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"La piel del ozono", Luis Racionero

La piel de la Tierra es una capa gaseosa que filtra y aísla rayos cósmicos de frecuencia nociva para la vida. Del mismo modo que una radiografía o rayo X a destiempo pueden causar mutaciones en el cromosoma, así la radiación del espacio exterior modificar para bien y para mal los códigos moleculares que están en el origen de la forma biológica. El problema es más hondo que el agujero de ozono en la atmósfera: el agujero está en la mente de quienes han causado la desaparición del ozono.

En el año 73 coordiné un número monográfico de la Revista de Occidente sobre ecología, en el cual incluí un espléndido ensayo de Lynn Whits Jr. titulado "Las raíces filosóficas de la crisis ecológica", que recomiendo a los lectores ¿Cómo no vamos a tratar mal a la naturaleza, se pregunta White, si en Occidente, según la mentalidad judeocristiana, Dios está separado de su creación, la naturaleza es materia inerte y el mundo es un regalo -dudoso- de Dios para que el hombre la dome, la explore, la agote incluso, sin ningún miramiento?

El problema del medio ambiente se origina en la mente de los occidentales y de ahí se traslada a la realidad merced a la eficacia tecnológica que permite cometer desmanes con potencia de cuarenta megatones. El problema se origina en la falta de respeto del hombre hacia la naturaleza porque la considera inanimada -es decir, sin alma- y por lo mismo, inferior, muerta, insensible, neutra, sumisa, capaz de aguantarlo todo.

Resultat d'imatges de biosphere ozoneAhí es donde se equivoca: sea o no inanimada -lo cual está por ver- la naturaleza no aguanta los excesos de contaminación a que se la somete: el ozono es un indicador en luz roja, pero hay otros, como la violencia en las ciudades y los trastornos de ansiedad -el mal del siglo como la depresión lo fuera del anterior-. Lo dijo el Club de Roma en 1972 en su informe "Límites del crecimiento", que si no se cambiaban las tendencias consumistas y despilfarradoras de energía y materias primas el mundo estaba abocado en 70 años a un catástrofe demográfica.

Han pasado cuarenta años desde aquel primer aviso y sólo hace poco años que los gobiernos de los países contaminantes -que son lo más ricos- han comenzado a darse por enterados de lo que dicen los ecologistas. Se ha necesitado algo tan feroz como el orificio de ozono para que los desarrollistas aceptaran que no se puede continuar la actitud del avestruz tecnológica que desacredita a los ecologistas como un grupo de tontillos kumbayás -que a veces lo son- y que confía en la ciencia ciegamente, argumentando que ya se descubrirán a tiempo remedios científicos para los efectos nocivos causados por la tecnología.

En el "a tiempo" reside el quid de la cuestión, pues, entre tanto, los países pobres se dedican a procrear hijos desaforadamente, como si quisieran vengarse de los ricos de la única manera que pueden, que es sobrecargando al mundo con una población de 6.000 millones que en veinte años pueden ser 12.000, la mitad de ellos en ciudades como México y Calcuta. Es un guión de Blade Runner o de Neuromancer, esta ciudad politécnica, brumosa con la palidez espectral de los gases carbonos, depauperada y violenta.

No es eso, supongo que exclamarían Newton y Maxwell, Edison y Wiener, no es eso lo que se pretendía cuando la ciencia penetró un poco la estructura de la materia para inventar la electricidad y la pastilla. Pero ellos no quisieron ver que su ciencia había despojado a la materia de alma y de sensibilidad, le había quitado a Gaia su dignidad humana, cuando la tenía sobrehumana y que, mientras esa ciencia mecanicista no se convierta en orgánica, mientras no trate la materia toda como un ser viviente, no se podrá inculcar en las gentes una tecnología respetuosa con el medio ambiente. Nunca se trató al esclavo como igual, ni al perro como al esclavo; mientras sigamos convencidos de que el hombre es el rey de la creación, no resolveremos el problema ecológico.

Eso sí, cada año leeremos en el periódico que se reunieron Estados Unidos y China para ver cómo puede cumplirse el protocolo de Kioto sobre los gases contaminantes, cómo disminuir el dióxido de carbono, como atenuar el cambio climático que ello conlleva, y leeremos que no hubo acuerdo, porque se deja para más adelante tomar enérgicas medidas contra los contaminadores porque ¿quién desea prescindir del coche o del avión? Llevo 40 años pidiendo el coche eléctrico. De momento podemos leer a Lynn White Jr.

9-III-15, Luis Racionero, lavanguardia