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mar de la China Meridional, punto caliente de la geopolítica mundial

Soldados chinos en las islas Spratly (Nansha para China) cerca de un poste que dice: 'Nansha es nuestra tierra nacional, sagrada inviolable' Soldados chinos en las islas Spratly (Nansha para China) cerca de un poste que dice: 'Nansha es nuestra tierra nacional, sagrada inviolable' (Reuters)

El Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya emitió ayer una dura sentencia contra China que amenaza con avivar la tensión en el mar de China Meridional. En un largo y esperado veredicto, el tribunal dictaminó que la “línea de los 9 puntos” que China esgrime en sus reivindicaciones marítimas como territorio nacional es ilegal, lo que cuestiona los límites marítimos del sur de China. Pe­kín rechazó la sentencia del tribunal y calificó el proceso de “nulo y no vinculante”.

El Tribunal de Arbitraje de La Haya cuestionó ayer las reclamaciones de los límites marítimos del sur de China en el marco de un veredicto con el que ponía punto final al litigio que enfrentaba a Filipinas con el gigante asiático sobre las islas Spratly, en el mar Meridional de China, que se ha prolongado más de tres años. En una sentencia de 479 páginas, el tribunal le ha dado la razón a Manila en sus reclamaciones sobre los derechos a explotar los recursos de amplias zonas de estas aguas, que Pekín le impedía con sus reivindicaciones territoriales.

En su dictamen, los cinco jueces del tribunal dan un auténtico varapalo a la política de hechos consumados que aplica Pekín en el mar de China Meridional. Consideran que el gigante asiático “había violado los derechos soberanos de Filipinas”, que sus barcos han cometido “actos ilícitos” y que ciertas zonas reivindicadas por Pekín “forman parte” de las aguas territoriales filipinas.

Los magistrados llegaron a esta conclusión tras observar que no hay ninguna base legal para que China reclame derechos históricos sobre los recursos de las zonas marítimas situadas en el interior de la “linea de 9 puntos”, trazada por las autoridades chinas en 1947.

Un argumento que desmonta las exigencias de Pekín de extender los límites de sus aguas territoriales al 85% del mar de China Meridional. Una vía marítima por la que transita cada año el 40% del comercio mundial, por un valor de 5 billones de dólares.

En sus conclusiones, los jueces no se pronunciaron sobre la soberanía, sino que articularon su veredicto sobre la definición legal de lo que es una isla. Concepto a partir del cual han trazado el derecho que tiene cada país a disponer de una zona económica exclusiva de 200 millas marinas sobre la cual ejercer su soberanía.

Según esta descripción las islas que reivindica Pekín como propias no lo son, porque no “pueden acoger una población humana, ni generar vida económica propia” (...), según el texto de la sentencia. Una conclusión que desmonta los argumentos de Pekín.

El fallo fue rechazado por China, que la consideró “nula y no vinculante”, según una nota de Exteriores. Su presidente, Xi Jinping, fue más allá, lo rechazó y dijo que “la soberanía territorial y los intereses marítimos de China en el mar de China Meridional no se verán afectados por el fallo bajo ninguna circunstancia”.

Desde Manila, el Gobierno filipino pidió moderación y sobriedad. Su ministro de Exteriores, Perfecto Yasay, calificó la decisión de “clave” y expresó su confianza en que sea “una importante contribución para tratar las disputas del mar de China Meridional”, en una rueda de prensa televisada en directo.

La sentencia amenaza, sin embargo, con avivar la tensión en la zona, ya que puede reactivar otros litigios. El fallo, por ejemplo, afecta a la isla de Taiping (la mayor de las Spratly) que Filipinas reclama a Taiwán, que se apresuró a señalar que no asume el fallo de La Haya. Y también puede animar a Vietnam a denunciar a China por las islas Paracelso y Spratly, como apuntó un portavoz de Hanoi al aplaudir la sentencia de La Haya.

EE.UU., a su vez, calificó el fallo de “contribución importante a la resolución pacífica de disputas”, y pidió a China y Filipinas cumplir con la sentencia y evitar provocaciones que alimenten la tensión en la región.

13-VII-16, I. Ambrós, lavanguardia

+ "Mer de Chine: tensions en eaux troubles", Stephanie Kleine-Ahlbrandt
+ tensión entre Corea del Sur y Japón por las islas Dokdo / Takeshima
+ "High Stakes in the South China Sea", Stephanie Kleine-Ahlbrandt
+ "Nations at Impasse Over South China Sea", crisisgroup
+ China funda una ciudad en el deshabitado y disputado archipiélago de las Spratly
+ ...Asia y Oceanía

No parecen gran cosa, unos pocos peñascos yermos en el Mar de China Oriental, entre Okinawa y Taiwán, y un par de diminutos islotes en el Mar de Japón en los que solo habitan unos pocos pescadores y algunos oficiales de la guardia costera surcoreana. El primer grupo de tierras, que en Japón llaman islas Senkaku y en China, islas Diaoyu, lo reclaman China, Japón y Taiwán; el segundo, Takeshima para los japoneses y Dokdo para los coreanos, está en litigio entre Corea del Sur y Japón.

Aunque estos diminutos afloramientos rocosos tienen poco valor material, la disputa sobre su pertenencia ha provocado un serio enfrentamiento internacional, con retiros de embajadores, masivas demostraciones antijaponesas en toda China (en las que se llegó a dañar a personas y propiedades japonesas) e intercambios de amenazas entre Tokio y Seúl. Incluso se habló de acciones militares.

