RADICAL
radicalparty

"El comodín separatista", Pilar Rahola

Juan de la Cierva, ministro de Gobernación con Maura, explica en sus memorias (redactadas en Biarritz durante su exilio de 1931) que el Gobierno español colocó la etiqueta de "separatista" a la revuelta de la Setmana Tràgica para cortar de raíz la simpatía que aquel alzamiento contra la guerra de Melilla podía despertar en movimientos, sindicatos y partidos de izquierdas. La cita es textual: "Si el resto de España creía que el movimiento era separatista, bastaría para que el patriotismo se impusiera a todas las otras aspiraciones y pasiones. Y acerté, porque la prensa de izquierdas de todo el país puso freno a sus campañas y tan sólo se pensó en la necesidad de combatir aquel criminal intento". Así fue, y Catalunya se quedó sola, tanto durante la revuelta como después, cuando la represión provocó centenares de detenidos, exilios forzados y sentencias de muerte, como la que se aplicó, a pesar de la protesta internacional, al pedagogo Francesc Ferrer i Guàrdia. Esta idea central que De la Cierva tuvo tan clara en sus funciones como ministro no ha variado ni un ápice un siglo después. Y de aquí viene la impunidad de que gozan los gobiernos de España a la hora de abusar, estresar y vulnerar el Estado de derecho, en favor de la raison d'État, es decir, la suprema razón de la unidad patria.

A diferencia de David Cameron que, respecto al referéndum escocés dijo que era demócrata antes que británico, en España todos ­a derecha e izquierda­ son antes españoles que demócratas. Y por eso, cuando se trata de parar a Catalunya, el grado de tolerancia ante el abuso democrático crece en proporción a la preocupación patriótica. Pasa entonces lo que pasa: que unos abusan de las leyes, reprimen políticamente y usan los tribunales sin ambages, y todo lo hacen mientras los otros miran hacia otro lado.

Por eso Fernández Díaz es, todavía, ministro del Interior, a pesar de que los escándalos que ha protagonizado y que tienen que ver con sórdidas conspiraciones para destruir opositores políticos sean insostenibles en cualquier democracia decente. Y con la izquierda permitiendo que ni siquiera dé explicaciones al Congreso. También es por ello mismo que ayer se repitió una imagen abominable que desgraciadamente no es nueva en la historia: la de los representantes del pueblo de Catalunya obligados a ir a los tribunales a sufrir un juicio penal. Es decir, España llevando a los tribunales a más de dos millones de personas por haber hecho una protesta pacífica. Es un juicio político, con voluntad de represión política y del todo impropio en un Estado de derecho. Pero nuevamente se puede producir porque la derecha actúa sin escrúpulos, y la izquierda bendice sin mala conciencia. El mensaje es claro: son demócratas mientras no les tocan la unidad de España. Pero si alguien pone en cuestión tal unidad bíblica, entonces eso de ser demócrata ya no resulta tan importante.

20-IX-16, Pilar Rahola, lavanguardia