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"El farol y la llave", Carles Casajoana

Me dice un amigo médico que, a veces, los principales problemas del paciente se reconocen a simple vista, sin necesidad de ningún análisis ni exploración. Sea porque se trata de una persona que pesa demasiado, porque fuma un cigarrillo tras otro o porque se nota que lleva una vida demasiado sedentaria, no es preciso dedicar mucho tiempo a mirar el historial médico ni conocer los síntomas para saber la primera recomendación que hay que hacerle. Pero, curiosamente, estas personas suelen estar dispuestas a someterse a todo tipo de tratamientos y hacer lo que se les diga, por caro o complicado que les resulte, pero no a comer menos, a dejar de fumar o a hacer un poco de ejercicio, que es lo que más les convendría.

Me pregunto si a nuestra economía no le ocurre lo mismo con el paro. Hace un mes se publicó un informe de la OCDE que nosadvertía una vez más que, si no mejora-mos el sistema educativo, es muy difícilque con­sigamos aumentar la competitividad y crear puestos de trabajo. Este informe (http://skills.oecd.org/developskills/documents/Spain_Diagnostic_Report_Espagnol. pdf) nos recuerda que hay un 20% de jóvenes que ni estudian ni trabajan, que hay casi diez millones de adultos escasamente cualificados y con poca capacidad de leer y de hacer cálculos elementales, y que muchos licenciados universitarios no encuentran trabajo porque se han graduado en materias que no se adaptan a las demandas del mercado laboral. También observa que tenemos niveles muy altos de abandono escolar y que invertimos muy poco en investigación, y concluye diciendo que tenemos que doblar los esfuerzos actuales para asegurarnos de que los jóvenes adquieren los conocimientos necesarios para tener éxito en el mercado de trabajo.

Es decir, el informe nos recuerda lo que todos sabemos y nos recomienda lo que ya sabemos que nos conviene, como el paciente que sabe que tiene que dejar de fumar, comer menos y hacer ejercicio. Tenemos el doble de parados que la media de los países de la Unión Europea y la mayoría de los rankings internacionales sitúan nuestro sistema educativo a la cola de Europa. Parece lógico pensar que hay un cierto grado de correlación entre ambas cosas. Como ha escrito alguna vez César Molinas, últimos en PISA, primeros en paro. Pero si alguien nos habla de reformar el sistema educativo ponemos la misma cara de escepticismo que el obeso que hace mucho tiempo que ha abandonado toda esperanza de perder peso o nos enfadamos como el fumador que no tolera que nadie le sugiera que deje de fumar.

Con la globalización, nuestras empresas compiten con las del mundo entero. Como los costes son más altos aquí que en muchos lugares, lo tenemos que compensar con mayor capacidad de innovación y con una productividad más alta. Además, si queremos que aquí los trabajadores se ganen mejor la vida que en China o en Brasil y que conserven los derechos sociales que tienen, deben estar mejor preparados, porque de lo contrario no saldrán nunca las cuentas. Esto quiere decir que hay que invertir en educación y en investigación. Todo el mundo lo sabe. Casi todo el mundo lo dice. Pero nadie hace nada.

La campaña electoral está a punto de comenzar. Los partidos están dando a conocer sus programas. Vamos a ver si ponen de verdad la mejora de la educación, de la investigación y de la competitividad en el centro de sus propuestas, pero lo dudo, porque los resultados no se verían hasta después de más de cuatro años, que es lo que dura la legislatura, y a nadie le gusta sembrar para que recoja otro. No se trata de hacer una nueva ley de Educación. Demasiadas hemos visto. Tampoco se trata de decidir qué hacemos con las clases de religión. Se trata de coger el toro por los cuernos y hacer un gran pacto para mejorar enserio el sistema educativo y asegurar a to-dos los jóvenes una formación sólida, útily com­petitiva.

Con un 20% de paro, una sociedad no es justa y difícilmente puede ser democrática. Sabemos que hay una parte de la población que nunca encontrará un trabajo digno porque no está preparada para hacerlo. Sabemos que hay sectores enteros en los que, sin saber inglés, no hay nada que hacer. Pero ¿qué hacemos para resolverlo? Discutimos reformas laborales interminables e intentamos engañarnos con cifras que anuncian pequeñas mejoras del empleo -bienvenidas sean- o con propuestas inviables como bajar la edad de jubilación, asegurar a todos un sueldo con cargo al erario público o repartir el trabajo para que haya para todos, como si fuera posible repartirse el trabajo con alguien que no lo sabe hacer.

Es decir, actuamos más o menos como aquel señor del viejo chiste que está buscando una llave bajo un farol, por la noche, y llega otra persona y se pone ayudarle y, como la llave no aparece, le pregunta si la ha perdido allí. El hombre admite que no, que la ha perdido en otro sitio. Y entonces, ¿por qué la busca allí? Porque bajo el farol hay más luz. Pues nosotros, igual.

24-X-15, Carles Casajoana, lavanguardia