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"Otra manera de hacer política", Carles Casajuana

Hace una semana, se produjeron dos hechos en la política británica que aquí no habrían sucedido. En el Partido Conservador, el primer ministro, David Cameron, se vio obligado a dar libertad a los miembros de su Gobierno para hacer campaña a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Hasta ahora, Cameron había dicho que, en caso de que las negociaciones en curso con Bruselas se saldaran con un acuerdo, todo el Gobierno haría campaña a favor de permanecer en la UE y que si algún ministro de­seaba hacer campaña en contra tendría que dimitir.

En el Partido Laborista, Jeremy Corbyn se vio forzado por la presión de los diputados de su partido a mantener en el cargo de ministro de Exteriores en la sombra a Hilary Benn, que defiende los ataques aéreos contra el llamado Estado Islámico. Previamente, Corbyn había dado a entender que lo sustituiría por un dirigente que estuviera en contra de los ataques, como él.

Que un político diga una cosa y haga otra no es novedad, ni aquí, ni en el Reino Unido, ni en la China comunista. A veces, esto responde a una estrategia deliberada. Como ­ironizó Maurice Barrès, los políticos son ­acróbatas que mantienen el equilibrio diciendo lo contrario de lo que hacen. Otras veces, la realidad impide a políticos de buena fe hacer lo que prometieron, aunque quieran.

¿Qué es lo que aquí no ocurriría, entonces? Que Cameron y Corbyn tomaron estas decisiones por presiones de miembros de sus partidos, los cuales a su vez actuaron movidos por las presiones de los ciudadanos. Cameron tuvo que ceder porque algunos ministros le dijeron que estaban dispuestos a hacer campaña a favor de la salida de la UE pasara lo que pasara, y que si no la podían hacer como miembros del Gobierno dimitirían para hacerla como diputados rasos. Y Jeremy Corbyn cedió porque vio que muchos diputados de su partido no compartían su po­sición contraria a los ataques y prefirió sacrificar la homogeneidad de su equipo que perder el apoyo del grupo parlamentario.

La clave, en ambos casos, es que los políticos rebeldes, sean o no ministros, son diputados y se sienten de verdad representantes de los ciudadanos que les votaron. Presionaron a los líderes de sus partidos porque creían que era lo que los electores esperaban de ellos. Son políticos que pasan los fines de semana en su circunscripción atendiendo las demandas y las quejas de la gente. Saben que quien puede poner punto final a su carrera son los que les han votado, no los líderes de sus partidos. Por eso ponen todo el esmero en atenderles, en actuar de acuerdo con su sentir mayoritario y en defender de verdad los intereses de la circunscripción que representan. Si tienen que enfrentarse a la dirección del partido, lo hacen, y si tienen que dimitir del Gobierno o defender en el Parlamento posiciones contrarias a las del líder del partido, también.

Todo esto es fruto de un sistema electoral distinto del nuestro, obviamente, un sistema en el que se elige a un diputado por circunscripción y en el que el Parlamento es el verdadero escenario de la vida política del país, no como aquí, que en el mejor de los casos se limita a escenificar los acuerdos o desacuerdos que se han gestado fuera de la cámara y aireado a través de los medios.

Allí, los ministros se sienten, por encima de todo, diputados, y raramente pierden de vista la necesidad de reflejar adecuadamente las posiciones de los ciudadanos a los que representan. Y los líderes de los partidos deben tener cuidado de no perder el apoyo de sus diputados, porque si lo pierden pueden perder también el cargo, como les sucedió a Tony Blair y a Margaret Thatcher. De este modo, la política funciona de abajo arriba (como en la CUP, pero no con un régimen asambleario, sino de delegación del poder, más eficaz). Los diputados dependen de los votantes y los líderes de los partidos, de los diputados.

Aquí, en cambio, la política funciona de arriba abajo. Los partidos están controlados por las cúpulas y –según la gráfica frase de Alfonso Guerra– quien se mueve no sale en la foto, de modo que los diputados obedecen las consignas del partido y la disciplina parlamentaria es férrea. Los ciudadanos estamos obligados a elegir entre listas cerradas de diputados que no conocemos y a los que jamás podremos cantar las cuarenta ni pedir nada.

Cada país necesita unos mecanismos políticos adaptados a su realidad y tradición. No sé si un sistema como el británico nos convendría, ni si nos ayudaría a salir del callejón sin salida en el que nos hallamos. Seguramente habría forzado mucho antes el encomiable paso a un lado de Artur Mas y propiciaría un paso a un lado, también, de Mariano Rajoy. En todo caso, de lo que sí estoy seguro es de que, con un sistema como el británico –o con mecanismos correctores que nos aproximaran a él–, el diálogo entre Barcelona y Madrid sería más fluido, la clase política sería más cercana a los ciudadanos y la regeneración del sistema sería continua.

16-I-16, Carles Casajuana, lavanguardia