cromatismos a lo largo de las estaciones: va del blanco primaveral al rojo otoñal. Como seduce todo el año y el bosque donde vive permanece abierto a todas horas, el árbol sufre atentados. ¿Qué pasa? En cuanto llega el viento del otoño se pinta de color rojo coral, y esto causa su ruina. ¿Qué teme? Que se apoderen de sus ramas. El capricho humano lo deja sin hojas, sin frutos, sin nada; sumido en el estupor. Por eso se le atribuyen cualidades humanas. Su largo lamento aparece en romances viejos: "Ay, ay, ay, qué fuerte mal. Ay, ay, ay, qué fuertes penas". Nos mira, gime, y le miramos. No se mueve ni se defiende. Se queja y, lloroso, acata su destino.

Malos tiempos parece que corren hoy para el acebo. Perdurable y hermético como un destino, la soledad le ha hecho combativo y melancólico. En su intrincada copa se adivina su tenacidad. Se trata de un arbolillo siempre verde que vive entre los 700 y los 1.800 m de altitud, y que en jardinería se emplea como ejemplar aislado. En las alturas, parece vivir melancólicamente ausente. La copa, inextricable, muy ramificada, está provista de hojas persistentes, muy gruesas y con los bordes espinosos. Las flores, blanquecinas, reunidas en olorosas inflorescencias, dan lugar a unas bayas rojas, esféricas, lustrosas, muy decorativas, que permanecen en la planta hasta la primavera. Del decorativismo de las bayas vienen sus males. Por culpa de ello, las acebedas "van de la sombra a las sombras". Que los árboles demasiado espesos necesiten perder alguna de sus ramas en beneficio de sus frutos no justifica el saqueo del sotobosque. Todo corte es un acto sancionable. Para adornar unas cuantas casas, una acebeda se puede quedar monda y lironda. ¡Qué pena destruir tan bellas cosas! De ahí la fábula, la narración alegórica; la atribución del habla a seres inanimados. En los jardines se oye algún acebo quejarse, como pidiendo ayuda. Y esto no es ficción: compre sólo en comercios autorizados. Si a un esqueje no pueden darle un lugar en el que sobrevivir pasadas las fiestas, mejor no comprarlo.

El viento del decorativismo de los siglos ha ido esquilmando o estropeando todos esos acebos que la fantasía poblaba de magia. Las ramas con frutos se ponen por puro capricho, el adorno no obedece a una necesidad o conveniencia.

13-I-15, I. Viladevall, lavanguardia