el síndrome, perro-del-hortelano, del agravio localista y territorial
No hubo ovación Full Monty pero casi. El aeropuerto de Castellón se estrenaba el miércoles con el primer y único cliente en cuatro años, el Villareal. Allí sólo faltaba el presentador de Cuarto milenio, Iker Jiménez, versión televisiva del cazafantasmas. A pie de escalerilla, la expedición amarilla se fotografiaba como en un día histórico de Liga. Pero aquella escena no hacía si no devolvernos el recuerdo de un personaje viscoso y con más desfachatez que metros de pista: Carlos Fabra, Charly para los amigos, el político del ojo tuerto y las gafas oscuras que quemó en ese aeropuerto 151 millones con pólvora del contribuyente. De traca fue ese expolio a las finanzas públicas, un símbolo de una España delirante que mataba moscas a cañonazos. El PP le dio y luego le quitó su juguete, sólo cuando supo que Charly terminaría sus días políticos como Napoleón en Santa Elba.
Aeropuertos de categoría sin sin: sin aviones y sin necesidad. Hay quien sólo de oír estas palabras encoge todo el gesto, como si presintiera el mal fario. Y no extraña. Castellón, Murcia, Huesca, Ciudad Real, Albacete, Badajoz... ¿Seguimos? Así, para traernos el asunto a un plano más próximo, podríamos preguntarnos si el nuevo de Andorra es necesario dada la proximidad del de Alguaire, con la mitad de pasajeros de lo esperado. No creo que sea el ideal de un Estado (en todas sus interpretaciones políticas) sostener parte de la financiación de las autonomías a través de aeródromos fantasma con un tráfico sólo comparable al del cometa donde aterrizó la sonda Philae.
Se pregunta una en su ignorancia por qué nos llevamos las manos a la cabeza con los cientos de kilómetros de pistas de aterrizaje sin sin y, en cambio, apenas se han oído llamadas a replantear el enorme gasto del AVE. Excepto China, España será el país con más líneas de alta velocidad de todo el mundo. Antes de las elecciones generales, está previsto que se inauguren 1.000 kilómetros nuevos de vías rápidas. Hay casos tan esperpénticos como el enlace Valladolid-Palencia, al que no le auguramos una gran ocupación. Se levantan lujosos apeaderos en medio de la nada por un malentendido orgullo nacional (¿quién se acuerda de Baleares?), mientras las líneas convencionales como Rodalies sufren de inanición. Conclusión apresurada: es esta otra más de las consecuencias de alentar el síndrome del agravio localista y territorial, el mismo que llevó a tantos gobernantes a construir hospitales cada 100 kilómetros y otras ofrendas totémicas a los ciudadanos por si eso atraía votos. Lo peor es que el AVE no tiene palanca de marcha atrás: paralizar las obras planificadas sería tanto o más costoso que seguir adelante con su construcción.
Sólo cabe esperar que todo esto haya merecido la pena. Habrá que echarle mucha imaginación para que la alta velocidad sea rentable en algunos de sus corredores, como el de Extremadura o el eje de Castilla y León. Un aeropuerto sin aviones no es peor que un tren sin pasajeros.
17-I-15, S. Quadrado, lavanguardia
