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"La banca no es malvada, es estúpida", Joris Luyendijk

Joris Luyendijk, antropólogo y periodista; explica la idiosincrasia del mundo de la banca
Tengo 44 años. Nací en Amsterdam, vivo en Londres. Los holandeses no nos casamos: vivo en pareja y tengo tres hijas. Políticamente confuso: era partidario de la globalización, pero ver ahora que los bancos la utilizan para resistirse con éxito a la reforma me da que pensar. Quinta generación de ateos.
Con su mirada de antropólogo fue corresponsal en Oriente Medio y escribió un libro sobre cómo intenta trabajar una tribu de corresponsales de guerra. En el 2011 decidió pasar dos años explorando el mundo financiero de la City londinense, entrevistó a más de 200 trabajadores para entender la cultura de la banca. El resultado es Entre tiburones (El Hombre del Tres). Descubrir cómo se mueven y qué piensan los artífices de la crisis es simplemente aterrador. No hay malos, tampoco hay ética, hay secretismo, miedo, incentivos perversos y un corto plazo miope. “Antes de la crisis muchos directivos no entendían los productos que estaban vendiendo, pero nadie hace preguntas y lo aterrador es que nada ha cambiado”.

Hemos tenido antropólogos inocentes, antropólogos en Marte...

Yo he sido un antropólogo en la City londinense, en el mundo de las finanzas.

¿Qué andaba buscando?

La respuesta a una inquietud generalizada: cómo es posible que hayamos tenido que rescatar a los bancos y que ningún banquero haya tenido que devolver los bonus que recibió, y cómo pueden vivir con la conciencia tranquila...

Una cuestión ética.

Los banqueros me dieron varias respuestas: “No tengo la conciencia tranquila, pero he de pagar una hipoteca y un colegio privado”,“yo no empeoro el mundo”, y luego están los que se autoproclaman “masters del universo” o “polla pendular”.

¿Qué dicen estos?

“Puedo vivir conmigo mismo ¡porque soy genial!”. Otros viven en la burbuja (se acuestan con banqueras y sus amigos son banqueros) y no conceden entrevistas. Pero la característica esencial del mundo de las finanzas es que no se hacen preguntas morales, sólo se plantean si es legal o no.

Entiendo.

La mayoría de los operadores que entrevisté, ante atentados yihadistas no se plantearon si alguien que conocían había muerto, vieron la oportunidad de vender seguros de vida.

Usted compara a la gente que trabaja en los bancos con distintos animales.

A todos les pregunté con qué animal se identificaban. Los ejecutivos me dijeron: soy un león, un lobo, una serpiente, un velociraptor. Los encargados del control interno, cuyo trabajo es evitar cualquier tipo de escándalo o batacazo financiero, me dijeron: una hormiga, una abeja...

Una fauna insólita...

Un ejecutivo puede perder en un día 5.000 millones de euros y quienes deben controlarlo se ven como hormigas... Es significativo. En el sector los apodan “los jueces de línea”.

¿Cuál es el ambiente?

Por encima de la avaricia está el miedo. Sabes que cada tres meses como mínimo alguien de tu equipo será despedido. No haces amigos.

¿Cómo se despide a la gente?

Vuelves del almuerzo y tu compañero de mesa ya no está, o tu ordenador está bloqueado, e inmediatamente recibes la llamada de recursos humanos. Acompañado en todo momento de un jefe de seguridad, recoges tus bártulos y en cinco minutos, a la calle.

Eso debe de forjar carácter.

Esa idea de que la gente debería preocuparse por su empresa o sus colegas es ingenua. En la banca el lema es: confianza cero, fidelidad cero. Te conviertes en alguien muy cortoplacista y los incentivos colaboran mucho en ello.

Qué duro.

Los trabajadores de la banca consideran el primer despido un rito de iniciación. Te ofrecen seis meses de sueldo libres de impuestos si firmas un documento que dice que no vas a demandar al banco ni a hablar con periodistas.

¿En general son personas superficiales?

Emocionalmente sí, pero su coeficiente en los test de inteligencia es muy alto. Trabajan del orden de 14 a 16 horas diarias en un ambiente en el que hablar de cosas privadas se percibe como algo muy peligroso.

...Está claro que les compensa.

Muchos creen que sólo se dedicarán a ese trabajo tres o cinco años, pero luego ven que su jefe, un poco mayor que ellos, gana el doble, y alargan un poco más y un poco más...

Triste.

Todo es a corto plazo y por tanto su filosofía es “¿por qué debería tratar mejor a mis clientes de lo que mi banco me trata a mí?...”. Y a eso se reduce la venta de ciertos productos a pensionistas. Te dicen que si no se los venden ellos, se lo venderá su colega y, al final del año, el que haya vendido más se queda y el otro se va.

¿Y les parece razón suficiente?

Todos parecen mayores de la edad que tienen. Creo que hay mucho dolor respecto a este comportamiento en muchos de ellos, pero se sienten impotentes y están muy bien pagados.

¿Qué le ha sorprendido a usted?

El ambiente es muy masculino y agresivo incluso entre las mujeres. De hecho, hablan utilizando metáforas de guerra: trincheras, prisioneros, violar y saquear… Este vocabulario hace más fácil para ellos silenciar su conciencia.

Así nos ha ido.

En el 2008 todo era caos y los altos ejecutivos no conocían los riesgos que estaban asumiendo, eran ignorantes e incompetentes, y eso asusta muchísimo: preferimos pensar que son malvados, pero lo que hay es falta de lógica.

Pocas horas antes de que cayera Lehman Brothers los créditos se congelaron.

Sí, y altos ejecutivos compraron oro y llamaron a sus esposas para que hicieran acopio de alimentos y se fueran con los niños al campo. Temían que todo el sector financiero se hundiera.

¿Estuvimos a punto?

Herman van Rompuy, uno de los altos funcionarios de la UE, dijo que estuvimos “a milímetros” de ese escenario, por eso decidieron salvar a los bancos. Luego todos, incluido el personal de los bancos, esperaban grandes cambios que no se produjeron. Y todo sigue igual.

¿Es usted tremendista?

No, pero tengo clarísimo que el sistema sólo cambiará si se le fuerza a hacerlo, es una cuestión política, y siguen los mismos en el poder.

1-VI-16, Ima Sanchís, lacontra/lavanguardia