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"De reyes y favoritas", Luis Racionero

Nadie en su sano juicio puede dedicar más tiempo a leer las declaraciones o discursos de los enrocados políticos españoles. Preservar mi salud mental y mi cultura me lleva hacia otros horizontes: uno de los ­problemas de la democracia –el sistema menos malo que existe– es que el voto de cada uno vale lo mismo aunque las ca­­pacidades y conocimientos sean muy diferentes, desiguales. Otro es que los políticos no tienen que presentar ni título univer­sitario, cosa que no se da en ningún otro oficio importante.

Todo esto es descorazonador, sí, pero ¿qué había antes? Si se leen las memorias del duque de Choiseul la respuesta es: un tonto dominado por sus amantes. Ese era Luis XV. Choiseul, que fue ministro de Luis XV mientras este vivía con madame de Pompadour, fue exilado a sus tierras de Chanteloup cuando la reemplazó madame du Barry. Por cierto, Choiseul fue el mentor de Talleyrand, mi político favorito, por inteligente, que tiene una frase del no es no que ignoran los incultos miembros del PSOE. Dijo Talleyrand: “Si una señora dice no, quiere decir quizás, si dice quizás, quiere decir sí, y si dice sí, no es una señora. Cuando un político dice sí, quiere decir quizás, si dice quizás, quiere decir que no, y si dice que no, no es un político”.

Choiseul sobre Luis XV: “Madame de Pompadour, que lo había estudiado con reflexión, me había dicho repetidas veces que este príncipe era inconcebible, y recuerdo que en sus últimos días de su vida ella me insistió que el rey era indefinible y que yo vería después de la muerte de ella que el rey sería capaz de llegar a los extremos más extravagantes de todo género”. Y Choiseul de su propia cosecha: “Yo pensaba que los vicios de su carácter, el primero de los cuales era amar el mal por el mal, sería debilitado por la total inercia de su alma. Tras mi propio estudio continuado, yo veía al rey un hombre sin alma y sin espíritu, que amaba el mal como los niños aman hacer sufrir a los animales, teniendo todos los defectos del alma más vil y menos ilustrada, pero faltándole la fuerza, a su edad, de hacer estallar sus vicios tan a menudo como la ­naturaleza le habría llevado a mostrarlo: por ejemplo, le habría gustado como Nerón, ver arder París desde Bellevue, pero no hubiese tenido agallas para dar la orden; el espectáculo que más le puede gustar son las ejecuciones, pero no tiene valor de ir a presenciarlas”. El frustrado duque se despachó a gusto sobre su reyezuelo, un tipo tan siniestro que logró que decapitaran a su sucesor por todas las injusticias y estupi­deces que él había acumulado, pero a las que sobrevivió de rositas. Aquí tuvimos su reencarnación en Fernando VII, el rey más infecto que sufrió España, putrefacto, diría Dalí.

Mejor la democracia, y mejor el sistema inglés que el francés. En Francia no es como en Inglaterra, explica Choiseul, donde un cuerpo de la nación que siempre subsiste mantiene las leyes y los principios de la administración del país con independencia del rey. El rey de Inglaterra cambia de ministro tan a menudo como en Francia, pero los principios de Inglaterra no varían: “El rey de Inglaterra puede tener, como otro, una mujer de mala vida como amante y esta puede lograr el mayor ascendente sobre el imbécil de su amante, pero las leyes, las fuerzas, la seguridad, la libertad y la propiedad de cada individuo inglés seguirá estando a salvo de la estupidez y la maldad del rey, la favorita y sus ministros; de modo que el rey de Inglaterra tiene la ventaja de poder envilecerse y deshonrarse sin que la potencia y la nación inglesa pierdan su lustre. En verdad, no creo que en Francia gocemos de esa ventaja”.

De hecho, el siglo de las luces y la Revolución Francesa no viene de Francia, sino de Inglaterra y América. Como reconocieron Voltaire y Montesquieu, que visitaron Inglaterra en 1726. Newton, Locke y Hume inspiraron a los filósofos franceses y la revolución de los colonos americanos con su declaración de independencia: “Sostenemos estas verdades como autoevidentes: que todos los hombres han sido creados iguales y han sido dotados por su creador con ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Nada de esto salió de la astucia de Versalles tan bien descrita por Saint-Simon, con sus rituales cortesanos y las triviales intrigas manejadas por queridas y validos. Salió por los salones auspiciado por mujeres inteligentísimas, como ma­dame du Deffand, madame Geoffrin, Michelle de Le­s­pinasse o madame Necker, hasta que Sieyès ayudó a escribir la Declaración de los ­Derechos del Hombre, siguiendo las ideas de Jefferson y Paime, y Talleyrand llevó a Francia más allá de la Revolución y ­Napoleón.

La escasa educación del pueblo español en 1975 se está pagando ahora. No tenemos nivel para dar un voto por cabeza. “Yo prefiero a la Encanna”, me dijo una señora en Arcos de la Frontera, saliendo del mitin de Carmen Romero. Si ya tenemos despensa, ahora hay que gastar en escuelas.

07/10/2016, lavanguardia