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"La lengua de la República", Suso de Toro

La nación española, a través del Tribunal Constitucional, declara “inconstitucional” una tras otra leyes del Parlamento catalán. Declara inconstitucional a la Catalunya política, lo hicieron hace unos años con el Estatut y lo hacen una y otra vez. Es su prerrogativa, pues tiene estado propio, soberanía sobre Catalunya y ni sabe ni quiere hacer otra cosa. Esa nación solo sabe afirmar su existencia por la coerción, es su naturaleza.

España como nación es un fracaso, los detentadores de ese proyecto político no pueden evitar ver esa realidad y tendrán que reconocer que fue Catalunya quien cuestionó ese modelo de estado. El principal motivo de ese fracaso es que se trata de un proyecto esencialista que no reconoce ni expresa la realidad que pretendía abarcar.

Hay un proyecto catalán en marcha, es difícil contabilizar qué porcentaje de la población reclama más o menos soberanía y tampoco se puede saber hasta dónde llegará, pero sí que se sabe hacia dónde va: a construir una nación propia y a obligar a reconocer su existencia. No es posible saber qué forma jurídico-política acabará teniendo, pero se trata de un proyecto de construcción nacional democrático, realizado conscientemente por una mayoría social. Lo construye una mayoría y tiente tanto asentimiento porque, además de haber una causa, hasta el momento es un proyecto integrador y, a diferencia del proyecto español, no es esencialista. La fuerza le viene de ser mayoritario, y podrá seguir siéndolo si es capaz de integrar la diversidad que toda sociedad tiene.

La estructura de la diversidad catalana es distinta de la española. Como corresponde a un estado heredero de los viejos reinos europeos, el estado español tiene una diversidad interna, que no acepta de grado, ordenada por territorios, mientras que la diversidad catalana, como corresponde a una sociedad contemporánea, se estructura socialmente. Catalunya tiene dentro minorías, como se expresan en EE.UU. o como tienen Alemania, Francia, el Reino Unido... aunque el origen de esas minorías no sea el mismo, y eso debe determinar el modo en que sean contempladas.

La inmigración española no catalana, concretamente, que existe como tal y seguirá existiendo en un período histórico, no puede ser contemplada como “extranjera”, pues no eran extranjeros cuando se fueron a vivir de otras partes de España a Catalunya y son personas que forjaron igualmente la sociedad catalana actual, son inapelablemente catalanes. Aún más, entre los elementos más valiosos del nuevo proyecto nacional catalán están esos ciudadanos y ciudadanas que no habiendo nacido en Catalunya dan la cara por su nueva nación. Y si eso no fuese así ese proyecto no tendría ni el presente que tiene ni el futuro que pueda tener.

Y esa parte tan decisiva y amplia de la población tiene por lengua propia el castellano y una identificación personal como españoles. La república catalana que exista la crearán catalanes y catalanes españoles. Eso obliga a aceptar que ni se debe ni se puede reproducir un proyecto nacionalista, el modelo de estado nación semejante al del Reino de España. ¿Debe tener una lengua de estado esa república? Sin duda, toda lengua, si quiere existir, precisa un estado, eso nos lo enseñaron a los hablantes de lenguas sin estado con la represión y la humillación. Como el estado español no lo hizo ni lo hace, debe existir el estado de la lengua catalana.

El proyecto catalán es tan novedoso que no tiene un modelo a seguir, tiene que crear el suyo propio partiendo de su realidad. Pero no podrá crear un modelo si quienes tienen que imaginarlo siguen dentro de la estructura mental del estado nación existente. La república catalana, para existir, no podrá imitar a un estado de la tradición borbónica, y tampoco hay que pensar que la sociedad que habite ese estado va a ser la continuidad de la existente. La república catalana no podrá ser meramente la continuidad de la comunidad autónoma actual, por eso creo que hay que imaginar, prever y, también, preveer, que los asuntos sociales, concretamente la lengua, van a estar en una situación distinta de la actual.

Es evidente que la lengua catalana afronta hoy un desafío histórico: de mantenerse las actuales condiciones y estructuras, sus hablantes probablemente serían una minoría condenada a extinguirse. Eso crea una gran ansiedad en la ciudadanía catalanohablante, pero no se puede pensar en legislar el futuro en base a las circunstancias actuales. La lengua catalana debe tener su situación jurídica futura dentro de un estado que la haga suya y sea garantía no solo de los derechos de sus hablantes sino de su misma existencia fáctica. Sin duda, la legislación no se debe hacer sobre el cómputo de mayoría o minoría de hablantes en la población, eso conduciría a reproducir la situación histórica actual. Desde el punto de vista de la lengua, no tendría sentido. La república de toda la ciudadanía debe de tener como lengua “propia” a la lengua catalana: Catalunya es el proyecto y el catalán la casa nacional de todos, con independencia de quien lo hable o no. Partiendo de ahí, búsquese un lugar para todos.

Hace unos años un gobierno de la Generalitat organizó la representación de la literatura catalana en la Feria de Frankfurt. Desde Madrid y los poderes del estado en general se organizó una ofensiva contra la decisión inicial de enviar únicamente una representación de autores en lengua catalana. Y eso lo hicieron quienes ignoran todos los días de todos los años la existencia de literaturas en otras lenguas que no sean el castellano, quienes glorifican a autores de otros estados por el hecho de escribir en castellano pero ignoran y niegan a otros que tienen nacionalidad española. Ahí está ese Premio Cervantes que cada año celebra el orgullo imperial, un premio que costean todos los españoles y todos los escritores en otras lenguas que son excluídas. Ese es el modelo español de nación, el que fracasó y solo puede existir por la imposición. Aquella decisión era comprensible y legítima desde el punto de vista filológico pero no era acertada desde el punto de vista político: el poder catalán debe hacer una política específicamente distinta, la contraria al sectarismo esencialista español.

Una comunidad humana y política no se construye traduciendo las estadísticas a leyes, eso lo que hace es reproducir lo existente, sino yendo hacia adelante. Para construir un proyecto propio debe ser aceptado por todos que el catalán es la lengua propia de esa república imaginada pero, si hay voluntad, también habrá que reconocer la evidencia histórica y humana de que el castellano está ahí. Y de que, además, interesa a todos que esté. Si se concibe la nación integradora y abierta no es preciso que la república sea plurinacional, pero sí tendrá que ser multicultural. Para que nadie que quiera ser ciudadano de esa república se sienta negado y sí reconocido.

29-IV-16, Suso de Toro, ara