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"Mi amigo de alma punk", Björk

Me gustaría presentarles a un querido amigo mío, Sjón. Le conocí cuando tenía 16 años. Había fundado el primer y único movimiento surrealista en Islandia, un grupo de unos seis miembros llamado Medusa. Yo formaba parte entonces de una banda de punk. Medusa escribía poesía, hacía demostraciones escandalosas de productos alimentarios por toda la ciudad, dirigía una galería (en realidad, una especie de caseta), organizaba exposiciones de pintura, dibujos y esculturas e interpretaba música. Todos eran más o menos veinteañeros, lo que a esa edad quería decir que eran mucho mayores que yo.

Sjón, der meget symbolsk betyder ?syn?, er en mester i tvetydige drømmesyn -Sjón era el líder. Recuerdo que me gustaba mucho. Pero también uno de mis primeros recuerdos me trae la imagen de charlas con él sobre André Breton. Breton era su ídolo. Yo tenía entonces unos diecisiete años. Yo pensaba que André era todo teoría, estilo –frío–, ver las cosas desde fuera y no desde dentro. Pensaba que era todo teoría intelectual contra lo que yo prefería, es decir, empuje, emoción, instinto. Fue entonces cuando Sjón empezó a enseñarme libros: Historia del ojo de Georges Bataille; La flor del demoniode Jo Imog; El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov, y me imagino que, de alguna forma, me enseñaba el lado más impulsivo, crudo y femenino del surrealismo. Como podéis figuraros, esto sembraba tenaces plantas en mí sobre las cuales yo pude trabajar hasta el día de hoy.

Sin embargo, no sólo me guió intelectualmente. Fundamos también un grupo de rock llamado Rocka, Rocka Drum, en el que yo tocaba la batería y él cantaba. Me imagino que, sin saberlo, esta fue la primera semilla de nuestra futura colaboración para escribir juntos letras de canciones. Recuerdo que me sentía increíblemente impactada por la manera en que se las arregló para escribir breves y explosivas letras de canciones sin tener que suavizar nada. También recuerdo intensamente la ocasión en que uno de los miembros del movimiento surrealista, Olafur Englibertsson, vino de Barcelona con una botella de absenta auténtica, que ayudó al grupo a andar en fila –sobre los techos de todos los automóviles, sin siquiera tocar el suelo– en un paseo de unos veinte minutos hacia el club de happening Safari. Cuando llegamos allí mantuvimos el impulso y no utilizamos la puerta, sino que aterrizamos directamente a través de una ancha ventana en la pista de baile. Vinieron los gorilas de la discoteca y Sjón se resistió a que le detuvieran mordiendo el muslo de ese hombretón. Llegó la policía, que le puso las esposas y le echaron al suelo de su vehículo con la cabeza abajo. Yo le acompañé y sostuve sus gafas mientras él recitaba el manifiesto surrealista de André Breton hasta el final.

Conozco a Sjón y tenemos raíces e intereses comunes. Aunque nuestro trabajo es muy distinto. Ambos tuvimos que desarrollar algo de alma punk para sobrevivir, publicar poesía y música desde los veinte años.

Islandia, por supuesto, nos formó a ambos: el aislamiento y la existencia de sólo 300.000 habitantes en toda la isla, algo menor que Nueva York, y la marcadísima silueta de Reikiavik, lo bastante pequeña como para ser un pueblo pero que sigue siendo una capital europea.

Compartimos, también, una intensa relación con la naturaleza. Sjón y yo sabemos que no hace falta elegir entre naturaleza y civilización. Pueden convivir. Y, de esta forma, noto que estamos mejor pertrechados que otras áreas urbanas del mundo para imaginar un esperanzador siglo XXI. Tanto en la realidad como en la ficción.

Y, tal vez, nuestro mutuo compromiso adolescente con el surrealismo nos marcó a ambos. Puede parecer algo disparatado que Sjón y su grupo Medusa introdujeran el surrealismo francés del siglo XX en la Islandia punk de los años ochenta pero, en cierto sentido, casó muy bien con la fe de los islandeses en lo mágico y lo sobrenatural. Creó un potente cóctel y, de algún modo, nos dio argumentos para desarrollar un discurso moderno. Para lanzarnos más allá de la vieja Europa (somos un país que fue una colonia durante 600 años). Sjón y yo formamos parte de la segunda generación de la Islandia independiente. Y necesitábamos un nuevo punto de partida.

Así que, cuando empecé a crear mis propios álbumes, fue totalmente natural que le pidiera que escribiera letras de canciones conmigo. Siempre he escrito la mayoría de ellas yo misma, pero así habría al menos una letra por álbum en la que yo pudiera cantar algo importante que no podía escribir yo misma. Mis canciones con un lenguaje más laberíntico y enrevesado, como Isobel y Bachelorettefueron escritas por Sjón. Y cuando Lars von Trier me pidió que hiciera un musical, acepté si podía escribir la letra con Sjón. Tenía la inteligencia, el refinamiento y el talento de espíritu colaborador y catalizador que necesitábamos.

Bueno, ya basta de hablar de mi trabajo. Los libros de Sjón son únicos. Noto que ha conseguido enhebrar el hilo de la literatura clásica y seguir hacia el futuro. Conectar con las raíces de la auténtica vieja Islandia y luego incorporarlas de forma ágil y simplificada en el siglo XXI. Asumir la intensa relación de Islandia con la naturaleza y hacer que estreche las manos con los tiempos modernos. Pero, lo que es más importante, ha conseguido aunar inteligencia y corazón. Para mí, Sjón ha sido siempre el primero y el último en lo que al corazón respecta. Tiene un talento increíble. Estoy muy orgullosa de presentarlo y deseo que lo disfruten.

6-VII-16, Björk, lavanguardia