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"No culpéis a los políticos, la culpa es nuestra", Benito Arruñada

entrevista a Benito Arruñada, catedrático de Organización de Empresas de la Universitat Pompeu Fabra

En qué falla este país?

¿No pregunta si fallamos los ciudadanos? Usted, como tantos, culpa a partidos y políticos, “que no están a nuestro servicio, sino al de una élite extractiva...”

¿Acaso no hay un capitalismo de amiguetes en el palco del Bernabeu o del Barça?

Como todo populista, usted exculpa de errores al noble y sufrido pueblo catalán o español...

Hombre, también hay políticos honrados.

Pero ¿por qué nos mienten? ¡Porque queremos que nos mientan! Y porque aquí no se pueden ganar elecciones diciéndonos la verdad ni gobernar sin faltar después a las promesas electorales. Muchos gobernantes te confían en privado: “Sí, tú estás diciendo la verdad, pero si la digo yo, no volvemos a ganar unas elecciones”.

¿De verdad nos considera tan inmaduros?

No es que nuestra democracia falle al convertir en gobierno nuestras preferencias; lo que fallan son nuestras preferencias, porque no nos informamos. La culpa no es sólo de ellos: es nuestra.

¿En el resto de la UE se informan mejor?

Encuestas en mano, somos los europeos más críticos con nuestros políticos, pero también los que menos nos molestamos en informarnos para votar. Los partidos ya hacen lo que les pedimos, el problema es que somos demasiado vagos y preferimos ir cambiando de políticos a propiciar un debate público de calidad tras enterarnos bien de cómo se toman las decisiones y se gasta nuestro dinero en los presupuestos.

¿Votamos a la pobre luz de las tertulias?

Tenemos poca opinión formada. El defecto de nuestra democracia no está en los mecanismos de toma de decisiones, sino en nuestras decisiones: ¿sabe quién se queja más de impuestos?

¿Hay alguien que no se queje?

Los más críticos en las encuestas son los agricultores... ¡Precisamente los más subvencionados! ¿Por qué? Porque se pagan los autónomos y ese seguro de jubilación lo perciben erróneamente como un impuesto que otros no pagan.

En esta contra vamos a hacer amigos...

Los políticos deberían ponernos límites, como los padres a sus hijos; en cambio, al final son ellos los que acomodan su programa a nuestra inmadurez. Después nosotros, como niños, nos quejamos de que nos han dado lo que pedimos.

...¿Dónde está nuestro mayor error?

Nos falta conciencia del coste de lo público. Resultaría pedagógico cobrar la mensualidad real bruta y días después ingresar la Seguridad Social y el IRPF: así empezaríamos a concienciarnos de cuánto pagamos y a cambio de qué.

La verdad es que yo aún no lo sé.

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Necesitamos formación e información sobre el coste de cada servicio público y de dónde sale el dinero y de quién y por qué y adónde va...

¿Qué pasaría si nos informáramos mejor?

Eso sí sería una revolución de largo recorrido con un coste mínimo. Sería mucho más regeneradora que proclamar repúblicas. Estoy convencido de que, tras informarse bien, muchos electores que votan izquierdas acabarían votando derechas... Y viceversa.

Por ejemplo.

El AVE es ruinoso para todos y Ciudadanos empezó denunciándolo, pero le costó tantos votos de quienes lo quieren pese a todo, que ahora se deja de razones contables y apela a las emociones y a lo simpático que es Rivera.

Otro ejemplo.

Muchas medidas parecen deseables, pero si nos informáramos a fondo veríamos que tienen efectos indeseables: si prohíbes los desahucios, ¿quién se arriesgará a alquilarte un piso? Y si sobreproteges al trabajador, ¿quién lo contratará? Dos no contratan si uno no quiere.

Es más fácil emocionarse que pensar.

En el fondo, seguimos siendo católicos.

¿Qué tiene que ver?

Los países católicos entienden lo público no como lo de todos, sino como lo de nadie. Lo nuestro es la familia, el clan, la tribu. Somos los más críticos con las instituciones, pero los que menos hacemos por entenderlas y controlarlas.

Cambiar eso es más difícil que votar.

Por eso acabamos votando con las emociones, como en el fútbol: animas al equipo de tu pueblo y votas a tu partido. Una democracia madura, en cambio, decide como en la comunidad de vecinos: por números y por razones, y no por si el presidente es de aquí o no; o rojo o azul...

¿Deberíamos entender así lo público?

No mejoraremos cambiando caras o partidos, sino mirando el presupuesto público como el de tu casa y votando a quien mejor los gestione.

Está pidiéndonos mucho esfuerzo... ¡Ay!

¡Con lo buenos que son nuestros valores para lo individual! Mire a Nadal o a Iniesta: cuando tenemos incentivos y reglas claras, somos campeones; y mire nuestras familias: sin ellas el paro sería una tragedia. Y lo es, pero sin hambre.

¿Y no habrá un político como Iniesta?

La magia fácil de los populismos de izquierdas y derechas es que basta con cambiar de caras o crear partidos o incluso montarse un Estado propio. Pero ¿por qué los políticos corruptos con la autonomía van a dejar de serlo con Estado propio? ¿Por qué va a ser mejor un político que otro si tú votas sólo al que lleva el AVE a tu pueblo, aunque sea una ruina para todos?

¡Mi pueblo no me lo toque!

Pues lo que nos conviene a todos es justo lo contrario: hemos de tocar todos los pueblos. Debemos rebajar los privilegios que disfrutan sólo unos, porque, también sin saberlo, pagamos todo tipo de pueblos, todo tipo de tribus y todo tipo de palcos y gallineros.

2-XII-12, Lluís Amiguet, lacontra/lavanguardia