A primera vista los hechos históricos son sencillos. Japón se apropió de las islas como parte de su proyecto de construcción imperial después de la guerra sinojaponesa de 1895 y la anexión de Corea en 1905. Antes de eso, la soberanía no está clara; en Takeshima/Dokdo había pescadores japoneses, y en China imperial se tenía algún conocimiento de las islas Senkaku/Diaoyu. Pero ningún estado había hecho reclamos formales.

Las cosas se complicaron después de la Segunda Guerra Mundial. Entonces se esperaba que Japón devolviera sus posesiones coloniales, pero Estados Unidos ocupó las islas Senkaku, junto con Okinawa, y en 1972 devolvió ambos territorios a Japón. Por su parte, los coreanos, llenos de rabia hacia Japón por casi medio siglo de colonización, tomaron las islas Dokdo sin preocuparse por la legitimidad de la acción.

Dada la brutalidad de la ocupación japonesa de Corea y China, es natural inclinarse por simpatizar con quienes fueron sus víctimas. La magnitud de las emociones que suscita esta disputa (algunos coreanos llegaron incluso a mutilarse para protestar contra Japón) parece indicar que las heridas dejadas por las acciones bélicas japonesas en Asia todavía están frescas. De hecho, el presidente de Corea del Sur, Lee Myung-bak, usó la ocasión para demandar una disculpa formal del emperador japonés por la guerra y compensación económica para las coreanas que durante la guerra se vieron obligadas a servir a soldados japoneses en burdeles militares.

Lamentablemente, el gobierno japonés, a pesar de las abundantes pruebas indirectas e incluso documentales presentadas por historiadores de su país, ha adoptado una postura de negar la responsabilidad del régimen de tiempos de guerra en relación con este horroroso proyecto. Como es natural, esto no ha hecho más que exacerbar aún más las emociones en Corea.

Sin embargo, sería demasiado simplista adjudicar la disputa actual solamente a las heridas abiertas de la última guerra mundial. Por supuesto, los sentimientos nacionalistas (deliberadamente alentados en China, Corea y Japón) tienen que ver con la historia reciente, pero el trasfondo político es diferente en cada país. Como la prensa de los tres países se niega tozudamente a mostrar cualquier cosa que no sea el punto de vista “nacional”, ese trasfondo político nunca se explica debidamente.

En la actualidad, el gobierno comunista de China ya no puede usar para legitimarse la ideología marxista (por no hablar de la maoísta), porque China es un país autoritario capitalista, abierto para los negocios con otros países capitalistas (lo cual incluye profundas relaciones económicas con Japón). Por eso, a partir de los noventa el nacionalismo reemplazó al comunismo como justificación del régimen de partido único, lo cual demanda agitar los sentimientos antioccidentales (y sobre todo, antijaponeses). Esto no es difícil de hacer en China (dado el doloroso pasado del país) y suele servir para desviar la atención pública de las fallas y frustraciones de vivir en una dictadura.

En Corea del Sur, una de las herencias más dolorosas que dejó el período colonial japonés tiene que ver con la amplia colaboración que durante aquella época prestó la élite coreana. Sus descendientes todavía ocupan un lugar importante en el arco político conservador del país, razón por la cual la izquierda coreana reclama periódicamente purgas y castigos. Como el presidente Lee es un conservador relativamente projaponés, los japoneses ven una especie de traición en sus recientes demandas de disculpas, dinero y reconocimiento de la soberanía coreana sobre las islas del Mar de Japón. Pero precisamente por su imagen de conservador projaponés, Lee necesita sacar a relucir sus credenciales nacionalistas, para que no se lo pueda acusar de colaboracionista. Su oposición política no es Japón, sino la izquierda coreana.

El uso de la guerra para avivar el sentimiento antijaponés en China y Corea molesta a los japoneses y suscita reacciones defensivas. Pero el nacionalismo japonés también se alimenta de ansiedades y frustraciones, en concreto, el temor al poder creciente de China y la dependencia total de Japón respecto de Estados Unidos para su seguridad nacional.

Para los conservadores japoneses, la constitución pacifista de posguerra, redactada por los estadounidenses en 1946, supone un humillante ataque a la soberanía japonesa. Ahora que China pone a prueba su poder creciente reclamando territorios, no solo en el Mar de China Oriental, sino también en el de China Meridional, los nacionalistas japoneses insisten en que Japón debe actuar como gran potencia y mostrarse como un actor importante y totalmente preparado para defender su soberanía, incluso aunque se trate de unos pocos peñascos insignificantes.

Los intereses económicos de China, Corea y Japón están de tal modo vinculados que lo último que necesitan los tres países es entrar en un conflicto serio; pero los tres están haciendo todo lo posible para crearlo. Por motivos puramente internos, cada uno se dedica a manipular la historia de una guerra devastadora y suscitar pasiones que no pueden sino causar más daño.

En los tres países, políticos, comentaristas, activistas y periodistas se la pasan hablando del pasado, pero es una simple manipulación de la historia con fines políticos. Para cualquiera de ellos, lo que menos importa es la verdad.

7-IX-12, Ian Buruma, profesor de Democracia y Derechos Humanos en el Bard College

http://www.project-syndicate.org/commentary/east-asia-s-nationalist-fantasy-islands-by-ian-buruma/spanish, Traducción: Esteban Flamini

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