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"Es más fácil provocar la risa que el llanto", Carles Casajuana

En un artículo reciente en The Sunday Times, el novelista Martin Amis acusaba al dirigente laborista británico, Jeremy Corbyn, de carecer de sentido del humor. Decía que Corbyn no entiende los chistes y que, en consecuencia, está destinado a convertirse él mismo en un chiste.

A Corbyn se le ha acusado de ser demasiado radical, de tener poco olfato político, de ser inelegible para el puesto de primer ministro y de muchas cosas más, pero la invectiva de Amis, que le censuraba también por carecer de un título universitario, no es para tomársela a risa. En el Reino Unido se acepta que alguien ocupe un cargo de responsabilidad sin poseer una inteligencia excepcional o una gran formación, pero no sin sentido del humor, porque se entiende, con toda la razón, que sin sentido del humor es muy difícil ­sobrellevar la presión inherente al cargo. Churchill, por ejemplo, era militar y tampoco se distinguió por unas notas muy brillantes en la escuela, pero es sabido que no carecía de agudeza mental ni de un sentido del humor poco común. De las mil anécdotas que se le recuerdan, no ­resisto la tentación de citar una: la de la ocasión en que una diputada de la oposición le dijo que si ella fuera su mujer le envenenaría el café y él respondió: “Señora, si yo fuera su marido, me tomaría el café”.

En la mayoría de los lugares, para ser tomado en serio por los demás hay que tomarse en serio a uno mismo. En la cultura británica, en cambio, no tomarse demasiado en serio es el camino más corto para ser tomado en serio por los demás. La agudeza mental y la disposición a bromear, sobre todo a costa propia, son siempre muy apreciadas y parece como si todo el mundo hubiera leído lo que escribió Jaume Perich: “Es más difícil provocar la risa que el llanto, excepto cuando la víctima es uno mismo”.

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Durante los años que viví en Gran Bretaña, el momento en que esto se me hizo más patente fue en una conferencia anual del Partido Conservador en Birmingham, hará cosa de seis o siete años. Iba a hablar David Cameron, que entonces era aun líder de la oposición, y antes intervinieron media docena de teloneros, entre ellos un dirigente democristiano alemán. Siguiendo una costumbre muy enraizada –y muy de agradecer– en el mundo anglosajón, cada orador comenzaba su discurso con una broma, para romper el hielo y ganarse el favor del auditorio. Uno arrancó dando las gracias a los asistentes por haber acudido a escucharle a él y los asistentes, muchos de los cuales seguramente no sabían ni quién era, le rieron la chanza con generosidad. Otro dijo que daba gusto ver un partido tan unido y el público, que sabía que en la sala no faltaban las divisiones, también se rió.

Cuando le llegó el turno, el político alemán, muy serio, empezó diciendo que ese era uno de los días más me­morables de su vida. El público, calentado por los otros oradores, acogió la afirmación con un silencio expectante, sin saber si era el preludio de una broma o no. Alentado por esta reacción, el alemán explicó que, a los 11 años, había pasado un curso estudiando en Inglaterra y que ya entonces soñaba con asistir un día a un congreso del Partido Conservador y tomar la pa­labra, y que por eso ese día era tan im­portante para él. Después de un momento de indecisión, el público decidió que aquello tenía que ser una broma y una sonora carcajada recorrió la sala de un extremo al otro. El alemán se quedó asombrado, pero se repuso enseguida y continuó hablando, un poco mosca y, a la vez, muy orgulloso del éxito que, sin saber cómo, estaba obteniendo.

A mí, la escena me dejó fascinado. A aquellos militantes conservadores la posibilidad de que un niño de 11 años soñase con asistir un día a una reunión como aquella y hacer un discurso se les antojaba tan absurda que pensaban que o bien el orador se reía de sí mismo y de sus ilusiones infantiles, y les parecía una broma magistral, o bien que se tomaba la conferencia del partido tan en serio que merecía que todo el mundo se cachondeara de él. ¿Un niño? ¿Soñar con hacer un discurso en un acto como aquel? ¡Venga ya! De ahí venía la carcajada. En el fondo, todos aquellos delegados del partido, se rieran o no del orador alemán, estaban riéndose sobre todo de sí mismos.

¿Cuál ha sido la reacción de Jeremy Corbyn a la crítica de Martin Amis? La más aconsejable a falta de una réplica tan demoledora como la de Churchill: ni caso, tomársela a risa. Pero si Corbyn llega a ser primer ministro, lo que hoy por hoy parece poco probable, tendrá que estar a la altura de líderes con un humor afiladísimo. A la altura de Churchill o, entre muchos otros, de Benjamin Disraeli –para acabar con otro ejemplo memorable–, a quien su gran rival William Gladstone dijo un día, en una sesión parlamentaria: “Pronostico que usted morirá en la horca o de una enfermedad inconfesable”.
Disraeli respondió: “¿Quién sabe? Quizá sí. Dependerá de si abrazo sus ideas o a sus amantes”.

28-XI-15, Carles Casajuana, lavanguardia