el vergonzoso espectáculo del Ministro de Defensa Pedro Morenés

El vergonzoso caso de Zaida Cantera, conocido gracias al espléndido Salvados de Évole, es como una muñeca rusa: cada escándalo destapa otro en su interior. Es decir, no empieza y acaba con la agresión sexual que sufrió por parte de un mando del ejército, sino que adquiere nuevas formas, como si fuera una hidra de mil cabezas. Primero fue lo primero: el acoso sexual que sufrió por parte del teniente coronel Lezcano-Mújica, y que incluyó desde tocamientos y agresiones hasta trato vejatorio y amenazas. En uno de los forcejeos le espetó: "Si mi carrera se ve afectada, acabaré contigo". Lejos de tratarla como capitán del ejército, condecorada por sus misiones en Kosovo y Líbano, llegó a decirle: "Tú vienes conmigo como mi secretaria; sí, mi secretaria, como esas de falda corta". Y así fue sufriendo un calvario que minó su capacidad profesional, su ánimo y su entusiasmo.

Resultat d'imatges de A partir de aquí empezó un segundo escándalo, cuando Zaida tuvo la valentía de denunciar al teniente coronel, a pesar de las presiones derivadas de la estructura del propio ejército. Ella misma lo explicaba en Salvados: "Si mi superior me viola, tengo que denunciar a mi superior a través de mi superior", es decir, el acosador era el receptor de la denuncia de su propio acoso. Sin embargo -y contra lo que debe ocurrir en otros casos- Zaida siguió adelante con la denuncia y pudo sufrir, en propia carne, la omertà que se vive entre los mandos del ejército en un caso como este. Todos los testigos presentaron un ataque repentino de amnesia, a pesar de conocer el calvario que estaba padeciendo la capitana. Y cuando finalmente, y ante la rotundidad de las pruebas, el teniente coronel fue declarado culpable y sentenciado a más de dos años, llegó el tercer suplicio: el acoso laboral que sufriría Zaida por parte de otros mandos militares, por haber osado llevar a Lezcano-Mújica a la cárcel. Y fue así como Zaida pasó de ser víctima de acoso sexual a ser culpable de una culpa mayor: haber quebrado la impunidad con que actuaba el teniente coronel. Osó poner en cuestión los galones, y a ojos de otros galones ella era el verdugo. El resultado es conocido, Zaida sufrió un calvario, cayó en depresión y está a la espera de la baja del ejército, a pesar de su inequívoca vocación militar y de su espléndida hoja de servicios.

Pero la muñeca rusa escondía otra sorpresa: la vergonzante actitud del ministro Morenés. Zaida pudo contemplar nuevamente cómo, quien debía defenderla, la abandonaba, convirtiendo a la víctima en victimario. Fue uno de los espectáculos parlamentarios más bochornosos que se recuerdan. Lo único bueno de la historia es que Zaida ya no está sola, a pesar de omertàs y gremialismos. Quienes están solos -y retratados- son los mandos del ejército que callaron, permitieron y escondieron. El famoso silencio de los buenos, tan perverso como la maldad de los malos.

13-III-15, Pilar Rahola, lavanguardia